Cataluña: alumnos sin notas

ARTÍCULO DE OPINIÓN

La evaluación anumérica y el «Titanic» educativo

¿Se trata de que los de tercera clase no sepan que no hay botes salvavidas para ellos?

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Los eximios expertos educativos del Departament d’Ensenyament de la Generalitat de Catalunya han decidido suprimir las notas numéricas en la evaluación de los alumnos. A partir de ahora, evaluación cualitativa, dicen. Podría pensarse que se trata de la medida de un nuevo equipo que llega con la ilusión de aportar novedades inéditas al sistema educativo catalán con el noble afán de mejorarlo. Pero no. Es una idea recurrente, que ya se ha aplicado, igual de novedosamente, en innúmeras ocasiones anteriores, y con idénticos malos resultados. Tampoco es que sus adalides sean precisamente nuevos: están muy vistos. Aparecen, desaparecen y reaparecen fatalmente con una tenacidad que ni el Guadiana. En realidad nunca se fueron. Y así nos va…

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Xavier Massó /  Catalunya Vanguardista

A partir de ahora, las notas obtenidas por cualquier alumno no consistirán en un número, sino en una serie de ramplonas locuciones que me resisto a reproducir aquí. El objetivo final, sin la menor duda, es que apruebe todo el mundo. Muy bien, pues que lo digan y punto. Pero basta ya de dar gato por liebre.

Es muy posible que la frialdad numérica no sea capaz de reflejar en el guarismo la extraordinaria complejidad de emociones, horas de estudio, actitudes, aptitudes, voliciones e inhibiciones que, sin duda, están involucradas en una nota final. Pero aporta la información deseada con una precisión que nunca podrán alcanzar las buenas ni las malas palabras. Huir de los números es rechazar la información que nos aportan. Claro que a lo peor es porque esta información no nos gusta, y resulta más cómodo eludirla instalándonos en la imprecisión constitutiva de la jerga propia de los discursos vacíos.

Porque si bien es verdad que el número deja de lado lo cualitativo, no lo es menos que en ciertos campos la precisión cuantitativa que les es exclusiva resulta muy de agradecer, precisamente por la acaso «raquítica», pero significativa y decisiva información que nos aporta. Una nota de 5 sobre 10, por ejemplo, es susceptible de muchos predicados. Puede ser un 5 «injusto», o hasta «muy injusto», o todo lo contrario. Puede ser también un 5 trabajado y obtenido a base de codos y sudor, o el resultado de no haber querido esforzarse más… en fin. Pero el problema es que, por regla general, ninguno de estos predicados añade nada al número, sino, en todo caso, a las circunstancias que concurren en él. Que pueden ser muy interesantes, pero es otro tipo de información que nos aparta de lo que queríamos saber: el nivel de pericia de alguien en algo; en definitiva, si sabe o no suficientes matemáticas.

Además, nos guste o no, los números forman parte de nuestra vida y hay cosas que nada las puede expresar como ellos. Imaginemos que al ir a comprar un coche nos dijeran que gasta «poca» gasolina, que tiene «bastante» potencia, que lo hemos de llevar a revisión «de tanto en tanto» y que está a «muy buen precio». ¿Compraríamos el coche con tan cualitativa información?

Imaginemos que al ir a comprar un coche nos dijeran que gasta «poca» gasolina, que tiene «bastante» potencia, que lo hemos de llevar a revisión «de tanto en tanto» y que está a «muy buen precio»

Por lo mismo, los ascensores tienen un límite numérico de peso con el que pueden cargar, generalmente expresado en kilogramos. Y también acostumbran a indicar un máximo número de personas a partir de la (a veces incierta) media estadística del peso humano; es para que nos hagamos una idea orientativa y no siga entrando gente. ¿Qué pensaríamos de un ascensor cuyo límite de carga indicado fuera «no más kilos de los razonable» o «aquí no cabe todo el mundo»? ¿No pensaríamos que nos están tomando el pelo?

Igualmente, un barco es capaz de desplazar una determinada cantidad de carga que se expresa con un número que refiere a una magnitud en unidades homologadas, para que todos nos entendamos. Y esto es una información absolutamente independiente del horario laboral de sus tripulantes y del nivel de satisfacción de los pasajeros durante el crucero. Y los botes salvavidas han de poder acoger al mismo número de personas que viajan a bordo. No basta con «unos cuantos». Porque entonces resulta que estaríamos en el «Titanic», y en tercera clase; que es exactamente dónde estamos educativamente.

¿Por qué, entonces, si los números son un referente ineludible para tantas cosas, la evaluación que se propone en Cataluña será, en cambio, anumérica? ¿No será que solo interesa entretener al personal con naderías y se pretende ocultar la información numérica relevante? Y es que además, si no se nos permite saber el nivel de un alumno en matemáticas, tampoco podremos ponerle remedio si resultara ser bajo, porque lo desconoceremos. ¿Es esto lo que se pretende? ¿Que los de tercera clase no sepan que no hay botes salvavidas para ellos?

Con según qué cosas, y la educación es una de ellas, jugar al aprendiz de brujo o a viejo rockero no es solo un síntoma de inmadurez, es una irresponsabilidad culpable.

Por cierto, los informes sobre los resultados de las pruebas PISA son numéricos. Al parecer, seguimos homologándonos… solo que no se sabe con quién.

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