¿Autoridad o autoritarismo docente?

Imagen de Hanna Kovalchuk en Pixabay

He visto muchos docentes que ante la agresión de un alumno, se amilanan o se ponen histéricos, pero que luego no se atreven a sancionar. Lo flagrante es que esto no resulta ocasional, es muy general.

 

David Rabadà | Catalunya Vanguardista @DAVIDRABADA

Escribía el profesor Joan Frigola para El Periódico:

<< La agresividad, sea latente o explícita; verbal, emocional o física; de baja o alta intensidad, se está instalando en el sistema educativo […] y lo que molesta a la Administración no es que haya conflictos (ella es especialista en crearlos), sino que se aireen >>

Y eso es lo que ocurre, que a menudo los dirigentes quitan importancia al asunto. A finales del 2006 la Conselleria d’Educació de la Generalitat de Catalunya hizo público un comunicado en que tras calificar los ataques que reciben los profesores como un hecho muy grave, sólo se trataba de casos aislados que no eran generalizables a todo el sistema escolar. El propio conseller de entonces, Joan Manuel del Pozo, sugirió que para evitar mayor algarabía:

<< No se creara más alarma de la que realmente estuviera justificada >>

En la encuesta sobre juventud y seguridad en Cataluña del 2001, el 20,8 por ciento de los alumnos reconocía haber gritado a sus profesores, el 12 por ciento haberles insultado y el 1,2 por ciento haberles agredido físicamente

Pero de hecho, estas opiniones no casaron con los estudios que ellos mismos habían ordenado cinco años antes. En la encuesta sobre juventud y seguridad en Cataluña del 2001, el 20,8 por ciento de los alumnos reconocía haber gritado a sus profesores, el 12 por ciento haberles insultado y el 1,2 por ciento haberles agredido físicamente. Es decir, que las provocaciones por parte de los escolares hacia los docentes, y doy fe, son pan de cada día. Puesto que las palabras orden, autoridad y disciplina causan frecuentemente miedo en la legislación educativa, cabe preguntarse, ¿qué podemos hacer los educadores frente a estas situaciones? Pues denunciar.

Pero la presión de algunas direcciones para no ver mancillado su centro, más el miedo que los docentes sentimos a represalias fuera del instituto, imponen no cursar la ley. Cabe recordar que ésta está de nuestra parte. En noviembre de 2006, y ante un gran cúmulo de quejas por parte de maestros y profesores, el Fiscal Jefe del Tribunal Superior de Justicia de Cataluña, José María Mena, ordenó a los fiscales que endurecieran la protección penal de los educadores tipificando como atentado las agresiones a los profesionales de la enseñanza. De hecho éstos realizaban una función de interés social como es la educación. Tal delito conlleva penas de dos a cuatro años de cárcel. Pero las asociaciones de Jueces de Cataluña calificaron de forzado, cuestionable y de difícil aplicación tal medida. Decían que debía considerarse como un mensaje de llamada de atención, un aviso a los posibles agresores.

Hay que evitar caer en la provocación del díscolo y no enfrentarse a su agresión. Mostrar un enfado excesivo y ponerse histérico ante un adolescente es un error

Ante las paradojas anteriores, lo más inteligente para los docentes son más las actuaciones preventivas que las legislativas. Es decir, hay que evitar caer en la provocación del díscolo y no enfrentarse a su agresión. Mostrar un enfado excesivo y ponerse histérico ante un adolescente es un error, él logra su objetivo, crispar, y yo pierdo el mío, educar. Es más, si me encaro con excesivo enfado, le estoy provocando y eso puede terminar en agresión.

Recuerdo un alumno mío en Santa Coloma de Gramanet que perdió los estribos en clase. Su familia había ganado mucho dinero de golpe con un boleto de lotería. Por ello el chaval tenía de todo sin valores bien orientados. Hasta cierto punto no era culpa suya lo que le ocurrió. Además era mi primer año de profesor y yo andaba corto de buenas estratagemas. Pues bien, el zagal se negó a callar en clase y la cosa se fue calentando hasta que nos encontramos de pie uno frente al otro. Los gritos llamaron la atención de Antonio, el jardinero del centro, y este vino a ver qué pasaba. En eso que el adolescente me levantó la mano para proferirme un puñetazo y yo, joven y de buenos reflejos, le bloqueé el impacto con mi antebrazo y con intenciones de atestarle uno de igual con mi otro brazo. Por suerte Antonio me gritó.

– David, ¿qué haces? No hundas tu carrera. No hundas tu carrera.

