A menor aprecio, menor voluntad de ayudar

«Esos signos de dejadez transmiten a la gente la impresión de que en determinado lugar no es obligatorio respetar las normas sociales», señaló el Dr. Kurschilgen

Juegos de bienes públicos

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Científicos del Instituto Max Planck (MPI) de Investigación sobre Bienes Colectivos (Bonn, Alemania) han descubierto que las personas se deciden a ayudar al prójimo en función del altruismo mostrado por éste. Además, las primeras impresiones influyen de manera determinante en nuestras expectativas de la gente y son difíciles de cambiar.

En referencia a las conclusiones del estudio, Michael Kurschilgen, del MPI de Bonn, aclaró: «Esto ocurre de manera más acentuada cuando la impresión es negativa.»

El Dr. Kurschilgen y sus colaboradores Christoph Engel y Sebastian Kube examinaron los resultados de lo que llamaron «juegos de bienes públicos». Según los investigadores, la gente que espera que los demás se comporten con egoísmo es precisamente aquella que observa un comportamiento insolidario en su entorno con mayor frecuencia.

Partiendo de estudios científicos anteriores como modelo, estos investigadores analizaron a fondo un dilema social que podría suscitar el interés de autoridades responsables de las políticas sociales y de urbanismo. «Queríamos averiguar si la teoría de las “ventanas rotas” se cumplía en el laboratorio», apuntó el Dr. Kurschilgen.

Los autores indicaron que, según dicha teoría, los «detalles menores», como la existencia de desperdicios por la calle o de edificios abandonados, pueden favorecer el establecimiento de un ambiente de desolación en cualquier barrio. «Esos signos de dejadez transmiten a la gente la impresión de que en determinado lugar no es obligatorio respetar las normas sociales», señaló el Dr. Kurschilgen para explicar el fundamento de la teoría que hace veinte años llevó al entonces alcalde de Nueva York (Estados Unidos), Rudy Giuliani, a tomar la decisión de implantar la «estrategia de tolerancia cero» para limpiar la ciudad.

Para comprobar la validez de esta teoría, los investigadores recurrieron a los «juegos de bienes públicos» que se usan con profusión en el campo de la economía experimental. Su objetivo era determinar en qué medida las primeras impresiones, así como información seleccionada, influyen en el comportamiento de las personas.

Según explicaron los autores, estos juegos se basan en el dilema clásico del interés personal y el comportamiento solidario. Hay 4 jugadores que reciben 20 fichas cada uno, las cuales pueden conservar o bien donar a un proyecto social. Cada jugador recibe 0,4 fichas por cada ficha otorgada al proyecto social. Si los 4 jugadores se desprenden de sus 20 fichas, cada uno recibe 32 fichas. Por tanto, ganan 12 fichas si invierten en dicho proyecto. Pero si sólo tres de los cuatro jugadores invierten su «dinero» en el proyecto social, el jugador «egoísta» (el cuarto jugador) obtiene 44 fichas. Por consiguiente, el egoísta se beneficia de las inversiones de los demás en el proyecto.

«De este modo, el juego de bienes públicos plantea un dilema social», añadió el Dr. Kurschilgen.

Está claro que el conjunto de la comunidad se beneficiaría si todos los jugadores invirtieran en lo colectivo, afirmaron. Pero desde una perspectiva individual, un jugador insolidario sale ganando al final.

Los investigadores realizaron el experimento en Bonn y en Londres (Reino Unido) y observaron diferencias entre la población de las dos ciudades. En Bonn, los jugadores invirtieron el 82% de su dinero, mientras que en Londres apenas el 43%.

«Esto puede atribuirse probablemente a las diferencias entre las expectativas acerca de lo que constituye el comportamiento “normal”», aventuró el Dr. Kurschilgen. Asimismo es improbable que realicen actos altruistas aquellas personas que presupongan que los demás se comportarán con egoísmo.

«Desde ese punto de vista, los residentes en Londres albergan una visión más pesimista del ser humano que los participantes residentes en Bonn», afirmó. En cambio, una persona se comportará de manera solidaria o no según cómo espere que se comporten los demás.

Para que el experimento resultara aún más interesante, los investigadores informaron de los resultados del estudio realizado en Londres al grupo de Bonn. Éste respondió de forma negativa a esta información y entonces tan sólo invirtió el 51% de su dinero ficticio en el interés colectivo, cuando en la primera ocasión el porcentaje había sido del 82%. Paradójicamente, no se produjo el efecto opuesto en la situación contraria. Es decir, los buenos ejemplos no sirvieron para reducir el egoísmo de los jugadores.

«Nuestros hallazgos demuestran la veracidad de los aspectos fundamentales de la teoría de las “ventanas rotas”», puntualizó el Dr. Kurschilgen. «Enfrentados a un dilema de índole social, la gente se guía en gran medida por sus expectativas originales sobre lo que harán los demás, si bien son especialmente sensibles a las impresiones negativas.»

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