¿Qué categorías se presupone que han de regir el criterio  de un ciudadano para decidir el sentido de su voto en unos comicios?

Hacia un neocensitarismo de hecho

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Decíamos a raíz de la crítica «epistocrática» que, aunque a distintos niveles –no es lo mismo un «hobbit» que un «hooligan», después de todo- el problema es que el ciudadano medio vota y «decide» sobre cuestiones cuya comprensión se le escapa y sobre las cuales no está capacitado para decidir. La gente se puede equivocar al votar y ello se debe, en definitiva, a la falta de formación sobre aquello que decide cuando vota. Una falta de formación que puede provenir del desinterés, de la desinformación, de información falaz o distorsionada, ya sea por intoxicación, por manipulación o por pura ramplonería. En definitiva, que se equivoca… al menos cuando vota por el Brexit o por Trump, o por el FN en Francia, en fin. Y equivocarse significa que uno se está pronunciando contra lo que le conviene –o acaso contra «lo que conviene»- por incapacidad de discernimiento sobre aquello que decide. Volvemos, parece, a la moral socrática de manual de la que hablábamos en la anterior entrega: si alguien obra mal o yerra es porque desconoce el bien, por ignorancia…

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Xavier Massó_editedXavier Massó / x.masso@catalunyavanguardista.com

En un primer nivel de análisis, que la gente se puede equivocar es sin duda alguna una afirmación incontrovertible. Y no sólo cuando vota, sino también en cualesquiera de las restantes múltiples facetas de la vida que comporten elementos de decisión. Es inherente a la condición humana. Aunque tampoco es que sea precisamente un descubrimiento en cuya cuenta hayamos caído ayer por la tarde o después de conocer los resultados de las elecciones presidenciales norteamericanas. El problema viene cuando en una decisión colectiva que se adopta a partir de la suma de votos individuales, en cuestiones de especial trascendencia por sus posteriores consecuencias, el resultado se considera equivocado para el propio individuo que ha votado contra sus intereses «objetivos», o contra el «bien» de la sociedad en general. Algo así como si en una empresa, la decisión de su consejo de administración acabara tomándose por un cantamañanas que decidió su voto lanzando una moneda al aire…

Pero si profundizamos algo más, repararemos en algo que, de tan obvio, puede pasar desapercibido. Afirmar que un individuo, o una suma de individuos han votado por una misma opción equivocada, presupone una proposición anterior no proferida que subyace a la explícitamente proclamada: que así como hay una opción errónea, mala, hay otra de acertada, buena o menos mala. Y esto nos lleva a una pregunta que trasciende de lejos el nivel de información o de ignorancia del votante, ya sea un erudito o un orate, que es el auténtico meollo de esta crítica a la crítica epistocrática: ¿Qué categorías se presupone que han de regir el criterio  de un ciudadano para decidir el sentido de su voto en unos comicios? Y también: ¿Estamos hablando de moralidad, de conocimiento o de ambas cosas a la vez? Veamos.

Es concebible que un ciudadano con una economía saneada vote una opción que sabe que supondrá un aumento de impuestos a rentas como la suya

Es concebible que un ciudadano con una economía saneada vote una opción que sabe que supondrá un aumento de impuestos a rentas como la suya. Y sus motivaciones pueden ser de muy diversa índole. Tal vez considere que el perjuicio económico inmediato está justificado porque redundará, por ejemplo, en una mejora de infraestructuras que a él también le beneficiará. Admitamos que, en este supuesto, el voto estaría motivado por su conocimiento de la materia. Por la misma regla de tres, otro votante en sus mismas condiciones económicas, pero ignorante o desinformado, cuyo campo de comprensión se agota con la subida de impuestos que le van a aplicar, votará muy probablemente por una opción que proponga reducirlos, aunque ello implique menos inversión en infraestructuras.

Parece que estamos en un caso claro de crítica epistocrática que no podemos sino compartir. Pero el problema es que aunque la crítica se agote aquí, no ocurre lo mismo con el problema que planteaba, porque no se deja reducir sólo a una cuestión de mayor o menor preparación, sino que va bastante más allá.

