Cisma de Occidente

Miniatura del siglo XV de un manuscrito de las Crónicas de Jean Froissart, que representa el Gran Cisma de la Iglesia católica iniciado en 1378 / Wikimedia

Tal día como hoy… 8 de abril de 1378 se iniciaba el periodo conocido como Cisma de Occidente

 

El 8 de abril de 1378 el cónclave de cardenales de la Iglesia católica elegía papa a Urbano VI. La denuncia de irregularidades y los intereses políticos involucrados llevaron a los cardenales disconformes a la elección de un segundo papa alternativo, Clemente VII. Entre 1378 y 1410 hubo dos papas, uno en Roma y otro en Aviñón; a partir de 1409, y hasta 1417, se añadió a la disputa un tercero, Alejandro V. Es el periodo conocido como el del Cisma de Occidente.

 

CV / Que un obispo resida a mil kilómetros de su diócesis puede parecer algo extravagante, aunque hubo muchos casos en los truculentos tiempos que hoy nos ocupan. Si resulta que este obispo es el de Roma y que tal título lleva aparejado el de Sumo Pontífice de la Iglesia, entonces puede parecer insólito. Pero esto es precisamente lo que ocurrió durante los casi setenta años que van entre 1309 y 1377, periodo durante el cual la sede papal no fue la ciudad de Roma, sino Aviñón. La mudanza se debió a la inestabilidad política en Roma, cuyas grandes familias se disputaban el poder. En 1377, el último papa de Aviñón, Gregorio XI, harto de las injerencias del rey Francia, decidió regresar a Roma, muriendo al año siguiente, en 1378.

Durante el cónclave que procedió a la elección del nuevo papa, se produjeron en Roma numerosos tumultos y algaradas. Azuzado por las grandes familias, el populacho exigía, con frecuencia violentamente y poniendo incluso en peligro la integridad física de los cardenales electores, que el nuevo papa fuera italiano. Presionado implícita y explícitamente, el cónclave eligió finalmente como nuevo papa al obispo de la ciudad italiana de Bari, Bartolomeo de Prignano, que tomó el nombre de Urbano VI. Poco después, auspiciados por el rey de Francia, otro grupo de cardenales disconformes eligió a un nuevo papa, Clemente VII, que fijó su sede en Aviñón.

El Cisma de Occidente se produjo ciertamente por razones de mucho más calado que el chauvinismo localista de las familias o del populacho romano

El Cisma de Occidente se produjo ciertamente por razones de mucho más calado que el chauvinismo localista de las familias o del populacho romano. Estamos ya en la recta final de la Edad Media y la recomposición, tanto intelectual como política, se proyectó inevitablemente sobre la Iglesia, la institución más representativa y emblemática de los últimos mil años en Europa. Empezaban a surgir los grandes reinos y se vislumbraban las futuras monarquías absolutas. El modelo feudal, cuyo encaje había corrido precisamente a cargo de la Iglesia, entraba en barrena ante el empuje de las ciudades.

Las órdenes religiosas, las universidades y los reinos medievales se dividieron tomando partido por uno u otro papa, según fueran más afines a sus intereses y planteamientos. Lo que se estaba cuestionando –ya desde Duns Escoto y Guillermo de Occam- era la propia consideración y estatus de la Iglesia y de la figura del papa en el nuevo orden que se avecinaba. Inglaterra, Polonia, Hungría y Borgoña optaron por el papa de Roma. Francia, Nápoles, Aragón, Castilla y Escocia, por el de Aviñón. Los distintos estados y principados alemanes tomaron cada uno su propio partido. Tampoco fueron adhesiones incondicionales, sino muy condicionales y condicionadas a la evolución de los acontecimientos.  Surgió entonces, como posible solución, el conciliarismo, promovido básicamente por las universidades, cuya solución consistió en convertirse en parte del problema, al elegir a un tercer papa en 1410.

Ni que decir tiene que todos estos papas se excomulgaron entre ellos con simétrica reciprocidad. Ninguno de ellos vio el final del cisma. Urbano VI –el romano- murió en 1389, Clemente VII –el de Aviñón-, en 1394,  y Alejandro V en 1410. Ninguna de estas muertes sirvió para acabar con el conflicto; sus partidarios eligieron en cada caso a un sucesor. Benedicto XIII –el papa Luna- en Aviñón, Bonifacio IX en Roma –le siguieron Inocencio VII y Gregorio XII-, y Juan XXIII entre los conciliaristas, aupados por el emperador germano Segismundo.

Con la elección de Martín V terminó el Cisma de Occidente, pero ya nada fue como antes para la Iglesia

Finalmente, los distintos monarcas europeos auspiciaron la convocatoria de un concilio que resolviera la cuestión. Se forzó a abdicar al conciliarista Juan XIII, a cambio de mantenerse como arzobispo y cardenal, y al «romano» Gregorio XII, en idénticos términos. Un nuevo concilio eligió a Martín V, que fue reconocido por todas la monarquías importantes del momento. El único que no aceptó fue Benedicto XIII, conocido como el papa Luna, abandonado por todos sus anteriores seguidores, que se refugió en Peñíscola y siguió considerándose papa legítimo hasta su muerte a los 96 años, en 1423.

Oficialmente, la línea legítima de la genealogía papal adoptada fue la de Roma, es decir, Urbano VI, Bonifacio IX, Inocencio VII y Gregorio XII –que tuvo que abdicar a cambio-. Al resto se les considera antipapas. Con la elección de Martín V terminó el Cisma de Occidente, pero ya nada fue como antes para la Iglesia. Su prestigio perdió muchos enteros, y su poder hasta entonces omnímodo, se resintió enormemente al convertirse en juguete de los reyes, que se convirtieron en los auténticos árbitros del nuevo orden de cosas. Llegaba la Edad Moderna.

 

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