Cataluña y “los otros”

“Som una nació. Nosaltres decidim” (Cataluña, 2010) / Imagen: Wikipedia

 

El señuelo nacionalista: la foto fija

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Xavier Massó_editedX.M / x.masso@catalunyavanguardista.com

Sin que por ello piense que haya de ser forzosamente siempre así, lo cierto es que la opinión de «otros» me parece imprescindible para saber algo más de uno mismo. Lógicamente, hay que saber discriminar de qué «otros» se trata, cómo no, pero en tanto que observadores externos, como el antiguo Theorós de los griegos, pueden captar aspectos y matices que a los propios se nos escapen con mucha más frecuencia de la que estemos dispuestos a creer.

Uno puede, ciertamente, tener un alto concepto de sí mismo y estar convencido de ser sumamente inteligente, un gran contador de chistes o un irresistible seductor. Pero si la opinión generalizada es que se trata de alguien de inteligencia vulgar, si nadie ríe sus gracias, o si sus escarceos amorosos acostumbran a resolverse en otros tantos fracasos, entonces puede que se trate de alguien cuyo concepto de sí mismo está algo distorsionado.

Se podrá aducir que la estupidez que a uno le rodea impide que se aprecie su genialidad, que no se entiende su sofisticado humor o que, en el tercer caso, como la zorra y las uvas que no alcanzó, “están verdes”. Hasta podemos admitir que tales pretextos tengan una cierta base de real. Aun así, nada relevante variaría respecto a lo que nos ocupa.

“Sociológicamente siempre seremos lo que nos «reconozcan» los «otros»”

Porque una cosa es lo que seamos ontológicamente, y otra, sociológicamente; y sociológicamente siempre seremos lo que nos «reconozcan» los «otros». Mientras las discrepancias entre lo que uno piensa ser y lo que los otros consideren que es,sea sobrellevable, la cosa puede funcionar. Cuando el hiato es insalvable, no.

Claro que uno mismo tampoco es completamente ajeno y algo tiene que ver en ello. Como decía Rousseau, el más fuerte nunca lo es bastante si no convierte su fuerza en derecho y la obligación de obedecerle en deber; como el más inteligente, el más gracioso o el más seductor, añadiríamos…Puede que los «otros» no nos reconozcan como nos gustaría, pero eso es lo que hay. Y lo mismo reza para los individuos que para las sociedades.

Viene esto a cuento de mi perplejidad ante la trayectoria que ha seguido Cataluña, o un sector importante de ella, a lo largo de los últimos años. Uno, que tuvo desde niño la suerte de viajar por España y parte del extranjero, es consciente de que, hasta no hace mucho, la sociedad catalana era la más avanzada de España. Entiéndase como la más europea, en las distintas acepciones de tal expresión.

Esto, que podría no dejar de ser una simple impresión subjetiva tendente a la autocomplacencia, o acaso intersubjetiva, como consecuencia de una irreprimible propensión colectiva a mirarse el obligo, deja de serlo en la medida que viene avalado por tantas voces foráneas como en su momento lo certificaron, ora procedentes del resto de España, ora del “extranjero”. Voces, por cierto, entre las cualesno faltan las que hoy se lamentan ante la deriva que hoy parece llevar.No estoy hablando de celebridades mediáticas ni intelectuales, sino de gente que he conocido, de distintos orígenes, y que así me lo han transmitido en las más variadas circunstancias.

Una cosa es que uno tenga que ser lo que los «otros» le digan que ha de ser, y otra muy distinta que haga oídos sordos y estigmatice las críticas portendenciosas yde acuerdo con las categorías taxonómicas de un discurso solipsista y autocomplaciente. Si cualquier crítica proviene de un enemigo y soy yo, exclusivamente, el que decide qué soy o qué he de ser, entonces, o entramos en un conspiracionismo delirante y de difícil retorno, o nos planteamos sin ambages qué nos está ocurriendo en realidad.

[blocktext align=”left”] ¿Cómo puede la sociedad más dinámica y abierta de España haber entrado en tal estado de ensimismamiento?

¿Cómo puede la sociedad más dinámica y abierta de España haber entrado en tal estado de ensimismamiento? ¿Cómo se puede entender que tanta gente, razonablemente preparada y formada, que siempre se mofó del independentismo, abrace hoy el discurso de unos personajes hasta hace poco tenidos por indigentes intelectuales?

Las sociedades avanzadas tienden a ser refractarias a las causas épicas y a los heroísmos espirituales. Cataluña era, con respecto al resto de España,una sociedad avanzada. Por ello, aunque pudiera parecer un contrasentido, la oposición al franquismo fue aquí más transversal que en el resto de España. Porque un anacronismo como el régimen franquista le repugnaba a una sociedad que ya se movía bajo otros parámetros. Me atrevo a decir, a grandes trazos y enfatizando intencionadamente el aspecto que más me interesa resaltar, que en Euskadi fue una lucha del siglo XIX, y en Madrid, una lucha política.En Cataluña fue la sociedad quiense impuso.

Insisto, todo ello con las debidas reservas ycon la intención de dar con algo que explique el inexplicable ascenso del independentismo en una sociedad avanzada como la catalana. Pienso que, en este contexto del franquismo, se formó un cliché que luego, al cambiar la situación, migró de escenario, instalándose en el nacionalismo catalán, hoy independentismo.

