El de Villaviciosa es un ejemplo de lo que se denomina ‘topofilia o toponimia propiciatoria’; es decir, ‘el nombre que se le dio al lugar pretendía resaltar sus virtudes, en este caso su alta producción

Origen y cambio en los topónimos

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¿Por qué Palma de Mallorca ha cambiado de denominación oficial y se llama ahora Palma (a secas)? ¿Por qué hay ciudades o pueblos que cambian de nombre? ¿Qué tipo de topónimo hay detrás del título de una película que está triunfando en las taquillas españolas, ‘Villaviciosa de al Lado’? El profesor de la UAH Jairo Javier García Sánchez explica el origen y los cambios que se producen en algunos nombres de ciudades y pueblos que están de plena actualidad.

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UAH / ¿Palma de Mallorca o Palma? El profesor de la UAH, experto en toponimia, indica que el nombre original, el que pusieron los romanos a la ciudad, es Palma, pero, al igual que ha sucedido en otros muchos casos, para evitar la posible confusión con otras localidades homónimas o de nombre parecido (Palma del Río, Palma de Gandía, Las Palmas de Gran Canaria, La Palma…), se añadió de manera oficial el complemento toponímico ‘de Mallorca’, que situaba inequívocamente la población. ‘Ahora, sin embargo, se recupera el nombre simple –no sin polémica– porque se ha querido retomar el original y porque se considera que la denominación de Palma se basta y se sobra en el ámbito de Baleares, pero incluso también en el nacional e internacional’, señala.

En ocasiones, los cambios de nombres se producen por otras circunstancias, como el hecho de resultar malsonantes y ofensivos a sus habitantes

Sin ir más lejos, Alcalá de Henares incluye ese complemento (‘de Henares’) en su nombre oficial, pero muchas veces pasa a ser simplemente Alcalá en el uso habitual y coloquial, sobre todo dentro de la Comunidad de Madrid. ‘Pero, por ejemplo, en Sevilla, donde tenemos Alcalá de Guadaíra o Alcalá del Río, se haría necesario el complemento alusivo al río Henares para hacer referencia a la ciudad complutense. Es posible también que, en un ámbito europeo o mundial, si se hace referencia a Alcalá sin más, se piense en primer término en la ciudad de Cervantes. Sería, con el permiso de todas las demás, la Alcalá por antonomasia. Con el complemento toponímico se sale siempre de toda duda o ambigüedad’, agrega el profesor.

Caso distinto es el cambio en el nombre oficial de otras ciudades que también cuentan con una lengua propia además del castellano y donde la forma toponímica varía de una lengua a otra, como La Coruña y Orense, que pasaron a ser oficialmente A Coruña y Ourense en gallego, o Lérida y Gerona, oficialmente Lleida y Girona en catalán. O el caso de San Sebastián, que en 1980 pasó a ser Donostia-San Sebastián (con topónimo doble separado por guión, como el actual Vitoria-Gasteiz), y que, más recientemente, en 2012, ha pasado a ser Donostia / San Sebastián, con una barra oblicua que indica que se puede usar como topónimo oficial cualquiera de las dos formas dependiendo de la lengua que se esté empleando. Quizá mucha gente no sepa, por otra parte, que Donostia, aunque parezca un topónimo de origen vasco, tiene su origen en el latín (Dominus Sebastianus).

En otras ocasiones, como señala el profesor de la UAH, los cambios de nombres se producen por otras circunstancias, como el hecho de resultar malsonantes y ofensivos a sus habitantes. Por esa razón la población granadina de Asquerosa pasó a llamarse Valderrubio en 1943, aunque la etimología del topónimo original nada tenía que ver con asco ni asqueroso, pues, de hecho, procedía del árabe. El salmantino Barba del Puerco, junto a la Raya con Portugal, también dejó de llamarse de esa manera para pasar a ser Puerto Seguro; Escarabajosa, en Ávila, se denomina ahora Santa María del Tiétar y, muy recientemente, en 2015, Castrillo Matajudíos, en Burgos, ha pasado a denominarse Castrillo Mota de Judíos. Los ejemplos son muchos y se siguen produciendo.

Jairo Javier García Sánchez / UAH

Jairo Javier García Sánchez / UAH

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Los topónimos, como nombres propios que son, no tienen significado vigente, pero muy a menudo los hablantes se lo dan. Es lo que ocurre con los nombres mencionados y también con Villaviciosa de al Lado, localidad que solo existe en la ficción y que responde al título de una película que triunfa en las taquillas, y de argumento muy relacionado con lo que el adjetivo ‘viciosa’ evoca.

Los topónimos, como nombres propios que son, no tienen significado vigente, pero muy a menudo los hablantes se lo dan

En España sí existen otras Villaviciosas que seguramente habrán servido de inspiración toponímica a los creadores del filme. La más conocida es Villaviciosa, en Asturias; pero también están Villaviciosa de Odón en la Comunidad de Madrid y Villaviciosa de Córdoba en esta provincia andaluza. El adjetivo ‘vicioso, sa’ significa ‘que padece o causa vicio, error o defecto’, ‘entregado a los vicios’, pero, como se ve en el diccionario de la RAE, mantiene todavía, aunque de manera residual, el significado de ‘vigoroso y fuerte, especialmente para producir’, ‘abundante, provisto, deleitoso’, y este es el que explica el topónimo, pues en realidad, Villaviciosa remitiría en origen a una localidad fértil y de producción abundante.

El de Villaviciosa es un ejemplo de lo que se denomina ‘topofilia o toponimia propiciatoria’; es decir, ‘el nombre que se le dio al lugar pretendía resaltar sus virtudes, en este caso su alta producción. Sin embargo, el uso peyorativo del adjetivo ‘vicioso, sa’ finalmente se ha impuesto y prevalece claramente hoy, de manera que lo que en un principio se hizo para resaltar algo bueno, se ha convertido aparentemente en lo contrario. Tanto es así que, al relacionar el topónimo –y con él la población– con el vicio y la perdición, se llegó a proponer incluso cambiar el nombre de alguna de estas Villaviciosas por el de Villavirtuosa, aunque la iniciativa evidentemente no prosperó’, dice el profesor de la UAH.

La fácil evocación de los topónimos provoca con frecuencia su mala interpretación, a veces fundamentada en leyendas

La fácil evocación de los topónimos provoca con frecuencia su mala interpretación, a veces fundamentada en leyendas. El topónimo toledano Oropesa, por ejemplo, por su forma ingenuamente desglosable en ‘Oro y pesa’, se ha llegado a explicar a partir de una leyenda en la que los moros pidieron por el rescate de una doncella cristiana que tenían cautiva, su peso en oro (Oro-pesa). La leyenda caló tanto en esta localidad que hasta en su escudo muestra una doncella sujetando una balanza en recuerdo de tal suceso. Otras versiones más próximas a la realidad apuntan a que el origen real del nombre obedece a un militar griego, de nombre Orópedo Aránculo, que bautizó la ciudad como Oróspeda en el 1716 antes de Cristo.

En definitiva, como señala el profesor Jairo Javier García Sánchez, las causas de los cambios en los topónimos son múltiples y variadas –hay todavía muchas más–,’ pero lo más relevante es que nos permiten entender que los nombres de los lugares importan y mucho, y que, más allá de eso, los topónimos en sí constituyen un ingente y rico patrimonio cultural que merece ser conocido’.

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