Analfabetismo posmoderno

Imagen de Gino Crescoli en Pixabay

Tal vez el currículum líquido que ahora se nos prescribe comporte una disimulada liquidación de los conocimientos. Al rechazar los contenidos estructurados, secuenciados y sistematizados podemos perdernos en el laberinto de las redes. A pesar de tener la sensación de avanzar, en realidad estamos dando rodeos sin llegar a ninguna parte.

 

Josep Oton| Fundación Episteme

Estamos inmersos en un cambio radical en la concepción del sistema educativo. La enseñanza globalizada, competencial y por proyectos está transformando la actividad en el mundo escolar. Quizás se trata de un intento de convertir la escuela en un reflejo de la sociedad.

Indudablemente las nuevas tecnologías son un potente revulsivo educativo. Pero también es cierto que, en su momento, la invención de la escritura, del libro o de la imprenta revolucionaron la manera de gestionar los conocimientos. Aun así, el cambio se produjo en el “cómo” transmitirlos y no tanto en el “qué”, en los contenidos. A pesar de que la técnica aportaba nuevas vías para comunicar lo que se sabía, nadie ponía en entredicho el valor del conocimiento.

Hoy parece que ya no es así y la técnica, en vez de ser una aliada del saber, se puede convertir en una trampa si acaba siendo un fin en sí misma. Por supuesto, las herramientas no tienen la culpa, sino la manera cómo son utilizadas.

El auténtico debate no es tecnología sí o no. La nostalgia de un paraíso pretecnológico es una aberración. Sin embargo, hay que tener en cuenta que el desarrollo técnico coincide con un cambio de mentalidad conocido como pensamiento débil o posmoderno. Podríamos discutir qué es causa y qué es consecuencia, pero seguramente no llegaríamos a ninguna parte.

El problema radica en una concepción líquida del conocimiento. Entonces, el orden, la estructura, pierde importancia. Es difícil no dejarse seducir por las redes. Rompen la rígida compartimentación del saber. Nos imbuyen de la sensación de tener a nuestro alcance toda la información. Dedicando un poco de nuestro tiempo nos convertimos en expertos en un tema. Basta con unas cuantas consultas en internet…

En el aula, se fragmentan los contenidos y se reagrupan en nuevas combinaciones teóricamente más creativas. Al fin y al cabo, se deconstruye el conocimiento. Se intenta despojarlo del orden lógico de las disciplinas académicas y se renuncia a la secuenciación que dosifica su asimilación. Hay que partir del aquí y del ahora, de las necesidades inmediatas, de los intereses personales.

El individuo -el alumno- se erige en el gran gestor de la información. La opinión personal -en ocasiones denominada “espíritu crítico”- se convierte en el referente esencial, en el criterio de veracidad. Entonces, la objetividad del conocimiento se puede presentar como un enemigo de la libertad y, en consecuencia, se acaba confundiendo el subjetivismo con el verdadero anhelo emancipador. El capricho, la motivación o la curiosidad asumen la dirección del aprendizaje.

En una actitud adolescente, se desconfía de lo que nos viene dado y aprender se convierte en una especie de aventura, una búsqueda constante de novedades, que procura deshacerse de unos referentes previos con aspiraciones de objetividad.

No se puede, ni mucho menos, desdeñar la creatividad. Aun así, tan solo es una pieza más en el entramado mental que conduce a la adquisición y acumulación de conocimientos. Si bien conviene incentivar la investigación, no se puede partir de cero. Hay que tener presente el estado de la cuestión, es decir, qué se ha descubierto previamente.

Tal vez el currículum líquido que ahora se nos prescribe comporte una disimulada liquidación de los conocimientos. Al rechazar los contenidos estructurados, secuenciados y sistematizados podemos perdernos en el laberinto de las redes. A pesar de tener la sensación de avanzar, en realidad estamos dando rodeos sin llegar a ninguna parte.

Empeñados en hacer algo original, obviamos las aportaciones de los otros. Obcecados por el afán de ser competitivos, buscamos la autosuficiencia. Entonces, la autonomía puede ser un espejismo narcisista.

Vivimos en una sociedad posmoderna, lo cual no sería posible sin las aportaciones de la modernidad. Sin su legado, hoy no podríamos decidir qué queremos hacer. Ahora bien, si privamos a las nuevas generaciones de la herencia cultural que les corresponde, ¿dispondrán de los conocimientos necesarios para decidir libremente en qué sociedad quieren vivir? O, ¿los hemos encerrado sutilmente en un laberinto de saberes líquidos prescindiendo del hilo de Ariadna, un criterio de ordenación?

Pensemos que un analfabeto no es tanto quien no conoce las letras, sino quien ignora el orden que les confiere un significado.

___

Josep Oton es catedrático de Historia y secretario de la Fundación Episteme.

Dejar comentario

Deja tu comentario
Pon tu nombre aquí

Ver más

  • Responsable: Eva Serra Sánchez.
  • Finalidad:  Moderar los comentarios.
  • Legitimación:  Por consentimiento del interesado.
  • Destinatarios y encargados de tratamiento:  No se ceden o comunican datos a terceros para prestar este servicio. El Titular ha contratado los servicios de alojamiento web a Nominalia que actúa como encargado de tratamiento.
  • Derechos: Acceder, rectificar y suprimir los datos.
  • Información Adicional: Puede consultar la información detallada en la Política de Privacidad.