Cuando algo se vende como lo que no es, se le llama fraude o estafa

La Pedagogía, de ciencia, nada de nada

.

Xavier Massó_editedXavier Massó / x.masso@catalunyavanguardista.com

En primer lugar, quisiera felicitar al Sr. David Rabadà por su excelente artículo «La estafa de la Pedagogía», cuyos contenidos suscribo en su práctica totalidad. Intentaré aquí complementar su intervención en relación a los comentarios que ha sugerido–todos ellos muy interesantes- sobre la supuesta contraposición entre ciencias y pseudociencias, y entre ciencias exactas [sic] y ciencias humanas/sociales, con el trasfondo del estatus de la Pedagogía en todo esto. Mi intención era realizar un comentario al pie del artículo, pero me ha parecido que su extensión final aconseja más bien otro formato. Léase, en cualquier caso, como una digresión sobre algunas de las intervenciones que ha merecido el citado artículo.

Tiene razón Rabadà cuando afirma que, históricamente, las ciencias son y han sido la Física, la Química, la Biología y la Geología, en este orden de aparición. Y es cierto también que el término ciencia no ha referido siempre a lo mismo a los largo de la Historia. No es lo mismo hablar de “ciencia” en el sentido moderno del término, desde la Revolución científica del siglo XVII -con Galileo, Descartes, Newton…- que, por ejemplo, en el siglo V a.C. o en la Edad Media. Como tampoco es lo mismo la Física aristotélica que la Física moderna. La primera no es una ciencia, la segunda sí. Y no en el sentido de que uno sepa más o menos que el otro, sino que se trata de discursos distintos.

En ciencia sus predicciones han de poder ser contrastadas experimentalmente

En ciencia sus predicciones han de poder ser contrastadas experimentalmente

El concepto moderno de ciencia surge con la Revolución Científica y, dicho a la brava, se fundamenta en la convicción y demostración de calculabilidad de lo real, es decir, en que la naturaleza es expresable en términos de cálculo matemático; es matematizable. Así lo expresa uno de sus fundadores, Galileo Galilei, en su obra «Il Saggiatore» (1623): “El universo es un libro escrito en lenguaje matemático”. Este es el punto de partida.

Así, desde esta perspectiva ante las cosas, que presupone una nueva manera de aproximarse a ellas, lo subjetivo decae en favor de lo objetivo. Dicho también a la brava, que yo sienta «subjetivamente» frío o calor no es descriptible en términos matemáticos, objetivos; sí lo es, en cambio, la temperatura exterior, o la mía interior; y puestas en relación tal vez nos expliquen la causa objetiva de mis sensaciones subjetivas de frío o calor: acaso, por ejemplo, tenga fiebre.

Hay además otro elemento a tener en cuenta con respecto a la ciencia, en lo concerniente a su metodología: sus predicciones han de poder ser contrastadas experimentalmente; o falsables, en el lenguaje de K. Popper. Es decir, han de poder someterse a prueba empírica. Si no es así, entonces no estamos hablando de ciencia, sino de otra cosa. Como decía Bertrand Russell, la Teología apenas ha cambiado sus postulados desde el Concilio de Nicea en el siglo IV; la ciencia, en cambio, ha tenido que ir cambiando sus postulados y concepciones a medida que los iba contrastando empíricamente. Es decir, la ciencia se equivoca y los científicos saben que se pueden equivocar, y caen en la cuenta de su error cuando contrastan y experimentan. La Teología, o los teólogos, no sabemos si son conscientes de que se pueden equivocar, pero lo cierto es que carecen de mecanismos para comprobarlo.

.

El método científico

Llegados a este punto, tenemos que las ciencias modernas surgen como un discurso del cual irán surgiendo distintas disciplinas según lo que persigan y la forma de aproximarse a su objeto, pero con un paradigma de entrada muy claro y que es perfectamente distinguible de cualquier otro saber anterior. A modo de anécdota, por ejemplo, diremos que la distinción entre Física y Química en el siglo XVIII –y en el XIX- se entendía que era solamente que, mientras la Física se ocupaba de las propiedades externas de las cosas, la Química lo hacía de las internas. Pero el método, en definitiva, era el mismo: el método científico.

