Ya no hay que enseñar nada, sino atender los intereses del alumno y fomentar su creatividad para “que sea feliz”

Tratado de parasitología educativa: la pedagogía de la sospecha

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Xavier Massó_editedXavier Massó / x.masso@catalunyavanguardista.com

Para aquellos que no les guste el título que Alberto Royo le dio a su libro –«Contra la nueva educación», con el subtítulo «por una enseñanza basada en el conocimiento»- podría sugerirse sin reservas otro más rompedor: «Tratado de parasitología educativa». Porque de eso va la cosa, dicho sea sin la menor intención de desmerecer el admirable trabajo llevado a cabo por el autor, sino todo lo contrario. Y además, con una exquisita, elegante e inteligente socarronería que, no es de extrañar, ha levantado ampollas entre los destinatarios del tratado. Porque ningún charlatán lleva bien que se le desenmascare como a un vulgar e interesado farsante. De ahí las furibundas reacciones que ha suscitado entre el gremio de innovadores pedagocráticos.

De un tiempo a esta parte, la educación se ha puesto de moda; o más bien hablar de educación

Nos dice Alberto Royo que si el referente del pensamiento es Paulo Coelho, el de la ciencia Eduard Punset, y el de la música Bustamante, entonces es que las cosas están muy mal. ¿Y en educación, quiénes son los referentes? ¿Qué es en realidad esta «nueva educación»? ¿Cuáles son sus planteamientos? ¿A qué, o a quién, sirve?

Antes de proseguir, se impone un pequeño, pero altamente significativo matiz, sobre el cual ya advirtió Gregorio Luri en la presentación del libro de Royo en Barcelona: eso de la «nueva educación» no es, en realidad, tan nuevo. Sus planteamientos se pueden reseguir hasta hace cien años. Y eso sin remontarnos hasta Erasmo y Montaigne, o incluso hasta los mismos griegos. Así que de novedad e innovación, pues más bien menos. En cualquier caso, una cosa es cierta.

De un tiempo a esta parte, la educación se ha puesto de moda; o más bien hablar de educación. Un tema sobre el cual cualquiera que tenga algo que decir ya es considerado experto; menos, por lo visto, los docentes. Que esto se deba a la innegable realidad de un sistema educativo que lleva demasiados años deteriorándose, desde la implantación de la LOGSE en nuestro caso, es ciertamente una posibilidad. Claro que también tal moda podría no ser en sí misma una consecuencia de dicho deterioro, sino precisamente su causa principal, como mínimo en la medida que los modelos educativos impuestos por la LOGSE –el constructivismo como pensamiento educativo único, por ejemplo- recogen a pie juntillas la mayoría de planteamientos propios de esta supuesta «nueva educación» surgidos al pairo de esta moda.

Todo lo que sea, menos enseñar y reivindicar la necesidad del esfuerzo y el valor del conocimiento

Todo lo que sea, menos enseñar y reivindicar la necesidad del esfuerzo y el valor del conocimiento

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Desde esta perspectiva, las modas neoeducativas, hoy hegemónicas y aupadas desde los más diversos medios e instancias, no obedecerían a la razonable necesidad de una reflexión sensata sobre los posibles remedios a la caída libre que está experimentando el sistema educativo, sino que, muy al contrario, serían meros momentos del despliegue de un modelo que empezó con la LOGSE, que ha seguido implícito en las distintas leyes educativas que la sucedieron, y que lleva insoslayablemente hacia un objetivo del cual cada día estamos más cerca, a saber: la erradicación de lo que tradicionalmente había sido la función primordial de la institución escolar, la transmisión de conocimientos.

La institución escolar tiene como función básica la transmisión de conocimientos

Y este es, en definitiva, el planteamiento de fondo del autor: la institución escolar tiene como función básica la transmisión de conocimientos. Frente a algo tan «tradicional» como poco creativo, se encuentra la amalgama de los distintos planteamientos alternativos e «innovadores» que se agrupan bajo esta ambigua noción de la «nueva educación», contra la cual Royo se posiciona inequívocamente, poniéndola en solfa, tema muy a propósito, si tenemos en cuenta que Alberto Royo es músico, además de profesor de Música de instituto.

