Analizan la mezcla entre ficción y documental en películas y series

El sistemático recurso a los “hechos” y a las “historias reales” genera una falsa sensación de transparencia / UC3M

La hibridación entre los discursos documental y ficcional ha adoptado en los últimos tiempos formas muy específicas con claras implicaciones políticas y culturales. La continua apelación a los “hechos reales” en la producción audiovisual de ficción va más allá de una mera estrategia para dotar de mayor verosimilitud a la historia que se cuenta. 

 

UC3M / El sistemático recurso a los “hechos” y a las “historias reales” genera una falsa sensación de transparencia y una reducción del potencial artístico, político y reflexivo de la ficción al convertirla en mera “constatadora” de unos hechos desproblematizados y que se dan por descontado (obviamente, detrás de esos supuestos “hechos” se ocultan discursos muy concretos y con sesgos potentes).

Ese giro dogmático de la ficción está relacionado con una progresiva restricción y enrarecimiento de los modos de contar y representar disfrazada de diversidad audiovisual que caracteriza el entorno digital multiplataforma. Estas son algunas de las conclusiones de un estudio de la profesora de la Universidad Carlos III de Madrid (UC3M) Pilar Carrera que analiza la proliferación de recursos paradocumentales en la ficción audiovisual.

“La diferencia no está en el contenido referencial sino en la posición del espectador en el proceso de interpretación”, señala Pilar Carrera

Documental y ficción no son discursos antitéticos (algo que la oposición “ficción” / “no ficción” insinúa) que se diferenciarían por su vínculo con las categorías de “realidad” o “verdad”. En realidad, en ambos casos se trata de construcciones narrativas cuya diferencia esencial radica en los modos de recepción que activan o inducen. Es decir, si una película de ficción se presenta como un documental, se interpreta como tal.

“La diferencia no está en el contenido referencial sino en la posición del espectador en el proceso de interpretación”, señala Pilar Carrera, que ha publicado recientemente en la revista Studies in Documentary Film un trabajo sobre “la inscripción documental en la ficción fílmica”. La proliferante “ideología de la transparencia” en el contexto del discurso mediático y audiovisual es, según la investigadora, “uno de los mayores peligros a los que se enfrentan las democracias en la actualidad”. Esto prepara el terreno para una relación dogmática con todo el ámbito discursivo, de tal manera que las denominadas “pruebas factuales”, construcciones discursivas e ideológicas ellas mismas, pueden llegar a convertirse en las únicas aceptadas por el público como piedra de toque de la verdad.

“Pruebas factuales”, construcciones discursivas e ideológicas ellas mismas, pueden llegar a convertirse en las únicas aceptadas por el público como piedra de toque de la verdad

Todo esto se produce a través de un doble movimiento, según este trabajo. Por un lado, asumiendo que el documental debe ser un fiel reflejo de la realidad, cuando en realidad se trata de una narrativa con un enfoque determinado. Y, por otro lado, cuando se extrapola esa supuesta veracidad, tratando de dotar y respaldar con el ‘efecto de verdad’ de la narrativa documental las ficciones que emplean fórmulas documentales como las mencionadas. De esta manera, se busca blindar el discurso frente a toda crítica a través de un supuesto efecto de referencialidad, aludiendo  a unos hechos supuestamente objetivos que precederían al discurso, cuando, en realidad, el efecto de verdad que incorporan es fruto de una operación discursiva, y no a la inversa: “El discurso de la ficción trataría de desplegar un realismo basado en hechos que se convertiría en la justificación de cierto status quo, en lugar de defender el potencial crítico y subversivo de la ficción”, indica Pilar Carrera.

Sin embargo, esta forma dogmática de realismo no es la única posible. Constata la autora que siempre ha habido lugar para “un realismo radical, antidogmático que cuestione política y artísticamente las narrativas institucionalizadas dominantes”. De hecho, existen muchos antecedentes de documentales que han profundizado en este tema a través de la escenificación discursiva de los efectos de la verdad y el mito de la ‘realidad objetiva”, como Tierra sin pan (1933) de Luis Buñuel, Noche y niebla (1956) de Alain Resnais; Fata Morgana (1971) de Werner Herzog, Met Dieric Bouts (1975) de André Delvaux, Una historia sucia (1977) de Jean Eustache o Arabescos sobre el tema de Pirosmani (1985) de Sergei Parajanov, entre otros.

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