Para los antiguos atenienses era completamente normal que los esclavos estuvieran fuera del sistema

Para los antiguos atenienses era completamente normal que los esclavos estuvieran fuera del sistema

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Porque es igualmente concebible pensar que el votante informado, y precisamente por estarlo, tenga conocimiento de que el tipo de infraestructuras que pagará con sus impuestos no le afectará en nada. Supongamos que se trata de un hospital público y que él ya tiene una costosa póliza sanitaria con inmejorables prestaciones. No parece que, si aun así, sigue votando el aumento de impuestos, la motivación sea su propio interés. Si nos limitamos al conocimiento, este hombre se estaría perjudicando. Pero puede que un cierto sentido de la equidad y la justicia le lleve a considerar un imperativo moral la asistencia sanitaria universal y gratuita que, sin embargo, él no utilizará ¿Seguiríamos diciendo que se está equivocando porque su opción le perjudica?

Claro que no. Pero es que este mismo ejemplo se puede poner del derecho o del revés, y generar tantas posibles casuísticas como queramos ¿Y si el ignorante resulta que no lo es tanto, y sabe que sus impuestos no le reportarán nada? La diferencia entonces entre sus respectivos votos no se explica por su nivel de información ni de conocimiento, sino por universos morales distintos que se traducen en dos posicionamientos éticos opuestos. Sí, diremos que el primero es altruista y solidario, y que el segundo es egoísta y misántropo ¿Pero está escrito en algún sitio que el voto deba estar condicionado a un posicionamiento ético concreto? ¿O no es democracia también el derecho a defender los propios intereses, individuales, grupales o universales, contraponiéndolos a los de otros individuos, grupos o concepciones universales?

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Desde la democracia ateniense hasta nuestros días

Indiscutiblemente, toda democracia requiere de una disposición ética que permea las reglas de juego bajo las que se resuelven las contradicciones y conflictos propios de toda colectividad humana. Y dicha eticidad abarca todo el espectro social que vive bajo estas reglas, basadas en la ciudadanía como sujeto colectivo de soberanía, y bajo cuyas instituciones se resuelven o conllevan los conflictos de intereses que vayan surgiendo, coyunturales o estructurales. Una eticidad que ha sido la misma, formalmente hablando, desde la democracia ateniense hasta nuestros días. Lo que ha cambiado, según la época, son sus contenidos concretos y el espectro que abarcaban. Para los antiguos atenienses era completamente normal que los esclavos estuvieran fuera del sistema; o para los parlamentarismos decimonónicos, que el voto censitario se limitara a las rentas más altas. Hoy en día, en cambio, ambos modelos nos parecen moralmente insostenibles y aberrantes.

Este neocensitarismo lo es solo de hecho; de derecho aún parte del sufragio universal, y ésta es probablemente su disfunción

Y si la democracia degenera no es necesariamente porque una mayoría sea o se haya vuelto ignorante, sino porque lo que se está pervirtiendo es la eticidad que le es inherente. En nuestro caso, este proceso de degeneración se manifiesta en la progresiva limitación, de hecho, del espectro que constituye el sujeto de ciudadanía, de derecho. En definitiva, algo así como si nos estuviéramos dirigiendo hacia un neocensitarismo que excluye a ciertos sectores que hasta ahora se habían considerado incluidos en el espectro, no solo porque no participen en las grandes decisiones, sino muy especialmente en el sentido de que no se les tenga para nada en cuenta a la hora de adoptarlas.

Y esto, este sentirse excluido y contar cada vez menos, es algo fácilmente perceptible por parte de los individuos y/o grupos objeto de tal exclusión, ya sean eruditos o ignorantes. Y su rechazo se resuelve en la inhibición, la despreocupación y el desapego a un sistema que se percibe cada vez más distante, a la vez que, ocasionalmente, se manifiesta como un voto contrario a los designios de las nuevas élites censitarias, a las cuales solo se les ocurre atribuir el resultado adverso de unas elecciones o un referéndum, a la incultura y el desinterés de unas masas con las que solo se contaba para que ratificaran dichos designios con el voto al cual todavía tienen derecho. Pero es que a veces las cosas se tuercen…

Y es que este neocensitarismo lo es solo de hecho; de derecho aún parte del sufragio universal, y ésta es probablemente su disfunción. Lo mismo, pero al revés, que cuando las democracias censitarias decimonónicas se veían obligadas a tener en cuenta los intereses de los excluidos del derecho a voto, porque de lo contrario, aunque no votaran, esto no les incapacitaba para producir desórdenes o hacer revoluciones.

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Artículo anterior:

Epistócratas I

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