La información que un ciudadano pueda tener de aquello sobre lo que va a votar puede no el factor determinante de su decisión

La crítica epistocrática parece agotarse a la mitad del camino que pretendía recorrer

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Apuntábamos en la entrega anterior hacia un neocensitarismo de hecho que estaría excluyendo del espectro social que constituye el universo ciudadano, a una buena parte de la población que ya no sería tenida en cuenta para nada, pero que conserva el derecho a voto gracias al sufragio universal. Pero también hemos visto que la crítica epistocrática parece agotarse a la mitad del camino que pretendía recorrer. Atribuir un resultado electoral a la ignorancia del votante no sólo no es una posible vía de solución del problema, sino una parte de él. Porque, sí, podemos pensar que la ignorancia puede inducir a votar contra los propios intereses, pero también hemos visto que más allá del voto «cognitivo» hay un voto «moral» que puede entrar en conflicto con él, y que, por lo tanto, la información que un ciudadano pueda tener de aquello sobre lo que va a votar puede no el factor determinante de su decisión.

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Xavier Massó_editedXavier Massó / x.masso@catalunyavanguardista.com

Hay también otra cuestión que va incluso más allá de ésta, y que nos sitúa de lleno el tema del sujeto de soberanía en una democracia. Podemos decir que los obreros blancos en paro que votaron a Trump son unos ignorantes porque no saben lo que conviene a sus intereses, pero es que también podemos dar una vuelta más de tuerca y, aun admitiendo que tal opción pudiera ser acorde con sus intereses más inmediatos, no lo sea para el conjunto de la sociedad. Es decir, que una cosa sería que voten contra «lo que les conviene» -como grupo, clase, etnia…- y otra que voten contra «lo que conviene», en cuyo caso estamos en un grado de abstracción superior, que pretende ir más allá de los intereses individuales o grupales, para sublimarlos en una suerte de bien común universal al cual los anteriores quedarían supeditados. Y este segundo nivel se advierte también en la crítica epistocrática, que definitivamente se agota ahí, diluida en un universo de indefinidas consideraciones morales sobre qué es el bien general, convertido casi en bien «supremo» y hasta qué punto deben supeditarse a él ante los intereses individuales o grupales.

El problema surge en todo caso cuando un determinado grupo queda fuera de juego en el sentido de que deja de contar

Con ello, lo que en realidad le estaríamos diciendo al obrero blanco en paro que  votó a Trump no sería exactamente que es un ignorante por creer que Trump le dará trabajo –estamos asumiendo que acaso encuentre trabajo y hasta que sea gracias a las políticas de Trump-, sino que su visión es sesgadamente egoísta, porque su puesto de trabajo comporta que no lo ocupe alguien de color o la pérdida de diez en México, y esto «no es bueno», no es metafísicamente bueno.

No se trata ciertamente de establecer aquí si los tópicos que hemos utilizado para el ejemplo son válidos o no, ni siquiera si, de serlo, se le puede reprochar a alguien que anteponga sus intereses a los de cualquier prójimo, o de si su decisión es acertada o no desde el punto de vista congnitivo. Y no se trata de nada de esto porque no es precisamente ésta la eticidad inherente a la democracia, sino que, muy al contrario, dicha eticidad es la forma de vehicular los conflictos de intereses –personales o grupales- que inevitablemente surgen en toda sociedad. Porque democracia es el establecimiento del escenario y las condiciones como se afrontarán estos conflictos entre los miembros de la comunidad constituida como sujeto político de soberanía. El problema surge en todo caso cuando, como comentábamos en una entrega anterior, un determinado grupo queda fuera de juego en el sentido de que deja de contar.

Y de lo que sí se trataba era de evidenciar como los supuestos fundamentos epistémicos de la crítica epistócrata se disuelven en un autoatribuida  superioridad moral a la cual remiten sus juicios y valoraciones, incluida  la desfachatez de reprocharle a la gente que no sepa estar a la altura de las circunstancias… no porque no sea así, que probablemente lo es, sino por instalarse en una posición moral de fundamento de verdad absoluta que casa muy mal con la constituyente finitud humana.

Para decirnos lo que es bueno, lo que es malo, lo que nos conviene y lo que no nos conviene, ya estuvieron en su momento las iglesias y las monarquías absolutas

Porque si democracia es que la gente tiene que votar obligatoriamente los designios de una élite tan cuestionable como cualquier otra, entonces deja de ser democracia. Y como para decirnos lo que es bueno, lo que es malo, lo que nos conviene y lo que no nos conviene, ya estuvieron en su momento las iglesias y las monarquías absolutas, las democracias consisten precisamente en que, entre otras cosas, cada cual pueda decir con su voto qué es lo que considera mejor para él… o para el conjunto de la sociedad.

De entrada, y según el principio fundante de toda democracia, la soberanía reside en el sujeto colectivo compuesto por la suma de ciudadanos individuales reconocidos como tales. Otra cosa será «quiénes» y «quienes» componen este sujeto colectivo soberano. Es decir, qué individuos reúnen tal condición, y el espectro que abarca. Por esto, precisamente, y aunque hoy en día nos parezca sólo aproximativo o incompleto, podemos llamar «democracia» al modelo político de la antigua Atenas o a parlamentarismo decimonónico censitario. Y también por esta misma razón resulta mucho más complicado encajar en esta denominación a las cortes medievales europeas que negociaban con los monarcas.

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Artículos anteriores:

Epistócratas I

Espistócratas II

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