El autor piensa que recuperando convicciones estaremos en disposición de cambiar las cosas

Alberto Royo adopta “posición fetal” frente al Pacto de Estado Educativo

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Alberto Royo (Zaragoza, 1973), presentó el pasado 29 de marzo su último libro, ‘La sociedad gaseosa’ (Plataforma Editorial). Se trata de un trabajo que retoma su obra anterior –‘Contra la nueva educación’ (2016)- en el preciso punto donde la había dejado, podríamos decir que a modo de solución de continuidad, proponiendo, desde una óptica más personal, las posibles alternativas a una sociedad gaseosa cuya relación con la nueva educación nos plantea el viejo problema, nunca resuelto, de si fue primero el huevo o la gallina.  Un planteamiento artificioso que, ciertamente, Alberto Royo desenmascara con contundencia.

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Xavier Massó / Catalunya Vanguardista

De los tres estados, sólido, líquido y gaseoso, parece que hemos transitado de uno a otro y que estamos ya en el gaseoso ¿Destino final o volver a empezar?

Cuando no queda espacio para lo sólido, solo queda lo superficial, lo efímero, lo gaseoso

Brecht decía que “las convicciones son esperanzas”, así que prefiero pensar que recuperando convicciones estaremos en disposición de cambiar las cosas, pero uno se fija en los medios de comunicación o analiza cómo está la enseñanza y se preocupa. También es cierto que, pese a todo, seguimos teniendo buenos periodistas y buenos profesores. Y comprometidos. Me gusta recordar lo que decía Machado, aquello de “qué difícil es, cuando todo baja, no bajar también”, para invertirlo y poder confiar en que hacer las cosas bien, con criterio, con seriedad (en el sentido en que Steiner la reclamaba cuando definía enseñar como «poner las manos en lo que tiene de más vital un ser humano»), puede ser igualmente contagioso.

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Hace poco, se afirmó que si hay fracaso escolar es porque se imparten títulos y los que no los obtienen pasan a formar parte de los elementos del conjunto del fracaso escolar. Hasta parece que llegó a proponer algo así como que se eliminaran los títulos, al menos en la educación obligatoria. ¿Ingenuidad, estupidez o cinismo?

Estos tres factores que citas suelen estar casi siempre detrás de los planteamientos de moda. Yo añadiría (irónicamente) el “espíritu emprendedor” de nuestra época. Dicho en otras palabras: el afán de sacar partido de la situación (como decían en El Padrino: “No es nada personal; solo negocios”). Si hay fracaso escolar es, entre otras cosas, porque algo tan esencial como el esfuerzo individual ha sido desplazado como circunstancia determinante en el éxito escolar. Para reducir el fracaso escolar (si lo entendemos como deberíamos, es decir, como la no consecución de los conocimientos requeridos en una etapa y una materia concretas y no como la promoción o el aprobado, si estos no son justos o merecidos) sería necesario: prestigiar el saber (valorando el esfuerzo y repudiando la vagancia), recuperar el papel de la escuela como lugar de conocimiento y cultura, inculcar desde casa el gusto por aprender y la motivación inherente al conocimiento, entender que cada alumno ha de intentar desarrollar al máximo sus capacidades, para lo cual se le debe ofrecer todo el apoyo necesario (si tiene dificultades), pero dejando claro que la constancia y el empeño ha de ponerlos él.

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Alberto Royo

El escritor y docente, Alberto Royo

A lo largo del libro, evocas distintos aspectos que, en conjunto, suponen la reivindicación de valores que, como el esfuerzo o la constancia etc., podríamos calificar de «tradicionales». ¿Te sientes conservador educativamente hablando?

En absoluto. Estoy convencido de que no hay nada más reaccionario que igualar en la mediocridad. Gramsci, que no era precisamente conservador, hablaba de la “elevación cultural del pueblo”. Despreciar hábitos indispensables para el aprendizaje no es progresista; es estúpido (o perverso). Pienso que lo razonable es conservar aquello que es valioso y desechar lo que no lo es. Y, sobre todo, dejar en paz al profesor y permitirle que enseñe como considere que es más eficaz para que sus alumnos aprendan. Hurtar el saber al pobre y querer contentarle con la empatía y la gestión de las emociones es absolutamente clasista porque el pobre no podrá encontrar fuera el conocimiento y estará en inferioridad de condiciones respecto a los que se encuentran en un medio más acomodado y con más posibilidades de acceso a la cultura.

