En el imperio romano la plebe ociosa e inculta vivía del panem et circenses que proporcionaba el emperador

Quo vadis democracia?

 

No deberíamos olvidar que democracia es un estado o disposición ética así como, precisamente por serlo, una forma determinada de encauzar conflictos de intereses a partir de la composición de minorías y mayorías en torno a ellos. Y estos conflictos de intereses se agrupan en torno a colectivos y sectores según las distintas categorías alrededor de las cuales convergen estos grupos, cómo perciben estos intereses, su capacidad de presión, su influencia…

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Xavier Massó_editedXavier Massó / x.masso@catalunyavanguardista.com

De la percepción que un individuo pueda tener de su posición dependerá tal vez el sentido de su voto. Si es un ignaro, corre ciertamente un mayor riesgo de equivocarse y pronunciarse contra sus intereses objetivos, y será sin duda más manipulable. ¿Pero tenemos alguna garantía de que el instruido, aunque tal vez no se equivoque y precisamente por esto, votará atendiendo a un bien universal que acaso entre en conflicto con sus intereses objetivos como miembro de una determinada élite o como ciudadano individual?

En relación a lo primero, podemos admitir que el riesgo de error, aun existiendo, es menor. Pero en relación a lo segundo, no sólo estamos presuponiéndolo arbitrariamente como condición necesaria para la primera afirmación, sino que, mucho peor, estamos asumiendo en unos una altura moral que negamos a los otros por su ignorancia, lo cual no tiene ningún fundamento. De modo que si lo asumimos, entonces sólo caben dos opciones. O bien que la asunción de esta superioridad moral es de buena fe y se cree sinceramente en ella, o que estamos ante una afirmación capciosa y conscientemente urdida como engaño por unas determinadas élites que están barriendo para casa.

Si a uno se le califica de egoísta por ignorante, no hay ninguna razón para no calificar de egótico al altruista por instruido

En el primer caso estaríamos ante una nueva forma de ignorancia, algo más sofisticada, pero ignorancia al fin y al cabo, como la que atribuimos al votante de Trump que no sabe lo que le conviene por ignaro. Porque pensar de buena fe que el instruido es, por definición, más honesto que el ignorante, no sólo es una creencia infundada donde las haya, sino que presupone un egotismo, por parte de quien lo piense así, que es el correlato del egoísmo mezquino atribuido al ignorante.

En el segundo, estaríamos ante una bazofia ideológica con ribetes pretextadamente redentoristas, destinada a legitimar la propia posición individual o grupal, en aras a un supuesto bien universal patrimonializado por el propio emisor del discurso. Es decir, elitismo en el sentido más peyorativo del término.

Porque, de acuerdo, admitámoslo, el ignorante actuará sin duda movido por un ciego egoísmo que le lleva a atender sólo al aquí y ahora inmediato, simplemente porque no sabe; pero tal presunción resulta entonces ser de un egotismo autocomplaciente que transita desde la superioridad intelectual en que se había instalado inicialmente, hacia la superioridad moral en que fundamenta tal convicción. Y si a uno se le califica de egoísta por ignorante, no hay ninguna razón para no calificar de egótico al altruista por instruido; ingenuo o culpable, según el caso.

Sin embargo, lo paradójico de la crítica epistocrática es que aun acabando por conducir a la posición que denuncia, acierta plenamente en su diagnóstico sobre lo que está ocurriendo en realidad con las democracias; si es que todavía se les puede llamar así. Una paradoja sin duda de muy difícil solución. Y desde luego que, por esto y por mucho más, merece indudablemente ser tenida en cuenta. Que la crítica epistocrática acabe conduciendo a aquello que denuncia no es en absoluto óbice como para descalificarla sin más. Aunque quizás sea como la escalera –ladder- de Wittgenstein, que una vez hemos ascendido por ella, la arrojamos porque ya es inservible. Bien ¿pero hasta dónde habríamos ascendido?

Que la crítica epistocrática acabe conduciendo a aquello que denuncia no es en absoluto óbice como para descalificarla sin más

Se mire como se mire, una cosa es indiscutible: a la propia idea de democracia, y a la eticidad sin la cual se pervierte, le es inherente ser ejercida por ciudadanos. Y «ciudadano» es aquí algo más que un simple sujeto de derecho: es el sujeto de soberanía ejercida en el marco de esta eticidad. El ciudadano, en otras palabras, no nace, sino que se hace. El problema es si nuestras sociedades están realmente por la tarea de formar ciudadanos, o más bien tienden a la formación de cada vez más bolsas de población que quedan conceptualmente fuera de la extensión que abarca  esta noción de ciudadano, pasando a ser un mero usufructuario.

Reza un viejo proverbio oriental que si le das a un pobre un pescado, comerá una vez; si le enseñas a pescar, comerá durante el resto de su vida. Lo segundo sería lo propio de una democracia, mientras que lo primero es el paternalismo de la sopaboba de toda la vida. Y puede que nuestras sociedades estén desplazándose hacia un modelo de este tipo que inevitablemente afecta a la democracia. En la antigua Atenas, los ciudadanos se reunían en el ágora y, con mayor o menor fortuna, debatían y trataban de sus temas y los de la polis. En el imperio romano, muy al contrario, la plebe ociosa e inculta vivía del panem et circenses que proporcionaba el emperador. Cuando dicha plebe consideraba que el emperador no era lo bastante munificente –convencida e inducida por quien fuera-, se sublevaba y lo echaban, poniendo a otro.

Quizás el voto del sufragio universal de hoy en día tiende cada vez más a parecerse, no al de la asamblea ciudadana de Atenas, sino a una versión moderna de cuando los espectadores votaban sobre la vida o la muerte de un gladiador, o cuando echaban a un emperador por la simple razón de que los juegos que financiaba no eran de su agrado o no eran gratuitos para toda la plebe, sino solo para una parte de ella.

Una cosa está muy clara: de ser así, tan culpables de su ignorancia son los hooligans y los hobbits, como las élites a las que les ha ido tan bien mantenerlos en su estado de ignorancia –de alienación, se le llamaba también-, aunque ahora se quejen porque hayan votado a otro que les ha prometido un espectáculo de mayor calidad.

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Artículos anteriores:

Epistócratas I

Espistócratas II

Epistócratas III

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