Y buen favor me hizo aquel buen hombre ya que detuve la tentación y hoy en día sigo como profesor. Muchas gracias Antonio, estés donde estés.

Ante las provocaciones mejor ser pared que no pincha que barricada con alambres. Un proverbio chino ora que cuando el vendaval ruge el árbol se quiebra pero el junco sobrevive

Pero entonces, ¿qué hacer si ves acercarse la agresión? Pues, y hoy en día, suelo escuchar el primer lance verbal, bajo los brazos y se lo devuelvo sin ira alguna. Sin con ello logro desconcertarle ya he ganado mucho para el resto de mis alumnos. En definitiva, ante las provocaciones mejor ser pared que no pincha que barricada con alambres. Un proverbio chino ora que cuando el vendaval ruge el árbol se quiebra pero el junco sobrevive. Veamos ahora un ejemplo sin dar caña de ser caña.

– Oiga profe – me profirió un alumno en clase de tecnología -, ¿para que sirve mi poll*?

– Con ese lenguaje – le sonreí – y sin delicadeza por tu parte, para algo que las chicas dejarán que te hagas tú solo – el grupo se rió y el provocador se frustró.

– ¿Sabes? Creo que me estás rallando, tío – levantándose del pupitre.

– Lo siento, ¿pero crees realmente que yo soy tu tío o tú un DVD? Por favor, siéntate y déjame dar clase a los demás.

– Ala tío, cómo te pasas – contestó con cierta simpatía.

– Y ahora, por favor ¿me vas a dejar dar la clase? – nadie más intervino y el provocador se sentó – Pues prosigamos.

El caso anterior, real en sus palabras, muestra en cierto modo que una vez robado con simpatía el protagonismo del agresor, éste suele ceder en su intención, he dicho suele. La desgracia llega cuando el alumno anómalo perpetra el insulto, la amenaza y la agresión física al profesor. Bajo tal presión poco podemos hacer. Dirá algún experto que hay que aplicar la teoría de moda, la resolución de conflictos a través de un buen conocimiento de educación emocional, pero esa terapia resulta a menudo un pacto de buenas intenciones sin que nadie sepa cómo evitar los golpes a profesores. Y recuerdo muy claramente un día que un adolescente me propinó una patada en la espinilla. Más tarde, y menos dolorido, escribí lo siguiente.

<< Si no puedo solucionar la violencia de un solo individuo, tampoco podré atender a la mayoría. Mejor intento atender a la mayoría y no entro al trapo del provocador >>

Es decir, si un único alumno centra mi atención poco asistiré a los demás. Pero, ¿qué postula la educación emocional para resolver el problema? Pues aconseja que en el aula se motive al agresor, que se practique la empatía con él, que se comprenda su sensibilidad, que se le enseñe a controlar sus emociones, que se eleve su autoestima y finalmente que se promueva su interacción con los demás. Y eso intento. Por suerte, y en noviembre del 2006, llegó otra componenda para tratar los casos de alumnos provocadores.

Pero, ¿qué postula la educación emocional para resolver el problema? Pues aconseja que en el aula se motive al agresor, que se practique la empatía con él…

Auxiliadora Javaloyes, directora del Area de Hospitalización del Adolescente de la Clínica Mediterránea de Neurociencias (CMN), propuso que ante el primer síntoma que indique que estamos frente a un menor violento, hay que pedir ayuda al médico. Siempre se ha dicho que es mejor prevenir que curar. Aunque, y muy a menudo, si se fue demasiado permisivo con el infante se le animó a desarrollar sus exigencias por encima de sus adultos. Al llegar a la adolescencia, con dieciséis años de rebeldía y metro ochenta de altura, no hay quien lo pare, ni el doctor House.

En cierto modo para ganarse a los díscolos, y antes que te sacudan, resulta útil provocar su conversación para entablar puentes de confianza. Durante el diálogo es importante analizar sus emociones y no censurarlas, a lo sumo acompañarlas con frases como, “así que lo pasas mal en clase”, o “es normal sentirse así”. Hay que informar objetivamente al alumno de su situación para proponerle qué podría hacer para resolver el problema, y luego a ver qué contesta. A veces, pocas, ellos mismos proponen vías muy sagaces y prácticas. Otras, los docentes fracasamos y caemos en un perfil nada resolutivo, el docente imponente. Este será el próximo tema a analizar.

Este artículo forma parte de una serie titulada “Fracaso escolar o fracaso político“, a cargo de nuestro colaborador, David Rabadà.

Entrega anterior: Los malos profesores (35)

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