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En momento del libro, planteas el ‘saber el saber’. ¿Cómo piensas que se puede reivindicar esto en tiempos de pragmatismo cortoplacista?

Desde casa. Bueno, hay que reivindicarlo desde todas partes. Es responsabilidad de los profesores, de los medios de comunicación, de los políticos, pero tiene todo que empezar en casa. Escribiendo este libro he llegado a una conclusión: es el conocimiento lo que nos produce emoción y esta emoción es la que nos permite apreciar la belleza. Creo que esto es algo en lo que los profesores debemos insistir y que los padres debemos esforzarnos por transmitir a nuestros hijos.

“Difícilmente se entusiasmará un alumno por unos contenidos que no entiende. Y sin hábitos, sin esfuerzo individual, no podrá entenderlos ni asimilarlos”

La motivación se encuentra precisamente en el reto que supone aprender algo y en el enriquecimiento que nos va a proporcionar, aunque no siempre a corto plazo. Pero para eso hay que confiar en que vale la pena el esfuerzo y nuevamente somos los padres los que tenemos la responsabilidad primera de convencer de ello a nuestros hijos. Ocurre algo similar con los hábitos. Si desde niño uno no los ejercita, cuando llega a la adolescencia y se le exigen, le resulta prácticamente traumático. ¿Qué podemos hacer ante esto? Podemos intentar cambiar la tendencia y admitir que desde pequeños, con afecto, con cariño y con dedicación, los alumnos han de adquirir hábitos, porque esto redundará en un mejor rendimiento académico, lo que sin ninguna duda estimulará su afán por saber. La otra posibilidad es concluir que no pasa nada si no tienen hábitos, que lo (único) que debe hacer un niño es jugar, que lo importante es que los alumnos se encuentren en la escuela a gusto, cómodos, relajados, y que si esta falta de hábitos les impide o dificulta aprender es porque el profesor no sabe cómo enseñar o no tiene vocación o no es capaz de emocionarles.

Está claro que no basta con que un profesor sepa mucho de su asignatura, aunque esto sea lo fundamental, porque solo si siente pasión por ella podrá transmitirla con entusiasmo. Pero la magia no existe. Si el alumno no tiene los más elementales hábitos de trabajo, le resultará muy complicado aprender, aunque el profesor sea el más erudito, el más apasionado y el más comprometido. Difícilmente se entusiasmará un alumno por unos contenidos que no entiende. Y sin hábitos, sin esfuerzo individual, no podrá entenderlos ni asimilarlos. No podemos aspirar al “saber por el saber” si no entramos a fondo en el problema.

¿Es inevitable que el conocimiento y la Cultura –con mayúsculas- acaben siendo elitistas?

“La cultura ha de ser gratis desde el punto de vista del dinero, pero sí hay que pagar un precio: el interés y la voluntad por alcanzarla”

Es que lo son por definición porque solo con esfuerzo y dedicación se puede acceder realmente a ellos. Hay que ponerlos a disposición de todos, claro, evitar que nadie que quiera aprender y aspire a convertirse en una persona culta quede sin posibilidades de conseguirlo, pero la cultura no puede regalarse porque se devalúa. Ha de ser gratis desde el punto de vista del dinero, pero sí hay que pagar un precio: el interés y la voluntad por alcanzarla. Se habla de deportistas de élite con orgullo, de intérpretes musicales que imparten una masterclass a la que todos querrían asistir, pero la educación, parece ser, ha de renunciar a la excelencia. Es un despropósito.

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Volviendo a la sociedad gaseosa ¿No te parece que detrás de tanta «gaseosidad» subyace agazapada una solidez más bien berroqueña en su defensa?

Sí, es cierto. En realidad, siempre ha habido un interés claro por restringir el conocimiento a unos pocos. Al poderoso no le interesa una sociedad formada porque es menos predecible, menos manejable. La intención de que la sociedad sea gaseosa, es verdad, esta sí es sólida.

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¿Cuál es el problema? ¿Qué Bisbal o Bustamante entran más fácilmente y que a Mahler o Beethoven solo se llega mediante el esfuerzo? ¿O que la alquimia resulta más atractiva que la química, y la astrología que la astronomía?

