Una anécdota elevada a la categoría de ejemplo convertida luego en leyenda urbana

¿Quién memorizó realmente la lista de los reyes godos?

 

Xavier Massó_editedXavier Massó / Catalunya Vanguardista

Vaya por delante que nunca tuve que memorizar la lista de los reyes godos. Lo confieso. Sí empollé las tablas de multiplicar hasta la del nueve, las preposiciones, las conjunciones, las conjugaciones verbales –irregulares incluidos-, los sistemas cristalográficos,  las declinaciones latinas y un sinfín de fórmulas matemáticas, físicas químicas-… pero los reyes godos, no. Tal vez alguien podría aducir que haya olvidado que me obligaran a memorizar tan regia lista -aquello de la memoria selectiva-… Pero no. Y refuerza tal convicción que conozca a nadie que recuerde haber tenido que memorizarla, tampoco de generaciones anteriores a la mía. De modo que será sin duda una anécdota elevada a la categoría de ejemplo convertida luego en leyenda urbana.

O una posverdad, que diríamos hoy, que al utilizarse como contraejemplo confunde la situación política y el sesgo ideológico que le fue propio, con los propios contenidos que se impartían. Y es que si me aprendo de memoria la lista de las preposiciones y luego no sé distinguirlas cuando las empleo al hablar o escribir, o la de los reyes godos, pero no sé identificar en el tiempo la significatividad de dicha etapa, entonces estaría exactamente en la misma situación que aquel personaje de Molière que un buen día cayó en la cuenta de haber estado toda la vida hablando en prosa sin saberlo.  De ello podría inferirse, además, que el sistema educativo franquista pivotaba sobre los saberes competenciales tanto o más que el tan innovador y democrático pergeñado hoy por los pedagócratas de turno. La única diferencia radicaría en sus respectivos centros de interés.

El sistema educativo franquista pivotaba sobre los saberes competenciales tanto o más que el tan innovador y democrático pergeñado hoy por los pedagócratas de turno

Porque, a ver. Si me sé de memoria la fórmula de resolución de las ecuaciones de segundo grado, pero luego no sé verla en la vida real ante un problema que se me pueda plantear ¿no puedo acaso decir que soy competente matemáticamente, aunque, en realidad, esto no sea saber matemáticas? De la misma manera, no por saberme de memoria los reyes godos seré necesariamente conocedor de la historia de esta época.

De modo que eso de los saberes competenciales ha existido siempre. La diferencia, en todo caso, serán las prioridades de cada régimen según su ideología. Pero en ambos casos, siempre el «cómo» en lugar del «qué». En realidad, visto así, la pionera en la enseñanza basada en saberes competenciales sería ni más ni menos que la Iglesia. Que lo inescrutable sean los designios de Dios, los de los pedagogos o los del mercado, eso es lo de menos. El caso es que el «qué» siempre quede a salvaguarda en buenas manos.

Y aun asumiendo que se trata de una posverdad más, lo cierto es que en todo este despropósito que se ha convertido el debate educativo, la utilización de los reyes godos como paradigma de contraejemplo resulta de lo más ramplona. Tanto si lo ponemos como prueba de una supuestamente originaria unidad política española anterior a la conquista musulmana y del arraigo ancestral de su tradición católica –caso del franquismo-, como si la ninguneamos por su escasa o nula trascendencia histórica, que sería el caso actual.

Porque lo cierto es que, con independencia de su presunta intrascendencia histórica, incluso a nivel de trivialización, los godos dan para mucho. Padres contra hijos, hijos contra padres; hermanos contra hermanos; suegras siniestras que envenenan y torturan a sus nueras porque son extranjeras; princesas devueltas al rey padre porque se presentaron al casorio sin la dote, que les había robado al asalto algún duque desalmado durante el viaje; conspiraciones a tutiplén, reyes asesinados, o depuestos al haber sido tonsurados mientras dormían la borrachera y, como Sansón, pierden sus atributos reales; arzobispos inicuos e intrigantes, eruditos e ignorantes, rigoristas y disolutos, arrianos y católicos; condes felones y despechados que se revuelven contra reyes zafios y violadores; diversidad étnica –germánicos, hispanorromanos y judíos- con sus correspondientes pogromos; y a falta de alguna espada mágica como «Excalibur», ahí está ni más ni menos que la Mesa de Salomón… ¿Qué más se puede pedir?

