Amadeo I de Saboya, un rey olvidado

Amadeo I de Saboya / Wikimedia

El 16 de noviembre de 1870, las Cortes españolas surgidas de la revolución de septiembre de 1868 –La Gloriosa– votaban mayoritariamente el nombramiento como rey de España de Amadeo I de Saboya. Su elección como monarca español fue un éxito personal del entonces presidente del gobierno, el general Prim. Un éxito que le costó la vida un mes y medio después, pocos días antes de la llegada del nuevo rey a Cartagena.

 

CV / No es habitual que un rey sea elegido por votación. Lo había sido en los lejanos tiempos de la Alta Edad Media. Los pueblos germánicos elegían a sus monarcas en una asamblea de notables y trasladaron esta tradición a los reinos que constituyeron en Europa occidental tras la caída del Imperio romano -francos, visigodos, burgundios, anglo-sajones, longobardos…-.

Se trataba en cualquier caso de algo muy distinto y bajo unos parámetros muy diferentes a los que hoy estamos acostumbrados. Dichas monarquías no se constituían sobre una base territorial propiamente dicha, sino fundamentalmente étnica. Así, el rey lo era de los francos o de los visigodos, que ciertamente se asentaban sobre una base territorial, de fronteras cambiantes y efímeras, que solo a medida que se fueron consolidando propiciaron el tránsito a los reinos y monarquías medievales hereditarias propias del feudalismo, ligadas a una base territorial considerada una propiedad familiar o dinástica.

Desde entonces, la monarquía fundó la legitimidad del derecho de transmisión hereditario en su supuesto origen divino, basado en la retroalimentación entre el poder temporal –el rey o el emperador- y el espiritual –la Iglesia-. Así fue hasta la Revolución francesa y la acuñación del concepto moderno de «nación»… Es obvio que a lo largo de tantos siglos las circunstancias bajo las cuales muchos reyes han llegado a ceñir la corona han sido de lo más variado: guerras entre familiares en concurrencia por el mismo «derecho» o entre dinastías por el control de un determinado territorio, conspiraciones, envenenamientos, decapitaciones, excomuniones… De todo hubo, pero siempre, por lo general, a un rey lo deponía o asesinaba siempre un pariente o una facción rival. A Luis XVII, degradado a ciudadano Luis Capeto, en cambio, lo condenó la nación, y nada desde entonces volvió a ser lo mismo.

En el caso español, la Constitución de 1812 vino a ser una suerte de compromiso entre la nueva noción de soberanía nacional y la monarquía de origen divino. El rey no se representaba ya a sí mismo o a su dinastía divina, sin tener que rendir cuentas más que con Dios y en el otro mundo, sino que representaba a la nación, cuya carta magna venía expresada por la constitución. Esto no gustó a los absolutistas y partidarios del origen divino de la monarquía, que se veía rebajada por la «nación», y pasó lo que pasó…

Desde la derogación de la constitución de 1812 por Fernando VII, hasta la Gloriosa de 1868, buena parte de la vida política española estará marcada por la pugna entre la nación y el rey

Desde la derogación de la constitución de 1812 por Fernando VII, hasta la Gloriosa de 1868, buena parte de la vida política española estará marcada por la pugna entre la nación y el rey, con todo su corolario de revoluciones, pronunciamientos, guerras civiles, intervenciones militares extranjeras… y el país se fue quedando al margen de la modernización que se estaba produciendo en la práctica totalidad de naciones europeas que, precisamente por entonces, se estaban configurando como tales.

Con la revolución de 1868 y el derrocamiento del decrépito régimen de la monarquía de Isabel II, pareció que se abrían para España nuevas expectativas. Se promulgaron las libertades democráticas, el sufragio universal –masculino- y hasta se instauró una moneda oficial de curso legal, la peseta –un arrebato de modernidad revolucionaria que indignó a absolutistas, legitimistas, clericales, carlistas y reaccionarios en general-. Y se elaboró una nueva constitución, que fue la de 1869.

Pero quedaba pendiente la forma de estado que se iba a adoptar: monarquía parlamentaria o república. Los republicanos -cuyas cabezas más visibles eran Pi y Margall y Castelar-, eran fuertes, pero muy lejos de ser mayoritarios; los espadones «setembrinos» –Prim, Serrano y Topete- eran monárquicos. Al final, se impuso la monarquía como forma de estado en la constitución de 1869 -la más democrática y avanzada que había tenido España hasta entonces-. Pero ¡ay!, no había rey y muchos codiciaban el puesto.

Uno de ellos era el aristócrata francés Luis María de Orleans, duque de Montpensier, hijo y heredero del destronado rey de Francia Luis Felipe I. Un conspicuo personaje, cuñado de Isabel II, a la cual había contribuido a destronar financiando la revolución. Estaba patológicamente obsesionado con ser rey de España y buscaba partidarios a golpe de talonario, comprando periódicos y voluntades parlamentarias. Multimillonario, se le conocía entre los libreros de Madrid como Monsieur combien y entre los sevillanos como el naranjero, en ambos casos por su tacañería. Otros eran partidarios del relevo hereditario de Isabel II en la persona de su hijo Alfonso –el futuro Alfonso XII-, cuya minoría de edad propiciaría una regencia a la cual también aspiraba Montpensier como plan B… Eso sí, había un «pequeño» problema: Napoleón III no quería ver ni en pintura a un Orleans en el trono de España. Y quien manda, manda.

