J. Jorge Sánchez, autor de Las vidas de las imágenes, poemario recientemente presentado en Barcelona

“Creo que no hay demasiada distancia entre mitos y dioses”

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Portada del libro

Ayer, en la librería “La Central del Raval” tuvo lugar la presentación del nuevo poemario del barcelonés J. Jorge Sánchez (1964), Las vidas de las imágenes, editado por Luces de Gálibo, una de las editoriales independientes a cargo del también poeta y editor Ferran Fernández.

El acto fue presentado por otro poeta, el leridano Xavier Jové (Tripulants, Els 7 pecats revisitats) que realizó una lectura de la obra en el panorama más amplio de la trayectoria del autor marcada por sus tres obras anteriores: Del Tercer Reich (Germanía, 2002), Filosofía de la minucia (Bartleby, 2008) y Bajo la lluvia (LVR]Ediciones, 2012).

Las vidas de las imágenes es, a la vez, una reflexión sobre la problemática naturaleza de la imagen y su preponderancia en la sociedad actual (“Hubo un tiempo en que las imágenes / habitaban el mundo de los hombres. // En esta época que nos ha tocado vivir / son los hombres quienes se alojan / en el mundo de las imágenes”) y una singular experiencia poética de casi una treintena de películas (desde la primera proyección pública en 1895, hasta la reciente 21 gramos).

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El escritor, J. Jorge Sánchez

¿Cómo ve un poeta las imágenes?

No tengo una idea clara acerca de cómo los que se ven a sí mismos como “poetas” reflexionan acerca de las imágenes. En mi caso, sí que puedo decir que el problema de la naturaleza de la imagen, su carácter elusivo, la dificultad de considerarla una “cosa” entre otras, su materialidad singular que depende de si la imagen es fotográfica, fílmica, pictórica, mental, especular, fantasmática o de cualquier otra índole, ese estar a medio camino entre lo presente y lo ausente o esa actividad constante a lo largo de la historia humana llevan años preocupándome literaria y reflexivamente. Y, especialmente, el problema de hasta qué punto en la “sociedad espectacular” que en parte nos constituye, llegan a ir más allá de una segunda realidad llegando a reemplazar a la que hasta ahora hemos tomado y entendido por tal, sea física o espiritual.

¿Es la imagen una instantánea real o una visión subjetiva?

El problema, creo, es que algunas imágenes, y quizás la imagen en general, desborda esa oposición y todas las oposiciones: es, a la vez, real y subjetiva, ajena y propia, artificial y natural, objetiva y personal. La imagen es, de hecho, un reto a nuestros modelos de categorización de lo existente lo cual no deja de ser sorprendente si tenemos en cuenta que nuestra cultura, la occidental, hablando en términos muy generales y simplistas, siempre ha estado obsesionada por la visión, la mirada, la luz…

¿Son las imágenes contemporáneas fieles retratos o simples caricaturas de quiénes somos?

Esta dualidad es una de las que más ha sufrido con la reflexión contemporánea sobre la imagen. Cuando han sido pensados el encuadre fotográfico, el montaje cinematográfico o el marco del cuadro, hemos ido descubriendo que el antiguo modelo de la imagen como reproducción neutra y objetiva de lo existente, como retrato, reflejo secundario, se queda corto: parece haber una lógica propia de las imágenes que va más allá de la distinción entre original y copia, aunque parta de ella, que hace posible que toda imagen que se pretenda fiel pueda llegar a ser vista como caricatura y a la inversa. Pienso, por ejemplo, en las caricaturas que, a principios de los años 30, la izquierda comunista europea hacía sobre Hitler. A la postre, resultaron captar más fielmente el carácter del asesino no sólo que los retratos oficiales nazis, sino que cualquier reportaje periodístico o documental de los que poblaban los noticiarios de la época.

¿Es su poemario una advertencia sobre nuestras imágenes? En tal caso, ¿hay sociedades cuyas imágenes sean mejores?

Más que sobre nuestras imágenes, sobre la tendencia a incluirlas bajo esquemas relativamente simples. Quiero decir, la abundancia de imágenes, el hecho de que los adolescentes de nuestra época vivan rodeados de imágenes puede ser peligroso o tener unos efectos perversos que deberían ser pensados sin ligereza, con cuidado. No estoy seguro. De hecho no lo sé. Pero sí creo que el exceso actual debe ser pensado sin caer ni en el menosprecio de lo imaginario ni en su magnificación. También puede ser que, históricamente hablando, no sea ninguna novedad esta sobreabundancia imaginaria. Pienso en La vida es sueño o en Shakespeare, por ejemplo, y en cómo en esos textos podemos encontrar huellas del ruido del funcionamiento de la imagen en la vida humana hace siglos.

 

Wikipedia

¿Qué hay de esas imágenes auto creadas por nuestro cerebro, aquéllas que en realidad no se escenifican?

Sin llegar al caso límite de las alucinaciones que llegan a ser experimentadas como específicamente reales por los sujetos que las padecen, ¿cuántas veces no “hemos creído ver a fulanito” (de hecho, lo hemos “visto”) de una manera cierta e indudable, exterior a nuestra mente cuando en realidad no ha salido de nuestras sinapsis? También podemos llegar al extremo inverso: el solipsismo del obispo Berkeley para quien, en rigor, sólo tenemos imágenes (“percepciones” o “representaciones”) del mundo o de algunos filósofos contemporáneos para los cuales el acceso a lo empíricamente existente es imposible y tan sólo podemos saber, difusamente,  algo sobre aquello que estimula nuestro sistema nervioso estudiando lo que éste genera.

¿Son las nuevas tecnologías una buena plataforma para sobredimensionar el culto a la imagen?

Diríamos que sí parecen un instrumento de proliferación reproductiva sin parangón en la historia humana que debería ser profundamente meditado.

Desde su formación de filósofo: ¿Se ha reemplazado la imagen de los dioses por la imagen del mito? ¿Podemos pensar que el mito actual es reflejo de nuestra imagen?

Creo que no hay demasiada distancia entre mitos y dioses. Es más, si pienso en mitos deportivos no puedo evitar recordar que para mí, de pequeño, el jugador de baloncesto profesional Julius Erving era algo así como un dios. Por no hablar de Michael Jordan. En cuanto a la relación entre las imágenes que proyectamos y las que se convierten en mitos diría que hay una retroalimentación siempre en marcha: es una producción bidireccional que, además, se abre no sólo a la condición propia de la imagen sino a las relaciones sociales, a la historia, al tiempo y al espacio, etc.

Si tuviera que elegir al lector modelo de su libro ¿Qué imagen le evocaría?

¡Qué buena pregunta! Al tratar de responderla ahora, me doy cuenta que no me surge ninguna imagen inmediatamente. Tan sólo hurgando un poco, brotan referencias televisivas o cinematográficas perfectamente codificadas, lo cual dice muy poco de mí y mucho de la capacidad de moldear la imaginación que poseen los grupos dominantes actualmente.

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