Batalla de Salamina

La batalla de Salamina, óleo sobre tela pintado en 1868 por Wilhelm von Kaulbach / Wikimedia

Tal día como hoy… 29 de septiembre del año 480 aC tuvo lugar la batalla de Salamina

 

El 29 de septiembre del año 480 aC, durante la II Guerra Médica, tuvo lugar la batalla de Salamina entre las flotas ateniense y persa. Un combate que, junto al del año siguiente en Platea, decidió, según muchos historiadores, el curso posterior de la historia de Europa.

 

CV / Las guerras Médicas enfrentaron a las polis griegas con el poderosísimo Imperio Persa de los Aqueménidas. Tras la constitución del Imperio Persa con Ciro el Grande en el siglo VI aC, sus sucesores siguieron extendiendo sus dominios, sometiendo a las ciudades griegas de Asia Menor. Atenas envió una pequeña expedición en su ayuda, que fracasó. Como castigo, el emperador Darío I decidió desembarcar un ejército en Grecia. En la batalla de Maratón,  490 aC, los atenienses de Milcíades derrotaron a un muy superior ejército invasor. Darío, ocupado en otros asuntos, se olvidó de aquellos diminutos y molestos enemigos.

Con un ejército que Heródoto cifró en un millón y medio de soldados y una flota de 5.000 naves (exageradamente), el emperador persa inició la invasión de Grecia

Pero su hijo y sucesor, Jerjes, decidió tomarse la revancha. Fue la II Guerra Médica. En este caso, la práctica totalidad de polis griegas se unieron contra los invasores persas. Con un ejército que Heródoto cifró en un millón y medio de soldados y una flota de 5.000 naves, el emperador persa inició la invasión de Grecia. Las cifras dadas por Heródoto son ciertamente exageradas, pero no cabe duda de que se trataba de una fuerza -acaso de 150.000 o 200.000 soldados y entre 600 y 1000 naves- muy superior a lo que toda Grecia junta estaba en condiciones de oponer.

Con un improvisado puente de barcazas, Jerjes cruzó con su ejército el Helesponto -actuales Dardanelos-, sometió Tracia cerrando un pacto con el rey de Macedonia, y cayó sobre Grecia. En el estrecho de las Termópilas aplastó a los espartanos de Leónidas, a la vez que su flota puso en fuga a la ateniense en Artemisio, invadiendo el Ática. El oráculo de Delfos, consultado urgentemente por los aterrorizados atenienses, anunció que la ciudad se salvaría tras un muro de madera.

Muchos propusieron entonces construir una muralla de madera. Fue una suerte que Temístocles les convenciera de que, en realidad, el muro de madera citado por el oráculo era una metáfora del poder naval ateniense: su flota. Y consiguió convencer a los superticiosos atenienses de que lo mejor que podían hacer era evacuar la ciudad con sus barcos y trasladarse a la cercana isla de Salamina, frente a Eleusis, no muy lejos del Pireo. Justo a tiempo, los últimos evacuados pudieron ver cómo Jerjes entraba en Atenas y saqueaba la ciudad y destruía la acrópolis.

Fotografía de satélite de la isla de Salamina y los estrechos en que se libró la batalla. / Wikimedia

En realidad, lo del poderío marítimo ateniense era más que relativo. Los persas eran de interior y, como tales, nada marineros, pero sus barcos estaban tripulados por fenicios y griegos de Asia Menor, marinos natos. Y no solo eran técnicamente superiories, sino mucho más numerosos. Temístocles tenía dos opciones. La primera, evacuar Salamina y refugiarse detrás de la muralla que los espartanos estaban construyendo a toda prisa en el istmo del Peloponeso. La segunda, presentar batalla naval en los angostos pasos de Salamina, confiando en que la aglomeración de barcos persas les facilitara la tarea, y aprovechando que la condición de mercenarios de las huestes persas provocaría el caos a las primeras embestidas exitosas de los griegos.

Los atenienses y sus aliados reunieron una flota de unas 350 naves. La flota persa contaba, según las estimaciones actuales, con unas ochocientas

Optó por presentar batalla, eso sí. utilizando previamente lo que hoy llamaríamos técnicas de desinformación del enemigo. Envió a un supuesto desertor que le hizo creer a Jerjes que Temístocles estaba dispuesto a rendirse, y que lo único que tenía que hacer era bloquear los estrechos para evitar que los partidarios de proseguir la lucha evacuaran para reunirse con los espartanos. Sus asesores, el general persa Mardonio y la guerrera griega Artemisía de Caro, reina de Halicarnaso y aliada de Jerjes -una suerte de reencarnación de las legendarias amazonas-, le aconsejaron esperar. Pero Jerjes mordió el anzuelo y ordeno atacar los estrechos. Fue su perdición.

Los atenienses y sus aliados reunieron una flota de unas 350 naves. La flota persa contaba, según las estimaciones actuales, con unas ochocientas -Heródoto nos habla de 1200-. Sin poder maniobrar, el pánico y el desconcierto cundieron en la flota persa, que perdió más o menos un tercio de sus barcos, por cuarenta los griegos.

Grecia se había salvado e iniciaba su edad de oro

Solo, según la leyenda, se mantuvo firme Artemisía con sus cinco naves. Jerjes, que observó la batalla desde un trono de piedra tallado al efecto en el monte Aigaleo, que aun hoy puede distinguirse, exclamó: “Hoy los hombres se me han vuelto mujeres y las mujeres, hombres“. Y ordenó la retirada. Retiró tambien la mitad del ejército que ocupaba Grecia -que no podía mantener de tan numeroso- dejando a Mardonio al mando, y partió de regreso a Persia.

Al año siguiente los espartanos al mando de Pausanias, al frente de un ejército griego de 10.000 hoplitas, derrotaban a 90.000 persas en Platea. Grecia se había salvado e iniciaba su edad de oro.

Dejar comentario

Deja tu comentario
Pon tu nombre aquí