Finalmente se impusieron las tesis del general Prim, consistentes en buscar un candidato europeo distanciado de los borbones

Finalmente se impusieron las tesis del general Prim, consistentes en buscar un candidato europeo distanciado de los borbones, condición que no cumplían ni Montpensier ni el hijo de Isabel II. El primer candidato que encontró Prim fue Fernando de Coburgo, ex rey consorte de Portugal. Suscitó  un amplio consenso entre toda la familia liberal, porque su hijo y sucesor era el rey Luis I de Portugal, con lo cual el viejo sueño de la Unión Ibérica de los liberales españoles –y de muchos portugueses- sería una realidad. Don Fernando aceptó, pero Gran Bretaña vetó tajantemente la idea, y, una vez más, quien manda, manda.

Otro candidato fue el príncipe prusiano Leopoldo de Hohenzollern, emparentado con la familia real prusiana. A Bismark le agradó la idea y Gran Bretaña pareció aceptarla también. Quien montó en cólera fue Napoleón III, desencadenándose un incidente diplomático que desembocó en la guerra franco-prusiana, cuyo resultado fue la total derrota de Francia, el final del II Imperio francés y el advenimiento del II Reich alemán.

Así las cosas, al final el «elegido» fue el príncipe italiano Amadeo, promovido por Prim y aceptado por las potencias europeas… para despecho de Montpensier y de los republicanos, que se conjuraron para evitar su proclamación. El resultado de la votación en las Cortes del día 16 de noviembre de 1870 fue el siguiente: Amadeo de Saboya 191 votos, República española, 63, el duque de Montpensier, 27, votos en blanco, 19… sin que faltaran para el anecdotario 8 votos para Espartero, 2 para Alfonso de Borbón y 1 para Luisa Fernanda de Borbón, la esposa de Montpensier…  Amadeo I fue proclamado rey constitucional de España.

Puede considerarse una oportunidad perdida para España, una más de tantas. Prim sufrió un atentado el 27 de diciembre siguiente –un mes y medio apenas después- y murió el 30 de este mismo mes a consecuencia de las heridas recibidas. El principal y decisivo apoyo que iba a obtener Amadeo desaparecía con él. Le quedaba Serrano, un hombre conocido por la tibieza de sus lealtades, y un partido progresista dividido por la ruptura entre los dos sucesores de Prim, Ruiz Zorrilla y Sagasta. Y con los republicanos, los montpenserianos, los carlistas y los borbónicos dispuestos a sabotearlo. Pronto estalló la tercera guerra carlista y una nueva insurrección en Cuba…

Amadeo I reinó durante algo más de dos años, siendo en todo momento escrupulosamente respetuoso con la constitución

Amadeo I reinó durante algo más de dos años, siendo en todo momento escrupulosamente respetuoso con la constitución. La situación de caos acabó superándole. Abdicó el 11 de febrero de 1873; este mismo día se proclamó la República. Murió en Turín el 18 de enero de 1890, a los 44 años, como consecuencia de una pulmonía.

Su frase para la historia sobre la realidad española fue “Ah, per Bacco, io non capisco niente. Siamo una gabbia di pazzi”  -¡Por Baco! No entiendo nada, esto es una jaula de locos-. No le faltaba razón. Y tampoco es que la cosa haya cambiado demasiado desde entonces.

 

TAMBIÉN ESTA SEMANA:

Lunes,16 de noviembre de 1870

Las Cortes españolas elegían por votación a Amadeo de Saboya, duque de Aosta e hijo menor de del rey de Italia Víctor Manuel II, como rey de España. Reinó durante algo más de dos años, hasta su abdicación el 11 de febrero de 1873.

Martes, 17 de noviembre de 1855

En la confluencia entre Zambia y Zimbabue, durante una exploración por el río Zambeze, el explorador británico David Livingstone llegaba a las Cataratas Victoria, que bautizó así en homenaje a la soberana del Reino Unido.

Miércoles, 18 de noviembre de 1928

En los EEUU, Walt Disney estrenaba un cortometraje de dibujos animados en que aparecía por primera vez Mickey Mouse.

Jueves, 19 de noviembre de 2002

El Prestige, buque petrolero con bandera de Las Bahamas, se hundía tras partirse en dos durante un temporal frente a las costas de Galicia. El vertido de crudo provocó el mayor desastre ecológico de la historia de España.

Viernes, 20 de noviembre de 1975

Tras una larga enfermedad, fallecía en Madrid el dictador Francisco Franco, que gobernaba el país desde el final de la guerra civil en 1939. Según lo dispuesto, le sucedió en la jefatura del estado el nieto del rey Alfonso XIII, Juan Carlos I, con el cual el país empezó a avanzar hacia la democracia.

Sábado, 21 de noviembre de 1905

Albert Einstein publicaba un artículo en la revista científica alemana  Annalen der Physik en el que establecía la relación entre la energía y la masa de un cuerpo, postulando la forma de la equivalencia entre ambas E=mc2, la popular fórmula de la Teoría de la Relatividad.

Domingo, 22 de noviembre de 1963

El presidente de los Estados Unidos, John Fitzgerald Kennedy era asesinado en Dallas (Texas, EEUU). Había sido elegido en 1960, siendo el presidente más joven de la historia del país. La autoría y la trama que llevó al magnicidio permanecen aún hoy ocultas.

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