Congreso de Viena

El Congreso de Viena, por Jean-Baptiste Isabey, 1819. / Wikimedia - Fuente: http://www.histoire-image.org/photo/zoom/nic08_isabey_02f.jpg

Tal día como hoy… 8 de octubre de 1814 tenía lugar la primera sesión del Congreso de Viena

 

El 8 de octubre de 1814 tenía lugar la primera sesión del Congreso de Viena, que se había convocado el 18 de septiembre anterior, con el objetivo de proceder al reparto de Europa entre los vencedores de Napoleón y asegurar el mantenimiento de un nuevo statu quo, que en realidad perduró hasta la guerra Franco-prusiana de 1870 y, a la postre, hasta la I Guerra Mundial (1914-1918).

 

CV / Tras la derrota de Leipzig en octubre de 1813, París fue ocupada el 31 de marzo de 1814 y el Senado francés depuso a Napoleón el 3 de abril, restableciendo la monarquía. Napoleón fue deportado a la isla de Elba, en la costa de la Toscana. Y los vencedores se convocaron en Viena para reordenar el mapa político de acuerdo con sus intereses, y también para poner los medios que evitaran en lo sucesivo nuevos estallidos revolucionarios. Fue el congreso de los conservadores y tradicionalistas, de los supervivientes del Ancien Régime…

Hubo fundamentalmente tres figuras que destacaron en este Congreso, el austríaco Metternich, el británico duque de Wellington y el francés Charles Maurice de Tayllerand

Hubo fundamentalmente tres figuras que destacaron en este Congreso, el canciller austríaco Metternich, el duque de Wellington como embajador plenipotenciaro británico, y el representante francés, Charles Maurice de Tayllerand. Este último está considerado el paradigma del político hábil y astuto, a la vez que arribista y oportunista. Había servido a Luis XVI, a la Convención, a Napoleón, y estaba haciendo en aquellos momentos en representación de la Francia de Luis XVIII. Fue tan hábil que supo redirigir el Congreso eludiendo las «responsabilidades» francesas durante la época napoleónica. “Aquí no se viene a juzgar a Francia, sino a Napoleón”, afirmó… Y le hicieron caso.

Tampoco es tan raro. Aunque derrotada, Francia seguía siendo una gran potencia, y bajo la restauración borbónica, representaba un factor de estabilidad, jugando un papel de tercero en liza entre la cada vez más poderosa Prusia y el Imperio austríaco, así como frente a una Rusia cada vez más expansiva. Francia quedó, ciertamente, remitida a sus fronteras europeas anteriores a la revolución, pero mantuvo su estatus de gran potencia y pronto inició su segunda expansión colonial. Metternich aseguró el papel hegemónico de Austria en la Confederación Germánica, que mantendría hasta que fue desplazada por la Prusia de Bismark en 1866. Rusia, por su parte, inició su expansión hacia el Mediterráneo a costa del Imperio otomano… En definitiva, Gran Bretaña consiguió su objetivo de establecer un equilibrio que impidiera el surgimiento de un poder continental claramente hegemónico.

Paradójicamente, quien corrió peor suerte fue  un país que, al menos teóricamente, figuraba en el lado de los vencedores: España

Paradójicamente, quien corrió peor suerte fue  un país que, al menos teóricamente, figuraba en el lado de los vencedores: España. Tras la guerra 1808-1814 había quedado devastada y arruinada. Ademas, su imperio colonial se tambaleaba por la sublevación de la práctica totalidad de las colonas americanas, que contaban con el apoyo explícito de los EEUU y, sobre todo, de Gran Bretaña, teóricamente aliada de España. La vuelta de Fernando VII, que derogó la Constitución de 1812 y emprendió una feroz persecución de todo lo que sonaba a liberal, no contribuyó precisamente a mejorar la situación.

Tampoco ayudó la extrema torpeza de los legados españoles enviados a Viena por Fernando VII, un monarca que, además de felón y mezquino, era también cicatero. La representación española anduvo tan escasa de fondos que ni siquiera pudo permitirse acudir a las cenas y farras posteriores a las reuniones, que era donde realmente se cerraban los grandes acuerdos; como ha sido y es desde siempre. No estaban, ciertamente, pero tampoco se les esperaba. En realidad, España había dejado de contar en el contexto europeo, y se había convertido en país de frontera y exótico; solo que algunos no se habían enterado…

… Como Pedro Gómez Labrador, cabeza de la legación española. Sus pretensiones merecieron la chanza de los asistentes cuando solicitó un ejército para reocupar el imperio americano, desde México hasta la Patagonia. Y por si no bastara, «exigía» la devolución a España de la Luisiana, al parecer sin haberse enterado de que hacía once años que Napoleón la había vendido a los EEUU, poco proclives a vender su propio territorio, sino más bien tendentes a ocupar el de los otros. Tayllerand dijo de Gómez Labrador que era un completo inepto. Y tenía razón.

No se envió ningún ejército a América para restituir la soberanía española -más bien todo lo contrario-, pero sí a la propia España unos años después, en 1823

No se envió ningún ejército a América para restituir la soberanía española -más bien todo lo contrario-, pero sí a la propia España unos años después, en 1823. Fueron los Cien Mil Hijos de San Luis, que la Santa Alianza -surgida del Congreso de Viena- envió para restituir el absolutismo de Fernando VII y acabar con el trienio liberal. Para que, en definitiva, España se mantuviera en la posición subalterna y segundona que se le había adjudicado.

Las sesiones del Congreso se alargaron hasta el 9 de junio de 1815. Cuando estaba clausurándose cundió durante un tiempo el pánico. Napoleón se escapó de Elba y recuperó el poder. Fue el Imperio de los Cien días. Luego todo volvió a su sitio, y Napoleón a Santa Helena, de donde ya no pudo evadirse…

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