Entendidas así, las Matemáticas serían entonces, como la Lógica[1], ciencias formales, es decir, que en sí no versan sobre ningún objeto concreto –eso lo hace la Física etc-, pero que son instrumentales en la medida que las ciencias las aplican para sus fines. Las Matemáticas, igual que la Lógica, seguirían siendo igualmente válidas intrínsecamente en un universo, digámosle absurdo, como el que nos presenta, por ejemplo, Lewis Carroll –por cierto, un ilustre matemático- en sus novelas sobre Alicia. Sólo que en este universo no nos servirían para entender nada de él.

El éxito que tuvo en su época el método científico, indujo a pensar en las posibilidades de su aplicación a otros ámbitos

Por esto precisamente no basta con la utilización de las Matemáticas para que una disciplina devenga ciencia; ni con la observación de las leyes de la Lógica, entendida como el código de circulación impuesto por las propias leyes que regulan el desarrollo de nuestro pensamiento puro. Un astrólogo ha de saber también Matemáticas y Astronomía para determinar la posición de los planetas y los astros, pero nada permite inferir que de mi carta astral se desprendan consecuencias como los perfiles de mi psiquismo o que me vaya a tocar la lotería. A menos, claro, que admitiéramos alguna insondable razón en el hecho de que un reloj parado siga dando bien la hora dos veces al día. Pero una vez más, ya no estaríamos hablando de ciencia.

El éxito que tuvo en su época el método científico, indujo a pensar en las posibilidades de su aplicación a otros ámbitos: los de lo específicamente humano y sus realizaciones –hoy: Historia, Sociología, Antropología, Economía, Psicología…-. Se lo planteó desde principios del siglo XVIII Giambattista Vico (1668/1744); le siguió la Ilustración. En el XIX, Comte con su ingeniería social. O el Marx más conocido y divulgado. Pero a medida que avanzaba el siglo XIX, lo que fue quedando claro era que las ciencias de la naturaleza, por una parte, y las ciencias llamadas del «espíritu» -hoy ciencias sociales o humanas-, por la otra, configuraban dos ámbitos distintos y diferenciados de conocimiento y eran irreductibles entre sí.
El problema era el del estatus epistemológico de estas disciplinas. ¿En qué ha de consistir la Historia para dejar de ser un relato y acceder al Olimpo de las ciencias? O la Sociología, o la Economía… La cosa se complica aún más si atendemos a la interdisciplinariedad. El método del carbono es científico, pero lo utilizan también los arqueólogos y los historiadores; ¿Los convierte esto en científicos y a la Historia en ciencia? Otro ejemplo: ¿Desaparecerá la Psicología, absorbida por la neurociencia a medida que se siga avanzando en el conocimiento del comportamiento humano en Neurobiología?

¿Desaparecerá la Psicología, absorbida por la neurociencia a medida que se siga avanzando en el conocimiento del comportamiento humano en Neurobiología?

Desde varios autores, preocupados fundamentalmente por el estatus epistemológico de estas disciplinas del espíritu[2] se estableció una clasificación del conocimiento que, a grandes trazos, nos puede servir todavía hoy. Se rechazaba, de entrada, que las ciencias humanas y sociales se pudieran constituir bajo el modelo epistemológico de la Física, es decir, del método científico.

En esencia el planteamiento consistía en lo siguiente. Las ciencias de la naturaleza, bajo el modelo de la Física, explican los fenómenos en términos de causa y efecto. Y establecen leyes universales que predicen el comportamiento de un determinado fenómeno bajo determinadas condiciones. En las ciencias del espíritu, bajo el modelo de la Historia por entonces, el mecanismo para conocer los fenómenos estudiados no puede ser el de causa y efecto, sino el de la comprensión. Así, las ciencias de la naturaleza tienen como función la «descripción» del fenómeno; mientras que en las del espíritu, el conocimiento del fenómeno estudiado es su «comprensión» de él en su singularidad irrepetible.

En las ciencias de la naturaleza, podemos predecir el comportamiento de un determinado fenómeno a través de la generalización en leyes. Por eso las ciencias de la naturaleza son «nomotéticas». Por su parte, en las ciencias del espíritu, esta comprensión, esta aproximación al fenómeno, nos revela su condición de «idiográficas», es decir, su carácter único e irrepetible en su singularidad. En un caso, el de la Física, se estudian procesos causales y se establecen leyes. En el otro no son procesos causales, sino sucesos cambiantes no susceptibles de generalización en leyes. Y su lógica es, en todo caso, propia e intransferible.

