Que las nuevas tecnologías abren grandes y nuevas posibilidades educativas es evidente y sería estúpido no aprovecharlas / Imagen: La Pizarra Digital

¿Lo nuevo debe imponerse a lo viejo?

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Es indiscutible que las nuevas tecnologías han venido para quedarse y que dejarán su impronta en el sistema educativo. Otra cosa es cómo y en qué medida. Para algunos son la panacea que va a resolver todos los problemas del sistema educativo y arrollará con todo lo que en él pervive de obsoleto. Una afirmación, ésta, más ideológica que otra cosa, y propia de ciertos relatos pedagógicos cuya fascinación por las nuevas tecnologías se limita a pretextarlas en provecho propio.

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Xavier Massó_editedXavier Massó / Catalunya Vanguardista

En esencia, lo que desde estos relatos viene a decirse es que el sistema educativo deberá adaptarse a la propia lógica de estas nuevas tecnologías, lo que comporta una transformación a fondo que afecta también a los contenidos. No se trata solo de substituir las viejas pizarras y los libros de texto, por pantallas digitales y ordenadores o móviles, además de al maestro por no se sabe muy bien qué, sino de algo de mucho más calado: la aplicación de las nuevas tecnologías al sistema educativo no afecta solo a «cómo» se aprende, sino también a «qué» se aprende.

Tampoco es que estemos ante ninguna novedosa primicia; en realidad no es sino una versión actualizada de la vieja afirmación de McLuhan según la cual «el medio es el mensaje». Referida en su momento a los mass media, no se trata simplemente de que un medio transmita un mismo mensaje de modo distinto a otros medios, sino de que el propio medio determina todo posible mensaje y es, por ello, él mismo el mensaje, el fin, con sus posibilidades y sus exclusiones inherentes. Aplicado a Educación, las nuevas tecnologías son el medio, y también, claro, el mensaje. Todo se deberá adaptar a ellas, y lo que no sea adaptable carece de lugar en el nuevo escenario… como las clases magistrales o la trasmisión de conocimientos.

Una cosa es que el medio sea el mensaje, y otra muy distinta que haya solo un medio con un único mensaje

Que las nuevas tecnologías abren grandes y nuevas posibilidades educativas es evidente y sería estúpido no aprovecharlas, máxime si tenemos en cuenta que la familiaridad con ellas será muy pronto un requisito -ya lo es- cuya carencia será el equivalente digital al analfabeto del siglo XX. Pero esto es una cosa, y otra muy distinta que estas posibilidades proscriban otras; como si la aparición de la televisión hubiera debido suponer la prohibición de la radio, el cine o la prensa escrita.

Porque, puestos a establecer analogías, admitamos que, en principio, los artículos de opinión tradicionales y propios de la prensa escrita no sean adaptables a la televisión, cuya propia dinámica acaso sea más proclive a las tertulias ruidosas y con entrecruzamiento de insultos entre los participantes. Pero es que ni aun admitiendo que fuera así, seguiría sin haber ninguna razón para prohibir los artículos de opinión; a menos que se les tenga alguna especial inquina que, en cualquier caso, sería atribuible a motivaciones más bien extratecnológicas y nada pragmáticas.

Una cosa es que el medio sea el mensaje, y otra muy distinta que haya solo un medio con un único mensaje. ¿Es esto lo que se pretende en Educación? Ésta es precisamente la sospecha: que estemos ante un pensamiento único educativo cuya fascinación por las nuevas tecnologías sea un mero pretexto para desviar la atención de sus auténticos objetivos, a saber: la liquidación del sistema educativo inspirado en el modelo ilustrado de educación. Un discurso que surge del pedagogismo y del economicismo -tradicionales enemigos del modelo ilustrado- de cuya hibridación ha surgido el paradigma educativo hoy hegemónico, que se articula más o menos de la siguiente manera.

Imagen: ITE

Imagen: ITE

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Suponiendo y asumiendo el imperativo de la innovación como principio acrítico, resulta entonces que, a la vez que lo nuevo debe imponerse a lo viejo, también los contenidos transmisibles en un sistema educativo basado en las nuevas tecnologías vienen igualmente determinados por éstas, que son en sí el contenido. Asimismo, y en la medida que las generaciones crecidas en la era digital ya no entenderían ni se interesarían por mensajes transmitidos a través de otros medios, éstos, por obsoletos y anacrónicos, deben ser descartados. Desde esta perspectiva, la irrupción de las nuevas tecnologías marcaría un antes y un después educativos, análogo a su vez a las transformaciones sociales que estas mismas tecnologías estarían produciendo en tanto otros ámbitos.

Los pedagogistas se inscribirían en la tradición buenista y antiintelectualista, propia de las escuelas pedagógicas de base rousseauniana y romántica

Con esto se nos están diciendo muchas cosas. Tradicionalmente, el modelo educativo se había basado en el binomio docente/discente, que sería el modelo académico por excelencia y que, en esencia, se habría mantenido desde los tiempos de Platón sin grandes modificaciones: clases magistrales, transmisión de conocimientos, libros de texto auxiliares… Dicho modelo se ha quedado obsoleto, como medio y como mensaje. Y las nuevas tecnologías le van a dar el golpe final.

