Numerosos investigadores, políticos y economistas consideran que la ingeniería del clima podría cumplir el cometido de mitigar la cantidad de radiación solar que incide sobre nuestro planeta.

La geoingeniería podría alterar el clima

.

La geoingeniería consiste en manipular y modificar a gran escala y de forma deliberada el ambiente del planeta, una perspectiva que, lejos de quedar restringida al ámbito de la ciencia-ficción, podría erigirse en una opción realista para mitigar el cambio climático.

Las actividades humanas a escala mundial influyen en el clima de la Tierra, y por ello distintos investigadores han propuesto el desarrollo y empleo de tecnologías específicas y dirigidas para poner freno a dicho cambio.

Ahora un equipo de científicos de toda Europa ha investigado las consecuencias de algunas de las opciones de geoingeniería sugeridas y ha sacado a relucir que sus resultados podrían no ajustarse del todo a las expectativas.

El estudio, publicado en la revista Earth System Dynamics, fue financiado en parte por el proyecto Implicc («Implicaciones y riesgos de la ingeniería dirigida a la radiación solar para limitar el cambio climático»), dotado con un presupuesto de casi 1 millón de euros en virtud del tema de medio ambiente del Séptimo Programa Marco (7PM) de la UE.

Algunos científicos han argüido que el uso de tecnologías dirigidas como el rociado de la estratosfera con azufre en aerosol, con el fin de reducir la irradiación solar, podría resultar más efectivo y menos costoso que los intentos que hay en marcha por disminuir las emisiones de gases de efecto invernadero para prevenir el cambio climático.

También hay quien avisa de que las tecnologías de geoingeniería podrían hacerse necesarias para evitar alteraciones catastróficas abruptas del sistema climático. No falta tampoco quien duda de la efectividad de tales opciones y alerta de posibles efectos secundarios no deseados, esgrimiendo además argumentos legales y éticos contra la geoingeniería, pero numerosos investigadores, políticos y economistas consideran que la ingeniería del clima podría cumplir el cometido de mitigar la cantidad de radiación solar que incide sobre nuestro planeta.

Con el fin de dar mayor empaque científico al debate, científicos franceses, alemanes, noruegos y británicos echaron mano de sofisticados modelos climáticos y observaron, por ejemplo, que la introducción de medidas de geoingeniería probablemente alteraría el clima, al reducir considerablemente la pluviosidad tanto en regiones concretas como a escala mundial.

La Tierra vista desde el Apolo 17. Imagen: Wikipedia

Según se lee en el artículo: «La ingeniería climática no puede reemplazar a la vía política tendente a mitigar el cambio climático reduciendo las emisiones de gases de efecto invernadero». Las indagaciones realizadas apuntan a que la solución de la geoingeniería frente al cambio climático podría traer consigo una disminución notable de las precipitaciones tanto en Europa como en Norteamérica.

Los investigadores, coordinados por el Instituto Max Planck de Meteorología de Alemania, examinaron simulaciones de la Tierra en un ambiente cálido y con una concentración elevada de dióxido de carbono (CO2) fijándose en los efectos de la reducción artificial de la cantidad de luz solar que incide sobre la superficie del planeta.

Podría recurrirse a técnicas de geoingeniería para reducir dicha cantidad de radiación solar incidente sobre la Tierra imitando los efectos de las grandes erupciones volcánicas que, en efecto, provocan un enfriamiento del clima mundial. Esto mismo podría lograrse también liberando en la atmósfera dióxido de azufre o instalando espejos gigantescos en el espacio, según apuntan distintos estudiosos.

Ante las diversas ideas sugeridas para combatir el cambio climático, los autores del estudio referido se centraron en estudiar el impacto previsible de su puesta en práctica. Para ello examinaron, en cuatro modelos terrestres, la respuesta ante intervenciones de ingeniería climática en condiciones precisas.

Imagen: Wikipedia

La hipótesis manejada consistió en un planeta en el que la concentración de CO2 fuera cuatro veces superior a la de los niveles preindustriales y en el que el calor añadido a raíz de tal incremento se viera compensado por una reducción de la radiación solar. «La cuadruplicación del CO2 es un supuesto extremo, pero que no se desmarca de lo que se considera posible de aquí a fines del siglo XXI», matizó el primer firmante del trabajo, Hauke Schmidt, del Instituto Max Planck de Meteorología.

Los autores apreciaron una reducción de la pluviosidad de 100 mm por año, lo que equivaldría a una bajada del 15 % con respecto a las estadísticas de precipitaciones en época preindustrial en grandes extensiones de Norteamérica y la zona norte de Eurasia. En cuanto a la región central de Sudamérica, todos los modelos indicaron una disminución de las precipitaciones superior al 20 % en algunas partes de la Amazonia. Los cuatro modelos estudiados señalaron una reducción media próxima al 5 % en la pluviosidad mundial.

«Queda por aclarar los impactos de estos cambios, pero la principal conclusión es que el clima resultante de la geoingeniería sería distinto al de cualquier época pasada, aunque se consiguiera reproducir la temperatura media mundial de cualquier periodo», puntualizó Schmidt.

Los autores subrayan que no pretendían afirmar que la situación hipotética estudiada pueda considerarse realista para la posible aplicación futura de medidas de ingeniería climática. Pero este experimento les permitió observar con claridad y comparar respuestas básicas del clima terrestre a la geoingeniería, sentando así las bases para futuros estudios más precisos.

En palabras de Schmidt: «Este estudio ofrece la primera comparación nítida de distintos modelos. Se ha hecho siguiendo un estricto protocolo de simulación que nos ha permitido calcular la solidez de los resultados. Cabe añadir que utilizamos los modelos climáticos más modernos, de los que saldrán los resultados del quinto informe del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC).»

Los autores emplearon modelos climáticos desarrollados por el Centro Hadley de la Oficina Meteorológica del Reino Unido, el Instituto Pierre Simon Laplace (Francia) y el Instituto Max Planck (Alemania). El cuarto modelo terrestre empleado fue desarrollado por científicos noruegos.