Un diccionario describe una lengua: tiene datos de pronunciación, de ortografía, de gramática, pragmáticos… Y tiene información enciclopédica

“El español podría tener más diccionarios de iniciativa particular”

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El grupo NEOLCYT organiza un ciclo de charlas sobre lexicografía en la Facultad de Filosofía y Letras. El 7 de abril, Paz Battaner, gran autoridad en la materia que ocupa el asiento “s” de la Real Academia de la Lengua, ofreció la charla “¿Resultará muy aburrido trabajar en un diccionario?”.

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UAB / “‘Turrón'”, explica Paz Battaner, “en 1868 quería decir ‘enchufe’, gente que recibía dinero y que vivía bien por lo que hoy llamamos ‘enchufe’. Se hablaba de ‘tener turrón’ o ser ‘turronero’, palabras que ahora han desaparecido en ese sentido”. Battaner, que ocupa el asiento “s” de la Real Academia de la Lengua, fue fundadora de la Asociación Española de Estudios Lexicográficos y es un referente académico y profesional en este campo.

Paz Battaner

Paz Battaner

 

El pasado 7 de abril, pronunció la conferencia “¿Resultará muy aburrido trabajar en un diccionario?” en la Facultad de Filosofía y Letras, dentro del ciclo “Lecciones de lexicografía” que organiza el Grupo de Investigación en Lengua de la Ciencia y de la Técnica (NEOLCYT) del Departamento de Filología Española de la UAB.

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Usted dedicó su tesis doctoral al vocabulario político y social de la España del XIX (1869-1873). ¿Ha seguido estudiando el tema?

No, pero mucha gente ha seguido estudiando ese tema en otras épocas. Cuando empecé yo, sólo había un trabajo sobre las Cortes de Cádiz y otro sobre el lenguaje político que había utilizado Larra. Ahora, prácticamente, de todos los momentos críticos de la política española, hay un estudio. Se ha estudiado hasta el de la Transición. Y en la UAB se trabajó el vocabulario del trienio liberal.

Ahora, prácticamente, de todos los momentos críticos de la política española, hay un estudio

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¿En su opinión, para qué debería servir un diccionario?

Para muchísimas cosas. Una de las más importantes, dar el acceso al significado de las palabras que no conocemos o que creemos que conocemos pero no conocemos del todo, porque las palabras son muy densas y guardan mucha información. Pero, además, un diccionario describe una lengua: tiene datos de pronunciación, de ortografía, de gramática, pragmáticos… Y tiene información enciclopédica.

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Explíquenos, a grandes rasgos, cómo se trabaja en la creación y en la actualización de un diccionario.

Un diccionario puede ser un producto comercial o institucional, como son los de la RAE y el Institut d’Estudis Catalans. Estos segundos dependen a menudo del dinero que reciba la institución, y los comerciales dependen también de que la empresa editorial tenga recursos para invertir en un diccionario. En mi experiencia en la editorial Spes, cuando llevaba los diccionarios Vox (ahora están en Larousse), pudimos trabajar allí unas diez o doce personas. Estuvimos trabajando unos cuatro años con la base del diccionario Vox pero lo volvimos a definir casi todo menos los verbos, para los que ya no tuvimos mucha capacidad. Lo hicimos en poco tiempo pero trabajamos duro: un diccionario representa mucho trabajo.

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Precisamente, explica usted en un texto (“El diccionario como punto de encuentro en la descripción de la lengua española”) que es diferente el trabajo con los sustantivos y con los verbos.

“Sustantivo” viene de “sustancia”: su mismo nombre, que ya se encuentra en Aristóteles, lo explica

Sí, es que significan muy diferente. Los verbos son palabras mucho más gramaticalizadas. Esto quiere decir que su significado varía dependiendo de los complementos que tengan y por eso es, en general, menos concreto. Sobre todo los verbos de frecuencia alta, sobre los que trabajábamos en el Diccionario de Aprendizaje de Español como Lengua Extranjera (DAELE). Yo siempre pongo el ejemplo del verbo “blindar”: no es lo mismo blindar una habitación que blindar un contrato. También pasa con algún sustantivo, pero no en general. “Sustantivo” viene de “sustancia”: su mismo nombre, que ya se encuentra en Aristóteles, lo explica.

