Tal vez haya situaciones en que jugar al gallina sea ineludible, y el todo o nada inevitable, pero la verdad es que no parece que estemos en tal tesitura

De faroles y de gallinas

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El juego del «gallina» consiste en que la victoria pasa necesariamente por el desistimiento del rival; de lo contrario, nadie gana y todos pierden. Lo describe el canto XXIII de La Ilíada, que nos narra la carrera de carros en honor de Patroclo, con Diomedes y Eumelo como protagonistas. Más modernamente, el cine nos mostró a James Dean con el coche a toda velocidad compitiendo para ver quién conseguía frenar deteniéndose más cerca del abismo que hacía las veces de meta.

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Xavier Massó_editedXavier Massó / Catalunya Vanguardista

Una variante particular la tendríamos en «Juegos de guerra», donde el ordenador que iba a iniciar la guerra nuclear acaba deteniéndola in extremis cuando le introducen en el programa el juego del tres en raya, y «entiende» que nadie iba a vencer. En este caso nadie le llamó gallina porque se trataba de un superordenador, pero en la versión humana, para que haya vencedor se requiere de un gallina, de algún cobarde que se arrugue en el último momento permitiendo la victoria del «héroe», del valiente. De lo contrario, o todos los coches acaban despeñándose por el precipicio –con sus ocupantes dentro-, o todos los carros chocan entre sí y se acaba la carrera, o, en fin, la humanidad se autoaniquila en una guerra nuclear.

En el dilema del prisionero ocurre algo parecido en términos de razonamiento lógico, dentro de lo que se conoce como la teoría de juegos. A dos sospechosos de haber cometido un robo, la policía les ofrece por separado el mismo trato. Si A confiesa y B no, B sale libre y a A le caen diez años. Lo mismo si es B quien confiesa, pero no A, siendo entonces A quien sale libre y B el condenado a diez años. Si ambos confiesan, a los dos les caen a seis años; y si ninguno confiesa, un año a cada uno. El resultado de la decisión que cada uno tome estará determinado por la que haya adoptado el otro. El problema es que no sabemos qué decidirá hacer el otro. Como jugando al gallina.

El resultado de la decisión que cada uno tome estará determinado por la que haya adoptado el otro. El problema es que no sabemos qué decidirá hacer el otro

Y la verdad es que, en relación al tema del referéndum por la independencia de Cataluña, convocado para el 1 de octubre no se sabe todavía muy bien por quién (oficialmente, claro), todo indica que estamos ante una perversa y sincrética superposición entre el juego del gallina y el dilema del prisionero sin que, por desgracia, podamos contar con el superordenador de «Juegos de guerra» que acabó poniendo orden en la estupidez humana. O lo que es lo mismo: no parece haber nadie con la talla intelectual y humana necesaria para detener todo este despropósito. Lo único que parece contar son los zafios cálculos de un quítame allá estos votos y, por supuesto, gallina el que se raje. O traidor, que para el caso es lo mismo, a Cataluña o a España según el bando en que se milite.

Las recientes alusiones a la vía muerta en que se encontrará uno de los trenes que iban a protagonizar el choque no son sino una modalidad del gallina en la carpetovetónica versión de aquella famosa escena de la película «Nobleza baturra», cuando el maquinista de la locomotora le silba al protagonista para que se aparte de la vía y evitar arrollarlo, a lo que el otro replica: «Chufla, chufla, como no te apartes tú». Es decir, el gallina no seré yo, sino el otro. Pero claro ¿no cabe contemplar la posibilidad de que el otro piense lo mismo?

Sí parece que la contempló el exconsejero Baiget, fulminantemente cesado por «gallina», dando pábulo además a chuscas y chulescas valoraciones. También el bando contrario cesó en su momento al fiscal superior de Cataluña, Martín Rodríguez Sol. Se atrevió a insinuar que tal vez la Constitución sí podía admitir el referéndum. Y eso era anatema. En el caso de Baiget ha sido por expresar públicamente sus dudas sobre las posibilidades reales de realizar efectivamente el referéndum, dada la oposición del Estado y el poder de que dispone.

Pero es que el bueno de Baiget, dudas al margen, manifestaba también la mayor disposición personal a dar con sus huesos en la cárcel

En ambos casos, aquí no se admiten ni traidores, ni disidentes, ni cobardes, ni dudas cartesianas. Pero es que el bueno de Baiget, dudas al margen, manifestaba también la mayor disposición personal a dar con sus huesos en la cárcel si la patria se lo exigía; ahora bien, si el Estado iba a arremeter contra su patrimonio, por ahí sí que no pasaba, porque no le afectaba solo a él, sino también a su familia, y esto es harina de otro costal. Es decir, como preguntaba Josep Pla: I tot això qui ho paga? (¿Y todo esto quién lo paga?).

En realidad, lo verdaderamente importante de las declaraciones de Baiget, se encuentra no tanto en lo que dijo, sino en lo que no dijo pero se hace evidente como razón de ellas: no estamos en ninguna situación que justifique la exigencia de actitudes de todo o nada. Todo un baño de realismo. ¿Para qué, entonces, seguir jugando al gallina, si además de ser dudosas las ganancias en caso de vencer, el riesgo es perderlo todo? ¿No se estará poniendo en peligro más de lo que se puede conseguir?

Parece que el síndrome de Gaziel sigue proyectando su sombra sobre las élites dirigentes del nacionalismo catalán, sin que aparezca solución de continuidad alguna. Fue cuando algunos se lamentaron de la mala suerte que históricamente había tenido Cataluña desde siempre. Les replicó que una cosa era un jugador con mala suerte, y otra muy distinta un mal jugador. El jugador con mala suerte, por mala que sea, si sabe jugar sabe también que en algún momento tendrá su oportunidad, y sabrá aprovecharla. El mal jugador, en cambio, no.

Parece que el síndrome de Gaziel sigue proyectando su sombra sobre las élites dirigentes del nacionalismo catalán

Tal vez haya situaciones en que jugar al gallina sea ineludible, y el todo o nada inevitable, pero la verdad es que no parece que estemos en tal tesitura, ni que la situación sea objetivamente tan grave como para justificar tanta excepcionalidad. Más bien se diría que estamos ante un mal jugador que se ha tirado un farol que todo el mundo ha visto, pero que sigue empeñándose obsesivamente en mantener porque de lo contrario será considerado un gallina.

No cabe duda de que el vencedor del juego del gallina pasa por un héroe, un valiente, al menos por contraste con el perdedor que no tuvo redaños para aguantar el envite. Pero si podemos rastrear el juego del gallina hasta la antigua Grecia, tal vez no esté de más reparar en lo que pensaba Platón de todo estos héroes «gallináceos». Entre otras cosas, proponía prohibir la literatura homérica, simplemente porque lo que contaba no era verdad –así de simple-, a la vez que transmitía unos valores fundamentados en esta falsedad.

Cierto que hubiera sido una lástima habernos quedado sin la Ilíada, pero no por ello es menos cierto que, siguiendo a Platón, el vencedor del juego del gallina no es un valiente, sino un temerario, un irresponsable. Porque una cosa es un valiente, y otra muy distinta un temerario. Y puede que esto sea lo que está pasando: que estamos en manos de unos temerarios e irresponsables que han decidido que no quieren pasar por gallinas después de haber iniciado un juego que no podían ganar y en el que, llegados hasta el extremo en que consiste el propio juego, todos perdemos ¿Dónde está el ordenador de «Juegos de guerra»? Que nos lo traigan.

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