Ilustración de Daniel Urrabieta

El curioso impertinente, frente a frente

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Xavier Massó x.masso@catalunyavanguardista.com

Xavier Massó_editedSe trata de una figura ampliamente arraigada en la tradición literaria occidental, y aun en la oriental, cuyas máximas expresiones corrieron a cargo de Boccaccio y de Cervantes. Este último le dedicó los capítulos XXXIII a XXXV de la primera parte del Quijote, a lo largo de las cuales se produce el más que conocido incidente con los cueros de vino.

Como es sabido –transijamos en que sea así- la trama del curioso impertinente consiste en una forma especial de triángulo amoroso, aquella en que el adulterio es el resultado de un forzamiento artificioso del contexto que constituye la realidad. Efectivamente, en el triángulo formado por Anselmo, Camila y Lotario, jamás los dos últimos hubieran incurrido en adulterio de no haber mediado la impertinente curiosidad del primero, obsesionado por unos celos formales que, al final, la falsificación de la realidad acaba convirtiendo en materialmente fundamentados cuando, precisamente, éste abandona toda sospecha de cuernos a la vista de la ficción urdida por los amantes de la cual ha sido testigo.

Del curioso impertinente se pueden, ciertamente, decir muchas cosas. Aquí incidiremos en la porfía obsesiva por emplazar a la condición humana en una situación límite que demuestre, de una vez por todas, su auténtica naturaleza. Anselmo quiere saber si su bella y abnegada esposa, sobre cuya fidelidad material no alberga ninguna sospecha, le sería igualmente fiel de verse sometida a una situación de asedio amoroso a cargo un cortejador avezado y con un marido displicente que la ignora y hasta favorece, auspiciándolo, dicho cortejo. En vano su amigo Lotario intenta disuadirle, con las más variadas y contundentes argumentaciones, del proyecto que le ha encomendado. Anselmo necesita la prueba última y definitiva. Sin ella, siempre le acechará la sombra de la duda, no por lo que su esposa haga, sino por lo que pudiere hacer.

Para el curioso impertinente, la recta moral, o la virtud, puede que se muestre, pero no que se demuestre en sus aspectos cotidianos

Dejaremos a un lado el interesantísimo aspecto psicológico del relato, y nos centraremos, de momento, en su vertiente más filosófica. Para el curioso impertinente, la recta moral, o la virtud, puede que se muestre, pero no que se demuestre en sus aspectos cotidianos, o lo que es lo mismo, en ausencia de tentación y oportunidad, sino en situaciones límite. Como a las que Camila se ve sometida. De ahí podríamos inferir un par de consecuencias antagónicas. La primera, que más a allá de su veracidad, una confesión bajo tortura no tendría ningún valor moral, porque no lo tiene nada que esté forzado por circunstancias adversas o coercitivas; la segunda, que sólo sabremos si verdaderamente somos de naturaleza corrupta o virtuosa cuando nos veamos en una tesitura que, a la tentación y a la oportunidad, añada la garantía de impunidad.

La primera conclusión es sin duda cierta, pero no la segunda, por más que sólo consista en invertir los condicionantes que determinan la decisión de un sujeto. Y no lo es porque al otro lado del espejo, en lo que aquí nos ocupa, no nos encontramos con una modificación por inversión, o por multiplicación por menos uno, de unas circunstancias que concurren con unos valores sub specie aeternitatis, sino, muy al contrario, con una disposición de actitudes, esa sí, simétrica. Porque dichos valores son, como la realidad, contextualmente mutables, y mutatis mutandi constituyen nuestras referencias frente a realidades variables e igualmente contextuales.

El problema, del que ya le advertían al curioso impertinente, no es, por lo tanto, si Camila puede llegar a cometer adulterio en un contexto ad hoc, artificiosamente forzado y donde se den todas las circunstancias favorables, y favorecedoras, para ello; como tampoco lo es como se comportaría cada uno de los individuos que constituimos la sociedad si, un buen día, desapareciera, por ejemplo, la policía.

No. Esto ya lo sabemos. Tanto en el primer supuesto como en el segundo. Y no sólo por un sinnúmero de ejemplos históricos altamente ilustrativos, sino también por los estudios que la psiquiatría social ha llevado a cabo bajo supuestos acaso no tan trascendentes, pero igualmente significativos y concluyentes.

Frente al «curioso impertinente» se erige el «discreto oportunista»

Porque frente al espejo en que se mira el curioso impertinente, no se erige un contexto idéntico al que él supone y en el que la ausencia de condicionantes adversos pondrían definitivamente a prueba la entereza o laxitud moral de Camila, sino su antagonista actitudinal. Su antítesis. Frente al «curioso impertinente» se erige el «discreto oportunista».

El primero quiere llevar las cosas hasta el extremo porque sospecha que la realidad cotidiana es un fingimiento y sólo en situaciones extremas se manifiesta la verdad; una verdad que ignora, pero que quiere conocer en su contumaz porfía. El segundo, en cambio, cree conocer de antemano esa verdad profunda, que niega con igual contumacia, dando por verdad lo que para el otro es fingimiento. Precisamente porque las situaciones límite, en un caso, guste o no la verdad, quieren conocerse, mientras que en el otro, se decide ignorarlas por negación.

No es pues que al otro lado del espejo al que se mira el Dr. Jeckyll se erija Mr. Hyde, ni al revés, como podrían sospechar tanto el uno como el otro. No, el problema no es especular, sino fáustico. El problema es el de la voluntad de conocimiento y los límites (¿morales?) que le imponemos. Uno quiere conocer, a cualquier precio, aunque le duela; el otro, también a cualquier precio, quiere dar por bueno lo que sabe, porque lo contrario le dolería.

Si trasladamos, como hemos intentado hacer, al ámbito del conocimiento el esquema del curioso impertinente -y su antagonista el discreto oportunista-, la verdad es que el planteamiento bajo cobertura moral acaba pareciendo una metáfora. Porque el problema es fáustico, o sea, de conocimiento y de nuestra actitud hacia él. Y de nuestras inseguridades, como las morales, hacia conocer lo que tememos que nos ciegue y, por lo tanto, según nuestra actitud y disposición -¡Ay! la voluntad fichteana…- negar por fingido lo real o negar lo real por fingido.

¿Y en política esto como se explicitaría?