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La aversión por el modelo académico

Los pedagogistas se inscribirían en la tradición buenista y antiintelectualista, propia de las escuelas pedagógicas de base rousseauniana y romántica. Entre sus distintos subproductos educativos destacan la estigmatización de la memoria, del esfuerzo y del mérito; la primacía de lo emocional sobre lo cognitivo; las inteligencias múltiples; el rechazo de la transmisión de conocimientos; el trabajo por proyectos frente al aprendizaje estructurado… y la conversión del docente en una suerte de orientador subordinado a los nuevos gurús del sistema: los propios pedagogos.

Su conversión a las nuevas tecnologías no proviene tanto de su gran leitmotiv -la aversión que sienten por el modelo académico, debido al profundo y arraigado antintelectualismo que profesan- como de las inevitables concesiones a la modernidad que conllevan vestir de innovador a un producto trasnochado -de presunta ciencia a una pseudociencia- y de su hibridación con el economicismo.

Los economicistas, por su parte, son de pelaje muy distinto, tanto en la forma como en el fondo. Se incluiría en este sector a todos aquellos partidarios de no enseñar nada más que lo (que consideran) instrumentalmente necesario o útil. Todo aquello que, de acuerdo con esto, no «sirve» de nada, es simple y deseablemente prescindible. Se podrían distinguir varios subgrupos, que van desde los partidarios de un tecnologismo ramplón y de vía estrecha, hasta quienes, más exclusivistas, consideran que el sistema educativo público ha de limitarse a instruir sobre aspectos meramente instrumentales; es decir, lo mismo que requieren los miembros del primer subconjunto, pero con independencia de su propia opinión. En otras palabras, exactamente como en la Edad Media había desde los ignorantes que creían en brujas y eran partidarios fervientes de quemarlas, hasta las élites eclesiásticas que, aun sabiendo de su inexistencia, explotaban en su provecho tan burda creencia inventándoselas.

Frente al marchamo más «flower power» del pedagogismo tradicional, los economicistas se presentan como pragmáticos y utilitaristas

Aunque igualmente antiintelectualistas, frente al marchamo más «flower power» del pedagogismo tradicional, los economicistas se presentan como pragmáticos y utilitaristas. Su concepto de la educación es puramente instrumental y minimalista. Si un electricista no precisa para su práctica profesional de los conocimientos teóricos que la hacen posible, entonces no hace falta enseñárselos; sería un gasto innecesario y desaconsejable.

Frente a la idea más cristiana de conversión paulina, propia del pedagogismo, los economicistas funcionan a ritmo de marketing y educación a la carta con género de menú barato. Su objetivo último es la mercantilización de todo lo potencialmente «educativo». De la hibridación con el pedagogismo surgen como subproductos propios toda una serie de sociotipos con amplio eco social y pábulo entre los medios de comunicación: innovadores de toda laya, emprendedores del más variado jaez, arruinados en sus actividades originarias reconvertidos al coaching que ofrecen filfa educativa; y hasta condecorados con órdenes imperiales tan obsoletas como lucrativas… Todo ello sin excluir a advenedizos y simples timadores. En el caso español, por ejemplo, la LOGSE es el ejemplo perfecto de hibridación entre el buenisno pedagogista y el cinismo economicista.

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Escuela de felicidad

Nada indica, en cualquier caso, que la introducción de las nuevas tecnologías en la educación tenga que ser incompatible el modelo educativo académico. Muy al contrario, incluso nos atrevemos a afirmar, aunque lo dejaremos para otro artículo, todo lo contrario: la implantación de las nuevas tecnologías, racionalmente administradas, debidamente dosificadas y sin caer en fascinaciones papanatas, no solo no es incompatible con la estructura académica y sus prácticas, sino incluso de un altísimo valor añadido complementario… siempre y cuando, claro, sigamos pensando que la función de un sistema educativo es la transmisión de conocimientos; si lo vemos, en cambio, como una prestación asistencial o una escuela de felicidad, entonces ya es otra cosa. Porque con las nuevas tecnologías se puede hacer de todo, y por esto, precisamente, son susceptibles de ser utilizarlas como pretexto al servicio de intereses que nada tienen que ver con ellas.

Con las nuevas tecnologías se puede hacer de todo, y por esto, precisamente, son susceptibles de ser utilizarlas como pretexto al servicio de intereses que nada tienen que ver con ellas

De modo que de la misma manera que la televisión no liquidó la prensa o la radio -o que el mismo internet anda lleno de artículos de opinión y de enciclopedias digitalizadas-, tampoco hay en principio ninguna razón para pensar que la implantación de las nuevas tecnologías en educación deba suponer la desaparición del binomio docente/discente o de la transmisión de conocimientos sistematizada dentro de una estructura académica, con sus clases magistrales incluidas. El problema solo existe si pretendemos imponer unívocamente un medio y proscribimos los otros. Pero entonces la culpa no la tienen las nuevas tecnologías, sino la función que deberán tener en el modelo educativo al cual se apliquen según el uso que se haga de ellas y con qué finalidad se utilicen. Y esto es, en definitiva, pura ideología.

Porque son ideología, por más novedosamente que nos quieran vender el producto, tanto la ucronía del imposible retorno a la Arcadia pastoril propia del pedagogismo, como la distopía de la Tecnópolis frente a la cual babean los economicistas. Y la garantía contra la imposibilidad de lo primero y la indeseabilidad de lo segundo, es un sistema educativo como el que los nuevos viejos pedagócratas, que no las nuevas tecnologías, quieren erradicar.

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Manifiesto por la Educación:

Firma en Change.org

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