Con toda esta cantinela de que hay que motivar a los alumnos ¿cómo les hurtamos la etapa visigoda en la materia de Historia?

En fin, que lo de «Juego de Tronos» se queda en una fruslería: está todo ahí. Un material verdaderamente inagotable para cualquiera que se proponga una serie de estas de consumo masivo tan al uso hoy en día. Y con los guiones ya prácticamente escritos. Hasta me permito sugerir desde estas líneas al equipo del Ministerio del Tiempo que improvisen algún viaje al tiempo de los visigodos; eso sí, por favor, que no se inspire en «El puñal del godo» de Zorrilla -es infame-. Con toda esta cantinela de que hay que motivar a los alumnos ¿cómo les hurtamos la etapa visigoda en la materia de Historia?

La verdad es que no puedo sino pensar que el desinterés actual por los visigodos es una de tantas rémoras que nos legó el franquismo. Para la dictadura, el interés de la etapa visigoda radicaba básicamente en la vindicación de una originaria unidad política española bajo la monarquía visigoda y en su conversión al catolicismo, por un lado, y en la exaltación de Roderico I –españolizado como Don Rodrigo- como último rey godo, cuya derrota da paso a la ocupación musulmana y al inicio de la «Reconquista» desde el reino de Asturias por Don Pelayo. Todo muy bonito, pero históricamente más que cuestionable.

En los últimos años han ido apareciendo estudios sobre la época visigoda a cargo de historiadores competentes –en el sentido excelso del término «competente»- que han puesto un cierto orden en tanto galimatías. Sigue habiendo muchísimas lagunas, debido fundamentalmente a la falta de documentación escrita o material. Sobre los godos podríamos decir lo siguiente: hay cosas que sabemos que las sabemos (pocas), que sabemos que no las sabemos, que no sabemos si las sabemos o no las sabemos y, también, que no sabemos que no las sabemos.

Como sabemos desde Max Weber, dependerá de los centros de interés que primen en el presente, y tal vez hoy en día sean otros

Atendiendo al primer grupo, el de las cosas que a día de hoy sabemos que sabemos, las hay que ciertamente rompen con el relato mitográfico tradicional. Por ejemplo, que los visigodos adoptaron en más de una ocasión la doble monarquía –Toledo y Narbona-, que ni Leovigildo ni Recaredo alcanzaron ninguna unidad peninsular –fue más tarde, en todo caso, y efímera-, que se trataba más bien de una monarquía étnica que territorial, que el famoso Don Rodrigo no fue el último rey godo, o que hubo dos exilios visigodos tras la conquista árabe, según a qué facción estuvieran adscritos –rodriguianos o witizianos-. Unos se refugiaron en la cornisa cantábrica, otros en los reinos francos… Y ambos iniciaron sus propias «reconquistas», unos desde Asturias, los otros con los francos de Carlomagno. Mucho tiempo después de la desaparición del reino visigodo, los francos seguían denominando también con el nombre de Gothia a los territorios de la Marca Hispánica –inicialmente todo el norte del Ebro-, y, existía, aunque testimonialmente, el título de duque de Gothia.

En fin, todo esto será más o menos significativo o relevante históricamente hablando. O que su estudio merezca o no incluirse en los programas de secundaria. Esto, como sabemos desde Max Weber, dependerá de los centros de interés que primen en el presente, y tal vez hoy en día sean otros. Pero en cualquier caso, estaría bien que dejáramos de utilizar a los godos como arma arrojadiza. Los pobres, al fin y al cabo, no solo no tienen ninguna culpa, sino que, además, dan más juego que el de tronos. De esto último podemos estar seguros.

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