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Matar al mensajero, una parodia grotesca

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Xavier Massó_editedX.M. / x.masso@catalunyavanguardista.com

Leo no sin cierto estupor, incluso a estas alturas, que según la última evacuación wertiana en forma de Real Decreto sobre los nuevos curricula de la ESO y del Bachillerato, los padres –y madres, hemos de suponer- de los alumnos podrán acceder de pleno derecho a los exámenes de sus hijos y a los documentos de evaluaciones oficiales, o sea, a «Todo». Examen por examen, trabajo por trabajo, documento por documento… Si lo que se pretende con ello es apuntillar definitivamente a la función docente, casi seguro que lo van a conseguir. Hay muchos otros despropósitos en este decreto, pero nos centraremos en éste por su perversidad intrínseca.

Para empezar, no es que uno pretenda negarles a los padres el derecho, menos aún el deber, de estar al corriente de la evolución académica de sus hijos; más bien todo lo contrario. Exactamente en la misma medida que no sólo tienen el derecho a conocer los informes médicos sobre el estado de salud de su progenie, sino también la obligación de velar por ella. Pero esto es una cosa, y otra muy distinta atribuir una supuesta patología al médico que la diagnostica o al laboratorio que realizó el análisis. Y lo que se está permitiendo con esta medida es ni más ni menos que matar al mensajero.

Hoy ya no estamos hablando de sistema educativo, sino de una parodia. Una parodia grotesca

Se dirá de entrada que este ejemplo parte de la desconfianza, y puede que así sea, pero lo cierto es que aquí ya nos conocemos todos y sabemos de qué pie calza cada cual. Y al César lo que es del César, o zapatero a tus zapatos, que para el caso es lo mismo. Porque si hay de entrada algún tipo de desconfianza implícito a esta medida, es hacia los profesores. Y no diré que ésta sea la gota que colma el vaso, porque está colmado desde mucho antes, sino lo que ya dije: es la puntilla que finiquita definitivamente la función docente. Hoy ya no estamos hablando de sistema educativo, sino de una parodia. Una parodia grotesca.

No diré que el acceso indiscriminado a los exámenes y libretas de evaluación fuerce a una contención implícita ante la eventualidad de que algún padre quisquilloso pueda encolerizarse ante observaciones tales como que el alumno X carece por completo de hábitos de trabajo porque en su casa hace lo que le viene en gana, o que tiene un léxico limitado que denota el ínfimo nivel cultural que se respira en su entorno familiar, o los efectos de los infectos programas televisivos usualmente visionados en la domus. No hace falta decirlo porque hay cosas que son evidentes en sí mismas: se trata de una medida que desresponsabiliza a los padres como tales y los convierte en «acusación particular», a la vez culpabiliza directamente a los profesores de las carencias de sus alumnos. Matar al mensajero, sin más.

Simplemente, se busca un culpable que demonizar, se encuentra, y todo solucionado: ya tenemos a la víctima propiciatoria. Exactamente igual que si atribuimos la existencia del SIDA a los médicos que intentan curarlo, o como cuando se atribuían las epidemias de peste a los judíos o, por qué no, cuando se saca a la Virgen local a pasear para que llueva, y si ni así llueve, ha de ser porque algún pecador fue a la procesión… Contra lo que algunos piensan, lo irracional y supersticioso tiene una lógica interna muy coherente. Y así nos va.

Porque el derecho a revisión de exámenes no es lo que se está cuestionando aquí. Hay mecanismos sobradamente garantistas establecidos al caso. Cui prodest, rezaba el viejo adagio latino. ¿A quién beneficia este desatino? Tal vez podamos averiguarlo especulando sobre las eventuales consecuencias de tal medida.

Y sólo se me ocurre una. Con muchas variantes, pero una. Porque ¿qué sentido tiene que un padre ignorante en matemáticas –eventualidad nada descabellada como hipótesis de trabajo- pueda acceder a todos y cada uno de los exámenes y ejercicios de su hijo en tal materia, amén de las consideraciones sobre los resultados? Porque estamos en que, en primer lugar, los exámenes ya son revisables; en segundo, que si es un padre como debe ser, estará al corriente de los ejercicios que su hijo ha realizado en casa; y en tercero, last but not least, que las diagnosis sobre la evolución académica de su hijo se han traducido en informes de los cuales, si ejerce de padre, ha de estar al corriente y ha tenido que intentar «implementar» -como se dice hoy en día- en los hábitos de su hijo. Luego ¿A qué viene que tenga acceso a aquello de lo que debería estar al corriente en lo que le atañe?

Un profesor de instituto puede tener, como media, hasta ciento cincuenta alumnos repartidos en distintos grupos y niveles académicos

Un profesor de instituto puede tener, como media, hasta ciento cincuenta alumnos repartidos en distintos grupos y niveles académicos. Supongamos que, entre sus padres, «sólo» una docena de ellos son lo suficientemente quisquillosos y están lo bastante ociosos como  para ejercer plenamente este derecho que el ministro Wert les otorga. Y partimos de la base que serán los padres de alumnos suspendidos, claro. Estamos hablando no de exámenes de evaluación o finales –esto ya pasó a la historia-, sino de todos los exámenes, ejercicios y documentos susceptibles de implicar al alumno, desde comentarios escritos hasta valoraciones. ¿Alguien ha pensado en el tiempo que, inevitablemente, le llevará al profesor atender una y otra vez a la docena de ciudadanos padres que estén reclamando el ejercicio de sus derechos?

Sí, alguien lo ha pensado, y se le ha ocurrido que puede tener efectos coincidentes con sus intereses de escaparate: acabar aparentemente con el fracaso escolar. Y ello por una razón muy simple. Al final, y ante el peligro inminente de estigmatización ante las reiteradas protestas paternas y las consiguientes reconvenciones jerárquicas, con la nada velada amenaza de poner en marcha la kafkiana administración educativa que padecemos, y donde de lo que se trata es que la jerarquía le cargue el mochuelo a la tropa, la mayoría acabarán cediendo y aprobando al alumno con tal de perder al padre de vista. Y ahorrarse problemas de lo más enojosos. Eso, claro, reducirá el fracaso escolar.

No mejorará con ello el nivel de nuestros alumnos, claro que no. Pero eso no le importa a nadie con cargo y mando en plaza. El que se proponga aprobar, aprobará aunque no sepa hacer la O con un canuto… y mejoran las estadísticas ¿Qué más se puede pedir? Miel sobre hojuelas. Tal cual.

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Xavier Massó

Catedrático de Instituto

 

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