1936: el Frente Popular ganaba las elecciones

Elecciones generales de España de 1936. Distribución de escaños en el Congreso de los Diputados (por bloques) / Wikimedia - FelipeRev

Tal día como hoy…  16 de febrero de 1936 tenían lugar en España elecciones generales que ganó el Frente Popular

 

El 16 de febrero de 1936 tenían lugar en España elecciones generales. Era la tercera convocatoria electoral de la II República. Las ganó la coalición del «Frente Popular» por un relativamente estrecho margen de votos, pero con una holgada mayoría en escaños. 263 diputados, frente a 156 de las formaciones de derecha, y 54 de los partidos de centro.

 

CV / Se venía de un gobierno de coalición de las derechas surgido de las elecciones de 1933 en que la distribución en escaños era prácticamente la inversa. Esto podría inducir a la falsa percepción de que el electorado se había pasado en masa a las opciones de izquierdas, de la misma manera que en las anteriores se habría desplazado igual de masivamente hacia la derecha, después del arrollador triunfo de la coalición republicano-socialista en 1931. Y nada de esto fue así en ninguno de los dos casos. Aquello de que España se acostaba monárquica y se levantaba republicana fue una falacia.

Aquello de que España se acostaba monárquica y se levantaba republicana fue una falacia

Los votos de las dos Españas se mantuvieron prácticamente constantes en las tres convocatorias, con variaciones, ciertamente, pero nunca y en modo alguno en porcentajes que invirtieran la geometría parlamentaria tan brutalmente. En este sentido, los relatos según los cuales en 1933 la implantación del voto femenino dio la victoria a las derechas, y que en 1936 la llamada de los anarquistas a votar por el Frente Popular se la dio a las izquierdas, sin ser absolutamente desdeñables, tampoco pasan de leyendas urbanas. Ni las mujeres votaron en 1933 masivamente según las indicaciones de los confesionarios, ni los anarquistas acudieron excepcionalmente a votar en 1936 -o ya lo venían haciendo pese a las indicaciones de la CNT-FAI-.

Ni las mujeres votaron en 1933 masivamente según las indicaciones de los confesionarios, ni los anarquistas acudieron excepcionalmente a votar en 1936

Así pues, las grandes y desproporcionadas diferencias en la distribución de escaños no provenían de abruptos y masivos cambios de opinión del electorado, sino de la ley electoral que establecía el criterio de adjudicación de estos escaños. En este sentido, y dado que hoy en día es tan frecuente escuchar críticas indocumentadas al actual sistema de adjudicación de escaños -el sistema o método d’Hondt-, quizás no esté de más dar cuatro pinceladas -necesariamente breves por razones de espacio-, sobre el sistema electoral que rigió durante la II República, que propiciaba estos contrastes. Ello no sin antes añadir que hoy en día, el problema de la sobrerrepresentación de determinados territorios sobre otros, considerado el principal defecto de nuestro sistema vigente, es por completo ajeno al método d’Hondt y tiene su origen en el número de escaños adjudicado a cada circunscripción electoral.

La II República estableció un sistema electoral que corrigió el de la monarquía, acabando con los minúsculos distritos electorales unipersonales, pensados para propiciar el voto caciquil, substituyéndolos generalmente por distritos uniprovinciales, con las ciudades de más de 100.000 habitantes -a partir de 1933, de 150.000-, constituidas en distrito electoral a parte.  Todo bajo el criterio de un escaño por cada 50.000 electores, lo cual arrojaba en 1936 un total de 473 diputados.

El sistema de elección era complejo. Se votaba nominalmente por listas abiertas, pero no a todos

El sistema de elección era complejo. Digamos sucintamente que consistía en una síntesis entre proporcional y mayoritario, con sesgo hacia el segundo. Se votaba nominalmente por listas abiertas, pero no a todos. Si a un distrito electoral le correspondían 5 diputados, el votante solo podía marcar 4 nombres, si 5, 4, si 10, 8… En la práctica las listas eran cerradas, porque las distintas formaciones se presentaban como tales. Esto tenía, como mínimo, dos efectos indeseados. El primero, que al ser un sistema digámosle semicerrado, los candidatos más votados pertenecían siempre en su mayoría a la misma formación, y aun sin ser un sistema mayoritario estricto, había una gran desproporción entre los votos obtenidos y los escaños adjudicados, siempre a favor del ganador. La segunda, consecuencia de la primera, fue que se tendió necesariamente a las grandes coaliciones, y esto propició la inclusión en ellas de partidos extremistas a derecha y a izquierda, según el caso, como el de Falange en el bloque de derechas en 1933, o el Partido Comunista en el de izquierdas en 1936. Ambas eran formaciones minoritarias, que concurriendo en solitario difícilmente hubieran conseguido representación, pero que a la vez radicalizaban el discurso de sus respectivas coaliciones al acceder con voz en el Parlamento.

Una mínima diferencia determinaba una muy superior representación. Sin duda garantizaba al vencedor mayorías confortables para formar gobierno, asegurando una cierta estabilidad parlamentaria. Aunque esto último no se consiguió a pesar de todo, ni en 1933 ni en 1936, como es bien sabido.

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