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¿Con qué criterios se decide aceptar un nuevo término o una nueva acepción?

Depende de los diccionarios. Hay diccionarios que quieren estar muy a la última y cogen muchos neologismos; y otros prefieren ir sobre seguro porque los neologismos, a veces, son efímeros y terminan por perderse. En el Vox, trabajábamos con los que encontrábamos en el Corpus con un mínimo de frecuencia. Y la Academia, a lo largo de su historia, ha ido cambiando de criterios. Hubo un momento en el siglo XIX en que tuvo interés en introducir los términos científicos y técnicos; pero los introdujo más tarde que otros diccionarios comerciales porque querían que estuvieran aposentados.

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¿Hay polémicas entre las personas que hacen un diccionario por la introducción de un nuevo término o una nueva acepción?

Polémicas no, porque hacer un diccionario es muy raro [ríe]. Hay pocos, desgraciadamente: la lengua española podría tener varios diccionarios de iniciativa particular o personal, pero no los tiene. Desde hace años, los nuevos diccionarios que se hacen son escolares, con una aplicación muy concreta para la población estudiantil. Por eso no hay muchas polémicas.

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El uso figurado de las palabras debe dar pie a nuevos significados.

Es difícil determinar cuándo se puede considerar que ya no es figurado, se ha conseguido la lexicalización y los hablantes no reconocen el significado original. María Moliner, por ejemplo, acertó mucho cuando dio a ese uso una acepción que llamó “nombre calificativo”. En general, sirven de predicación: dicen algo sobre el sustantivo por el que están en el diccionario. Ella lo vio antes que la Academia y otros diccionarios. Es un bonito tema que plantea cómo explicar los significados: si se explican ya lexicalizados o si se especifica que también se usan en sentido figurado (y no se pone cuál). Pienso, por ejemplo, en “anteojeras”: un diccionario puede definirlas por los arneses de las caballerías y poner “utilícese también en sentido figurado”, o bien puede dar ya el sentido de no ser capaz de ver más allá de la propia ideología.

Antes, los diccionarios eran prácticamente el saber de los lexicógrafos: lo que sabían de cada palabra era lo que ponían en el diccionario

Antes, los diccionarios eran prácticamente el saber de los lexicógrafos: lo que sabían de cada palabra era lo que ponían en el diccionario

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¿Y qué es un hiperónimo?

Es la voz que tiene dentro de su significado aquello que se define. “Partir”, por ejemplo, es un determinado sentido de “mover”. Pero, si se define sólo con el hiperónimo, no está todo, no queda claro y hay que añadir, por lo tanto, la parte específica que permite distinguir lo que se está definiendo del hiperónimo, que es más generalizante.

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Internet parece facilitar el desarrollo de los diccionarios, de sus funciones y ramificaciones.

Más que internet, todo el tratamiento de textos informatizados. Se puede trabajar con muchísimos más datos y documentos. Antes, los diccionarios eran prácticamente el saber de los lexicógrafos: lo que sabían de cada palabra era lo que ponían en el diccionario. Hoy, tanto internet como las herramientas informáticas ayudan muchísimo. Dan mucho trabajo, no lo quitan, pero ayudan a objetivar la definición en lugar de poner lo que uno cree, porque cada uno piensa cosas subjetivas de las palabras.

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¿Qué lugar ocupa la lexicografía en el ámbito universitario?

Desde hace unos años, bastante. Creo que en todas las facultades de letras hay alguna asignatura de lexicografía, cosa que antes no había. Entre las aplicaciones que se intentar dar a los estudiantes de letras y de filología, la lexicografía resulta una disciplina muy aplicada.

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