Un ensayo poético de deconstrucción conceptual de la poesía, o la poesía deconstruyéndose a sí misma, desde la poesía de J. Jorge Sánchez

La poesía como pretexto o la poesía pretextada

 

Nos dijo Hegel que la lechuza de Minerva emprende el vuelo al atardecer, en el ocaso, desplegando el gris sobre el gris. Por esto la filosofía siempre llega tarde. El ser al que accede por entonces ya ha sido, yace inerte e inaccesible. Como el relato que por el hecho de serlo ha transcurrido ya. Y así como la reflexión es acción demorada, la narrativa sobre ella consiste en retomarla cuando ya ha quedado atrás. La precuela y la secuela; en medio, lo irreductible.

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Xavier Massó / x.masso@catalunyavanguardista.com

Xavier Massó_editedAlgunos han reservado a la poesía el privilegio de acceder donde no pueden hacerlo la filosofía ni su secuela, la ciencia. No es el caso de J.Jorge Sánchez en su «Contra Visconti» (Baile del Sol, 2016). O sí, pero desde la consciencia del inevitable desarraigo y de lo insoslayable de una narrativa conceptual que se reivindica poética. También entonces, la poesía llega siempre tarde, toda poesía habría llegado también siempre tarde.

En «Contra Visconti» asistimos a una poesía que intenta desentrañarse a sí misma como poética: la poesía puesta frente al discurso poético. Se había preguntado el autor en otro momento por la posibilidad de la poesía después de Auschwitz. Quizás ahora caigamos en la cuenta de que siempre es un «después». Y si es así ¿podemos hablar de experiencia estética? Sin duda, sí, pero sólo a condición de haber tomado previamente la fortaleza ética. Nulla aesthetica sine ethica.

En «Contra Visconti» asistimos a una poesía que intenta desentrañarse a sí misma como poética

Da nombre al libro uno de los poemas que se incluye en él. Visconti, el cineasta y aristocrático esteta que glosa la locura del rey loco, una locura cuya grandeza se concretó en sus famosos castillos –y en Bayreuth-, gracias a una estética (¿o ética?) benevolentemente desdeñosa con el sufrimiento humano ¿Cuántas muertes y cuánto dolor exige una gran obra? Como el síndrome de Stendhal que, según les cuentan los guías a los turistas, sufrió este autor al quedarse transido ante la visión de tanta belleza en la basílica della Santa Croce, en Florencia. ¿Es el sufrimiento de los esclavos o prisioneros que trabajaron en la construcción de tantas obras de arte el precio a pagar por tanta belleza? ¿Se justifica?

El escritor, poeta y filósofo, J. Jorge Sánchez

El escritor, poeta y filósofo, J. Jorge Sánchez

Alguien podría aducir que aparece ahí una suerte de nostalgia de clase. La que no podía sentir Visconti porque no eran los suyos los que sufrieron para que luego alguien se pudiera deleitar con una belleza construida con el sórdido material del dolor y la muerte. ¿Y si salvamos Neuschwantein por su belleza, estamos dando por mal menor el sufrimiento que acarreó su construcción? ¿Justifica el fin unos medios dejados atrás?

Tal vez la respuesta nos la dio Max Aub[1], cuando sus acompañantes se sorprendieron de que quisiera visitar el Valle de los Caídos: “No quiero ir en homenaje de para quien se levantó sino en el de los que lo levantaron (…) ¿O es que os creéis que los que construyeron el Escorial –los obreros, los picapedreros- eran muy distintos, fueron muy distintos que los que estuvieron cavando eso que decís horror del Valle de los Caídos? Y, sin embargo vais orgullosos al Escorial…”

Y a las Pirámides, y a Versalles, y a la Acrópolis…

¿Poesía como denuncia, entonces? ¿Y como un arma cargada del futuro maravilloso que nos anuncia? Tampoco. Y allí arremete J. Jorge Sánchez contra cierta poesía y contra ciertos poetas. Porque, como nos dice en otro de sus poemas, las armas cargadas siempre son peligrosas, sean un kalashnikov o un poema, estén cargadas de balas o de futuro. Muy probablemente de ambas cosas, a juzgar por unos portadores de sueños que son pesadillas, explicitando «poéticamente» el verdadero sentido del poema de Gioconda Belli, que demuele en el suyo propio. O ajustando cuentas con la apoteosis del cinismo poético, emblematizada por Yevgueni Yevtushenko en su hagiopoetización de Manzana, en el poema Tres minutos de verdad… Sí, la verdad que se esconde en el poeta oficial que canta al valor del que él carece.

Mención especial merece el epílogo del libro, esencial en mi opinión a la obra. Se pregunta J. Jorge Sánchez: “¿Y si la poesía no sólo hubiera concluido ya sino que nunca hubiera acontecido como tal? Entonces, “lo poético sería tan antiguo como lo postpoético”. Porque, poetas, sí, de toda laya y jaez ¿pero poesía?

Portada del libro

Portada del libro

Desde una tradición que nos dice que hemos recorrido el trayecto del mito al logos, lo poético ocuparía el lugar imaginado dejado irremisiblemente atrás, y la poesía, la posibilidad de recuperarlo siquiera en el fragmento de un instante. Una inversión conceptual elucubrada desde el «después» y según la cual, paradójicamente, la búsqueda, o el hallazgo, de la verdad, nos habría ocultado, cual velo de Maya, lo verdadero, lo originario. “Poesía que mistificas”, escribe el autor, ¿Y si no abriste nunca nada? Toda una andanada, no tanto contra la poesía, sino contra cierta poesía y muchos supuestos poetas, los de la “desbordante fantasmagoría de la primordialidad poética, apoteósica desde el romanticismo hasta Heidegger (…)”.

Mucho antes de Heidegger, Platón había recomendado, al final de La República, la erradicación de los relatos poéticos griegos, precisamente por su carácter mistificador; porque lo que dicen los mitos sobre los dioses y sobre los héroes «no es verdad», pero sobre tales mistificaciones se construyen los referentes que nos conforman como seres humanos. Y eso es engañar, como engañan Belli o Yevtushenko. Muy probablemente, el autor coincidiría con Platón, al menos en este aspecto. Conceptualmente, claro, y también poéticamente.

Porque, al fin y al cabo, como nos recuerda J. Jorge Sánchez, “descorrer el velo de Maya de la poesía nos deja ante la poesía de nuevo solo que de otra manera, ante otra geografía”. La geografía que nos encontramos cuando, como en la escalera de Wittgenstein, una vez recorrida “hay que dejarla caer y hacer «como si»”.

Un ensayo poético de deconstrucción conceptual de la poesía, o la poesía deconstruyéndose a sí misma, desde la poesía de J. Jorge Sánchez. Un libro que no deja indiferente, aunque a uno le siga gustando Visconti, pero eso sí; «después de». Seguro que al autor también.

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Referencias bibliográficas:

[1] Max Aub (1903-1972). La referencia corresponde a «La gallina ciega» (1971), relato que narra su retorno de tres meses y medio a España -entre julio y noviembre de 1969-, treinta años después de haberla abandonado exiliado.

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