“Lo apasionante del conocimiento es que no es accesible de forma sencilla o a la primera, que hay que insistir, vencer resistencias y sortear obstáculos hasta hacerte con él”

Decía el escritor Álvaro Mutis que «cualquier relación, sobre todo al comienzo, está hecha de extrañezas. Con los libros pasa igual que con las mujeres y con los amigos: hay que tener paciencia para llegar a entenderlos y a quererlos. Ninguna relación es fácil al principio». Lo apasionante del conocimiento es que no es accesible de forma sencilla o a la primera, que hay que insistir, vencer resistencias y sortear obstáculos hasta hacerte con él. No hace falta educar el gusto estético para escuchar a Bisbal (de hecho, es preferible no hacerlo para no padecer), pero sí para disfrutar de Mahler. O de Bruckner, compositor del que hablo en el libro, a quien no debe escuchar alguien que no haya desarrollado mínimamente la sensibilidad o haya alcanzado una cierta madurez. Entonces, la experiencia es casi mística.

Hay una obsesión por hacer el conocimiento fácil que me parece no solo desatinada sino directamente idiota. Hay quienes defienden que transmitir conocimientos cercena la creatividad, cuando justamente es al contrario: saber te permite ser creativo. Y muchas de las grandes creaciones se han logrado en momentos no precisamente cómodos. En una escena magistral de “El tercer hombre”, la obra maestra de Carol Reed, dice Orson Welles: “En Italia, en treinta años de dominación de los Borgia no hubo más que terror, guerras, matanzas, pero surgieron Miguel Ángel, Leonardo Da Vinci y el Renacimiento. En Suiza, por el contrario, tuvieron quinientos años de amor, democracia y paz. ¿Y cuál fue el resultado? El reloj de cuco”.

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El sistema educativo es sin duda un indicador del estado de la sociedad. Es decir, si ha de hacerse una ley que castigue al alumno -o al padre- que agrede a un profesor, será sin duda porque este tipo de agresiones se están produciendo. Recientemente, los medios han difundido escenas –creo que ya van tres o cuatro en una semana-, de padres a tortazo limpio entre ellos en partidos de fútbol que disputan sus hijos. En definitiva, entre el sistema educativo y la sociedad ¿qué es primero, el huevo o la gallina? O en otras palabras ¿qué ocurriría si de repente se implantara un sistema educativo que recogiera los valores que tú defiendes?

Por eso es tan grave la situación. Creo que la sociedad es reflejo de nuestra escuela, más que al contrario. Y creo que un sistema educativo que apostara sin complejos por el conocimiento estaría más cerca de aspirar una sociedad culta, con espíritu crítico, más creativa e incluso más solidaria.

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Portada del libro de Alberto Royo, "La Sociedad Gaseosa" (Plataforma Editorial)

Portada del libro de Alberto Royo, “La Sociedad Gaseosa” (Plataforma Editorial)

Actualmente, se está hablando de un pacto de estado educativo y con este fin se ha constituido la correspondiente subcomisión en el Congreso. ¿Cuál es tu posición al respecto?

“Posición fetal” (por lo que pueda pasar). La posibilidad de que una situación como la actual quede blindada con la excusa del consenso, me preocupa. En realidad, creo que ya existe un pacto tácito hace tiempo en la enseñanza (y no precisamente para mejorarla). Por otra parte, los planteamientos de cada uno de los partidos son tan poco estimulantes que dudo que esto pueda terminar bien (para nosotros, para ellos probablemente sí). La pena es que ningún partido político se atreva en España a defender un sistema educativo exigente, basado en el conocimiento y la evidencia y que ampare de verdad la igualdad de oportunidades.

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Y finalmente, en relación también con la pregunta anterior: ¿Tiene solución la enseñanza?

La solución pasa por hacer cada uno nuestro trabajo lo mejor que podamos sin escudarnos en las circunstancias, por seguir defendiendo nuestras convicciones y por no claudicar ante la estupidez, las modas pedagógicas sin base científica o las presiones; por ser conscientes de que, de momento al menos, nadie puede entrar en nuestra clase a decirnos cómo tenemos que enseñar. Me parece también primordial que no nos dejemos llevar por la corriente, que no dudemos de nuestras certezas y que no dejemos que nadie se apropie de conceptos como “emoción”, “belleza” o “disfrute” porque todos ellos se encuentran en el conocimiento que nosotros defendemos.

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Contra la nueva educación (entrevista)

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