Dicho cliché no es otro que una aproximación a realidad española en el momento en que surgió, y que se ha mantenido inmóvil, como una foto fija, en el imaginario independentista. La idea de una Cataluña «moderna» frente a una España atrasada y obsoleta. Un cliché que fue compartido en su momento por todo el mundo civilizado y que, más allá de los inevitables tópicos que toda generalización comporta, se adecuaba razonablemente a la realidad del momento. Pero que los únicos que lo siguen viendo así hoy en día, son los nacionalistas catalanes y los españolistas irredentos.

La transformación que España ha experimentado en los últimos cuarenta años no se le puede escapar a nadie que se haya dado alguna vuelta por ella

Esta idea, de la mano del discurso nacionalista, se ha mantenido en Cataluña como una foto fija. Tanto, que incluso los sectores más rabiosamente antinacionalistas, en realidad genéticamente anticatalanes, sin más, suelen evocar en sus diatribas contra el independentismo a aquella sociedad catalana abierta y tolerante que, al haberla vivido, puedo asegurar que no es una ucronía; al menos en parte. Otra cosa muy distinta es que, al evocar este cliché, algunos delaten su añoranza por el otro lado: el de la caspa. Lo único que consiguen con ello es retroalimentar al independentismo.

Tal cliché pudo ser válido, o como mínimo efectivo, en su momento; no olvidemos lo dicho anteriormente sobre la realidad ontológica y la sociológica. Que fuera cierto del todo, o sólo en parte, es lo de menos. Era algo compartido.Hoy en día anacrónico. Pero sigue perviviendo como una idea regulativa de cuyas reminiscencias se ha aprovechado el discurso nacionalista catalán.

La transformación que España ha experimentado en los últimos cuarenta años no se le puede escapar a nadie que se haya dado alguna vuelta por ella y que tenga, a la vez, un mínimo sentido de la realidad. Cierto que persisten tics de la España más negra y que no estamos, ni de lejos, en el mejor de los mundos posibles. Pero no es lo mismo. Ni internamente, ni externamente. Porque a España ya no se la ve así. Y así lo ha decidido «quien» decide: los «otros».Paradójicamente, a quienes se empieza a ver como antaño a España, es precisamente a los catalanes. Y me temo que por méritos propios.Ni así la visión del nacionalismo independentista ha cambiado; sigue en el cliché propio del franquismo, tal vez por necesidad inherente a él. Pero la realidad sí ha cambiado.

La permanencia de este cliché en el imaginario colectivo catalán ha permitido que el independentismo se autopostule como la modernidad frente a la mugre. Y este es el anzuelo que muchos han mordido incautamente. Tampoco España ha puesto mucho de su parte –y no me refiero a transferencias ni a nada de esto-, sino, en ocasiones, todo lo contrario. En cualquier caso, el disparate está servido.

Sólo así puedo entender que gente culta y relativamente preparada, supuestamente vacunada contra fanatismos e identitarismos, haya sucumbido, como tantos que conozco, al encanto de la flauta independentista: están acríticamente convencidos de que su lado es el de la modernidad. No pueden ni imaginar en cuál de las dos Españas se encuentran, ni los detritus con quiénes la comparten.

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Xavier Massó

Licenciado en Filosofía y en Antropología Social y Cultural

 

 

 

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2 Comentarios

  1. compartiendo mucho de lo que dice el articulo, me queda huérfano de matices… sin ellos el resultado se me antoja muy subjetivo

    muchos de los cambios importantes(incluidos nuevos países) han pasado como poco, por una fase de silencio en cuanto al reconocimiento, lo que ocurra en un futuro esta en el futuro… y no esta escrito

    la voluntad de cambio… si hace falta hasta la independencia, pasa por muchos años de maduración… muchos…
    alguna mención al acelerador que ha estado el gobierno de España (que no los Españoles), habría que hacer

    con todos estos matices y bastantes mas, se puede quizás mostrar los hechos en toda su extensión… el resto es sesgado, partidista, subjetivo y por resumir pobre

  2. Puede usted consultar “El referéndum como última oportunidad”, en esta misma publicación, donde me posiciono sobre el tema. Sin duda se pueden introducir muchísimos matices y de lo más variado, pero mi intención era simplemente resaltar, por un lado, lo que yo entiendo como ausencia de autocrítica en todo este proceso, por parte del independentismo -que también la hay al otro lado, cómo no-, así como esta convicción, a mi parecer acrítica, de estar en el lado de la modernidad y del progreso, algo que me parece más que cuestionable, pero cuyo tratamiento requeriría de otro artículo.

    En cuanto a lo de echar en falta menciones al nefasto papel que ha jugado el gobierno español, y cómo en ocasiones se ha convertido en una fábrica de independentistas, creo que sí las hay.

    ¿Que el futuro no está escrito? no puedo estar más de acuerdo, pero tampoco ello significa que pueda pasar cualquier cosa. Por lo demás, no puedo sino lamentar que valore mi colaboración con los epítetos que le dedica. Respeto su criterio, aunque, como comprenderá, no lo comparto. Muchas gracias por sus aportaciones.

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