Portada del libro de Alberto Royo

Portada del libro de Alberto Royo

Y ya que hablamos de música parece obvio, en principio, que para ser profesor de música, es decir, para enseñar esta materia, se requiera saber de música; lo mismo que para enseñar matemáticas habrá que saber matemáticas, y así… En principio parece de la más elemental; como las verdades del barquero.
Pues va a ser que no. Y aquí es donde aparece lo que denominaremos la «pedagogía de la sospecha». Porque resulta que, al menos en principio, la pedagogía, o el pedagogo, se supone que tiene por cometido enseñar cómo enseñar matemáticas, historia, filosofía, lengua, música… Pero claro ¿cómo se le puede enseñar a un profesor de matemáticas cómo enseñar (mejor) su especialidad, si quien le instruye no sabe matemáticas? ¿Cómo alguien orate en matemáticas va a enseñarle a un matemático cómo enseñar logaritmos o el método de Ruffini?

La pedagogía de la sospecha sugiere, sin duda, esta primera perplejidad. Una sospecha que muy pronto deviene certeza. Porque luego, claro, resulta que si con los nuevos métodos los alumnos no aprenden logaritmos, lo que falla no es el método, sino los logaritmos; o los profesores, que son unos anticuados apalancados que no saben transmitir interés e ilusión. Después de todo, se nos dice, cualquier, cualquier gadget resuelve logaritmos en un santiamén. Así que ¿Para qué explicarlos?

De modo que ya no hay que enseñar nada, sino atender los intereses del alumno y fomentar su creatividad para que sea feliz

De modo que ya no hay que enseñar nada, sino atender los intereses del alumno y fomentar su creatividad para que sea feliz. Lo demás –con independencia de lo que sea- ya viene solo. Y es que, entre otras evidencias «científicas», resulta que el conocimiento no se transmite; sólo se transmite información; el conocimiento lo construye cada uno el suyo. ¡Bien! Como si en la información no hubiera conocimiento. Si es que…

Por cierto, y a propósito del bueno de Ruffini. No hace mucho, en un debate educativo que tuvo lugar en un palacio modernista de Barcelona, patrocinado por una más que relevante entidad, se me ocurrió citarlo como ejemplo en apoyo de un contertulio –profesor de ciencias en una universidad- que se quejaba de las crecientes deficiencias de los alumnos que acceden a la facultad. Me dio la réplica un notorio pedagogo a sueldo, actualmente, del Ayuntamiento de Barcelona. Me dejó literalmente transido: “Es que Ruffini no interesa a nuestra juventud”. ¡Bingo!

Hoy, bajo otras formas, presentadas como novedades más simpáticas, atractivas y chiripitifláuticas, seguimos en lo mismo

Hoy, bajo otras formas, presentadas como novedades más simpáticas, atractivas y chiripitifláuticas, seguimos en lo mismo

A lo largo del libro, Alberto Royo se dedica a pasar revista a todas las novedades, innovaciones y elucubraciones educativas que tanto pábulo y difusión merecen por parte de los medios de comunicación, y a las cuales se abrazan nuestras autoridades. Y lo hace sin concesiones a la timorata corrección política impuesta por el pensamiento único educativo. Capítulo por capítulo, transcurren por el libro los personajes y los proyectos educativos más de moda actualmente. Desde la mistificación de la inteligencia emocional, o los «cariñogramas» como proyecto curricular de ciertas escuelas «innovadoras», hasta el coaching de los vendedores de humo educativo. Todo lo que sea, menos enseñar y reivindicar la necesidad del esfuerzo y el valor del conocimiento. O la fiebre por el nuevo talismán educativo, el espíritu emprendedor. Ahora lo que hay que producir no es gente culta y formada –el conocimiento ya está en internet-, sino emprendedores. Y como él mismo se pregunta muy acertadamente ¿Cómo se transmite esto? ¿No estaremos volviendo al oscurantismo?

“Lejos de nosotros la funesta manía de pensar”. Con tan estremecedora frase se dirigió el claustro de la Universidad de Cervera a Fernando VII, el rey felón. Y la verdad es que no parece que las cosas hayan cambiado mucho desde entonces. Como afirmaba en cierta ocasión Antonio Muñoz Molina, autor del prólogo del libro, enemigos de la cultura nunca han faltado en España. Hoy, bajo otras formas, presentadas como novedades más simpáticas, atractivas y chiripitifláuticas, seguimos en lo mismo. ¿O no es lo mismo renunciar a la transmisión de conocimientos como función del sistema educativo?

Afortunadamente, sigue habiendo profesores, como Alberto Royo, empeñados en transmitir conocimientos. Mientras los haya, quedará espacio para la esperanza.
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Referencia:

Royo, Alberto.
Contra la nueva educación. Por una enseñanza basada en el conocimiento.
Plataforma Editorial, Barcelona 2016

Twitter: https://twitter.com/Contranueva
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