¡Aquí se juega! (O la guerra de los masters)

“Sus ganancias de hoy en la ruleta, señor”. “Muy bien”, replica impertérrito el capitán Renault en Casablanca

El gran Claude Rains, interpretando en ‘Casablanca’ a un gendarme colaboracionista y corrupto hasta las trancas, se ve obligado a dar el do de pecho cuando un grupo de clientes del Rick’s Café rompe a cantar la Marsellesa en presencia de unos enviados alemanes. Ordena entonces clausurar el local alegando enfáticamente que “¡Aquí se juega!”. Mientras el respetable está todavía desalojando, se acerca un camarero con un sobre: “Sus ganancias de hoy en la ruleta, señor”. “Muy bien”, replica impertérrito el capitán Renault.

 

Xavier Massó | Catvan

Hay ocasiones en que la realidad supera ampliamente a la ficción. Tanto que hasta alguien como Renault parece adquirir con su grotesca altivez semblanzas de héroe moral. Sin duda una ilusión debida a que los actores reales son simples aficionados y, careciendo de dotes interpretativas, resultan paradójicamente mucho más histriónicos. Hace falta ser un actor muy profesional para encajar el soborno por jugar en ruletas prohibidas y trucadas, a la vez que se clausura el local como autoridad competente al haber «descubierto» que allí se jugaba.

Lo verdaderamente significativo son los aspavientos airados, los gritos de los beocios que piden sus cabezas

Hace falta sin duda un «máster» universitario… Pero uno de los buenos, no de los que hoy en día son objeto de polémica por la reprobable actuación de unos políticos muy poco aplicados, y la de los responsables del máster. Van por ahora tres, dos se han llevado por delante sendas carreras políticas, y la de un tercero que se resiste está seriamente amenazada. Porque todo esto suena a moralina neovictoriana con aderezos espartanos: no está prohibido robar, lo que está prohibido es que te cacen robando, por imbécil.

No está prohibido robar, lo que está prohibido es que te cacen robando, por imbécil

Y es que lo importante de todo este culebrón de los másteres de los políticos no son las caras de huevo o de francachela con que, según el caso, los pésimos histriones afectados se defienden malamente. No. Lo verdaderamente significativo son los aspavientos airados, los gritos de los beocios que piden sus cabezas, escandalizados por haber descubierto que «allí se juega». Y es que lo de algunos «Masters»o «Tesis» solo no es de dominio público para quien no quiera saberlo. Como las radios que en tantas comisarías ponían en otros tiempos la música a todo volumen para que no se oyeran los alaridos de los torturados y, ingenuos algunos, o cínicos, decían pensar: “Vaya, el comisario es melómano”.

Porque, a ver, nadie en sus cabales que esté mínimamente al corriente del funcionamiento las taifas universitarias españolas debería escandalizarse lo más mínimo de los estropicios académicos en que por allí se incurre con total impunidad. Y no me estoy refiriendo a los másteres serios, que los hay. Exactamente igual que no toda la Universidad es así. Pero hay algo que, más allá de la polémica actual, debería inducirnos a pensar, aunque solo fuera un poco, en algo por otro lado evidente: la inconfesada finalidad meramente recaudatoria de algunos másteres, promovidos, además, por facultades artificiosamente hipertrofiadas. Veamos.

¿Hay entre estos másteres objeto de polémica alguno sobre física teórica, lenguas semíticas, filosofía fenomenológica o ingeniería de estructuras?

¿Hay entre estos másteres objeto de polémica alguno sobre física teórica, lenguas semíticas, filosofía fenomenológica o ingeniería de estructuras? No, claro que no. ¿Y por qué? Pues porque para cursarlos, éstos u otros análogos en cualquier especialidad, se requiere de una formación previa, generalmente acreditada por una licenciatura o grado de especialidad afín, sin la cual allí uno no tiene nada que hacer, excepto contar moscas. Y si resulta que para cursar un máster no se requiere esta previa formación, o se dice que basta con cualquier licenciatura o grado, entonces es que no es un máster, sino otra cosa a la cual se ha convenido en llamar también máster; para despistar y para cobrar.

Insistimos, no toda la Universidad es así. Pero,  parafraseando a Groucho Marx, nadie debería apuntarse a un máster que pueda superar sin esfuerzo. Pero de noche todos los gatos son pardos y hay facultades que desde hace tiempo están dando gato por liebre -no solo en sus másteres-. Y entonces aflora un sistema nepótico y simónico investido de impunidad. Con sus inevitables complicidades. Y los políticos, como la carne de la cual como humanos están hechos, son también débiles. Y ya se sabe. Quieren aparentar una formación de la que carecen y que, además, saben que allí no recibirán -como mínimo algo saben-. Luego, ocurre con estos nivelazos lo que a aquel político en activo que, después de jactarse públicamente de que Kant era para él un referente, tuvo que reconocer, ante las preguntas de la audiencia, que no había leído nada de él. Ni siquiera supo citar una sola obra suya. Mejor no decir nombres…

¿Hay alguien tan inocente para pensar que los únicos que plagian son los políticos?

Porque, de qué nos estamos quejando. ¿De qué se les apruebe sin presentarse? Muy bien. Pero si al cabo resulta que en estos másteres solo con pagar y más o menos asistir te aprueban con un trabajito con textos bajados de internet ¿Entonces qué? ¿O hay alguien tan inocente para pensar que los únicos que plagian son los políticos? Seamos claros, tanta indignación es, o simplemente alevosa, o ignorancia culpable. Porque desde el despropósito de los acuerdos de Bolonia, los «másteres» de según qué carreras están pensados para eso. ¿Que se regalan aprobados? Claro que sí, como en la ESO, en la FP o en el Bachillerato. Hay en estos niveles alumnos aprobados por la dirección sin haber asistido a clase ni a los exámenes. Y cuando no es la dirección del centro, es la inspección educativa, siempre atenta al porcentaje de aprobados «umbral» que acreditará su buena gestión. O las protestas de los padres… Todo esto cuando no es la junta de evaluación la decide aprobar por votación a un alumno reprobando al profesor, sin que los votantes tengan, en la inmensa mayoría de casos, la menor idea sobre la materia que están votando aprobar ni, por supuesto, de los conocimientos del alumno sobre ella. Si en los estratos académicos inferiores es así ¿qué esperamos de los superiores, de la Universidad?

¿Que se regalan aprobados? Claro que sí, como en la ESO, en la FP o en el Bachillerato

Lo que habría que abordar en realidad es por qué la aplicación de los acuerdos de Bolonia se realizó en dirección académica contraria a los mismos acuerdos que se invocaban. O por qué se regalan aprobados por cuotas en Primaria y en Secundaria. De verdad ¿Cómo esperamos que funcionen luego los usuarios del sistema educativo cuando acceden a la Universidad, aunque sean políticos?

Enternecen, y estremecen, la verdad, las invectivas que estos días algunos dilectos parlamentarios están evacuando demagógicamente sobre el tema de los másteres. Y enternecen a la vez que estremecen, por su zafiedad. Menos hipocresía de sepulcros blanqueados y vayamos al grano. O esto, o asumamos el esperpento y, como mínimo, aprendamos a actuar como Claude Rains. Y eso sí, el último que apague la luz.

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