En la propuesta de Fisher, la posición de salida de las piezas se determina aleatoriamente, aunque con ciertas restricciones / Pixabay

Tal día como hoy… 19 de junio de 1996 Bobby Fisher presentaba un nuevo juego de ajedrez

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El 19 de junio de 1996, el ajedrecista y excampeón mundial Bobby Fisher (1943-2008) presentaba un nuevo juego de ajedrez, el Fisher Random Chess,  el ajedrez aleatorio de Fisher. Las reglas en lo referente al movimiento de las piezas son las mismas que en el ajedrez convencional, y el objetivo sigue siendo dar jaque mate al rey contrario, pero la disposición inicial de las piezas se lleva a cabo aleatoriamente.

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La progresiva acumulación de conocimientos y teorías sobre estrategia y táctica ajedrecística, fue dando pie con el tiempo a la irrupción también la memoria

CV / Aunque sea de una lógica implacable, siempre se había considerado que en el juego del ajedrez había algo de «mágico», empezando por la leyenda de su invención, según la cual un rey agradecido le ofreció al inventor el premio que deseara, excepto la mano de su hija, que era precisamente lo que quería. Entonces le pidió un grano de arroz por el primer cuadro, dos por el segundo, cuatro por el tercero, y así sucesivamente, constituyendo una progresión geométrica de razón 2, cuya suma en granos de arroz sería S= (20+21+22+23+…….+262+263). Como es sabido, se requerirían las cosechas de arroz a lo largo de varios miles de años para cumplimentar tal suma. Así que el rey optó por casarlo con su hija…

Ya en lo que es juego, se consideraba que el ajedrez era una combinación de inteligencia, imaginación y cálculo, siendo la perfecta síntesis entre estas facultades la característica del genio. Pero la progresiva acumulación de conocimientos y teorías sobre estrategia y táctica ajedrecística, fue dando pie con el tiempo a la irrupción también la memoria; no como memoria significativa, indudablemente ligada a las facultades anteriores, sino meramente mecánica, sobre todo en la fase inicial del juego, la apertura. La creatividad y el talento pierden entonces relevancia frente a la memorización y el análisis de aperturas predeterminadas y superestudiadas.

Bobby Fischer en 1960 / Créditos: Bundesarchiv Bild (Wikimedia)

Con ello, quien no conozca lo suficiente de aperturas o guste de jugar las denominadas «inferiores», no tiene nada que hacer. Y desde luego, es más importante no cometer errores que buscar la jugada «genial». Actualmente, más de la mitad de las partidas de ajedrez de torneo acaban en «tablas» -empate-. Y si hablamos de torneos de alto nivel, el porcentaje llega hasta los dos tercios o incluso más. Y esto, innegablemente, le quita glamour.

Fisher era muy consciente de todo esto, no en vano se trataba de uno de los jugadores más geniales de todos los tiempos, si no el que más. Y para devolverle al ajedrez su glamour originario, donde la creatividad y el talento recuperaran su protagonismo frente a la rutina posicional y teórica, propuso el ajedrez aleatorio.

El tablero y las piezas son las mismas. Las reglas también, con la excepción del enroque del rey, que se adecúa al distinto formato. La posición de los peones es la misma, pero el resto de piezas se disponen aleatoriamente. En cada partida, el jugador blanco dispone según su criterio las piezas, con ciertas restricciones –dos piezas idénticas no pueden estar juntas, los alfiles han de tener distinto color, el rey ha de tener una torre en cada flanco…-, y el jugador negro las ha de disponer simétricamente. Toda la teoría de aperturas se va literalmente al garete: hay 960 posibles posiciones iniciales. Los empollones lo tienen mal.

Se han celebrado campeonatos de esta modalidad de ajedrez, y la Federación internacional  -FIDE- dedicó en 2011 un apéndice a sus normas y reglas de juego. Aun así, hoy por hoy, el ajedrez sigue siendo el ajedrez de siempre. Ya veremos en un futuro…

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