Dibujo artístico acerca de una prueba realizada con alta precisión por la sonda Cassini al enviar señales a la tierra y al describir la trayectoria predicha

Dibujo artístico acerca de una prueba realizada con alta precisión por la sonda Cassini al enviar señales a la tierra y al describir la trayectoria predicha

En Física, podemos establecer la dirección que seguirá un proyectil bajo determinadas condiciones y qué variaciones experimentará si modificamos esto o aquello. Y lo podemos experimentar, comprobar, tantas veces como queramos. En Historia, la inevitable remisión a su condición idiográfica nos lleva, por contraste, a elevarnos sobre leyes tan generales que nunca son de cumplimiento obligatorio, sino meras aproximaciones orientativas que necesitamos para darle sentido a un recorrido que a lo mejor no lo tiene. Sabemos que María Antonieta fue ejecutada y que Robespierre era algo misógino. ¿La habría perdonado de no serlo? En cualquier caso, no tenemos manera de saber qué hubiera ocurrido de ser así. Esto es lo idiográfico, frente a lo nomotético; singularidad y comprensión, frente a universalización en leyes y descripción.

Por la Historia, y por la Economía, sabemos que cuando una sociedad entra en crisis, se producirán convulsiones, pero no podemos determinar cuáles ni cómo evolucionarán. Sí lo hizo, a modo de genial broma literaria, Isaac Asimov en su saga de las Fundaciones[3], con su invento de la ciencia de la Psicohistoria. Pero era ciencia-ficción o, en cualquier caso, estamos todavía muy lejos de ello. Predecir el futuro sigue siendo actualmente cosa de profetas, no de científicos, ya sean naturales o sociales. El peor error que podemos cometer es, en ciencias sociales, pensar que estamos haciendo Física.

.

La prueba del algodón

Y volviendo al tema que suscitó este artículo ¿Dónde cabe la Pedagogía en todo esto? Pues, la verdad, si partimos de las contrastaciones empíricas que nos aporta el Sr. Rabadà en su artículo, más bien parece que esta disciplina no resiste la criba epistemológica, la prueba del algodón de la ciencia. Claro que, como a los pedagogos no les gustan las pruebas ni los exámenes, menos admitirán aún que se someta su disciplina al análisis epistemológico. ¿Pero no la sitúa esto a la altura de la Teología de la cual se mofaba Russell?

Da la impresión de que, en general –hablo de las teorías hegemónicas y de sus prohombres-, lo que constituye esta disciplina son más bien un conjunto aproximaciones erráticas a nociones extraídas de otras disciplinas –muy comúnmente de la Psicología- mal digeridas y aplicadas a un ámbito descontextualizado. El propio constructivismo –dogma pedagógico oficial de nuestro sistema educativo- podría ser un ejemplo de ello ¿Es una teoría psicológica o pedagógica?  Y si fuera psicológica ¿Ha de servir por ello como modelo educativo?

No estoy negando la posibilidad de una Pedagogía construida como discurso de la didáctica de la ciencia. Sólo digo que este discurso hoy no existe. Hoy por hoy, lo que tenemos, es lo que nos describía el artículo de David Rabadà. Y cuando algo se vende como lo que no es, se le llama fraude o estafa. Así que dejémonos de eufemismos y llamemos a las cosas por su nombre. La Pedagogía, de ciencia, nada de nada.

.

Referencias:

[1] La Lógica moderna no empezará en realidad a desarrollarse hasta el siglo XIX y principios del XX, con Frege y Russell. Hasta entonces, y con la excepción de Leibniz, la ciencia de la Lógica seguía siendo prácticamente la misma que habían formulado Aristóteles y los estoicos, con los debidos añadidos escolásticos durante la Edam Media. Mención aparte merecería Ramon Llull y su Ars Magna Universalis, considerada una anticipación de la lógica moderna por pensadores como Leibniz, Schopenhauer o Wittgenstein.

[2] Windelband, la Escuela de Baden con Rickert, Weber…

[3] Isaac Asimov: «Fundación», «Fundación e Imperio» y «Segunda Fundación». La Triología tuvo igualmente secuelas y precuelas muy interesantes, escritas por el mismo autor, que era, además, un destacado científico.

.