Corrupción

Una tentación de lo más apetecible

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Si algo está equitativa y generosamente repartido en este país es sin duda el porcentaje de sinvergüenzas y de corruptos. Nadie puede quejarse de deficitario. Y todos con unos índices de competitividad homologables con los de la famosa cueva de Alí-Babá.

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Xavier Massó_editedX.M. / x.masso@catalunyavanguardista.com

En plena eclosión de la Tangentópolis italiana, hace ya muchos años, el periodista Indro Montanelli se quejaba amargamente de la incompetencia que iba  incorporada a la corrupción de la clase política. Buen conocedor de la historia como era, nos recordaba que la corrupción, de una u otra forma, había existido siempre en Italia como una especie de fatalidad, pero la característica del momento era precisamente la incompetencia que se añadía ahora a las seculares corruptelas. El glorioso cónsul Mario de la Roma republicana se había agenciado muy probablemente en torno a mitad del fastuoso botín que aportó de sus campañas en Asia. Y su sobrino Julio César no le fue a la zaga en las Galias… Corrupción, nos recordaba, la hubo siempre.

Pero de aquellos corruptos a los de ahora, nos decía Montanelli, hay una diferencia esencial. Robaron, sí, de lo que ellos mismos aportaron al erario romano, y sin que esto les exculpe en absoluto, lo cierto es que, como mínimo, contribuyeron al enriquecimiento de Roma. Los políticos actuales, en cambio, no aportan nada, se limitan a robar. Y esto, si cabe, es aún peor. Los escándalos de corrupción acabaron con el sistema político que había imperado en Italia desde el final de la Segunda Guerra Mundial, y abrió el paso a un nuevo régimen de naturaleza populista, de la mano del ínclito Berlusconi, que no sólo no acabó con la corrupción, sino que en la práctica la legalizó como si se tratara de una especie de derecho natural de los poderosos.

Basta con evocar a personajes como el Bigotes, Correa, Pujol, Rato o Bárcenas para reparar en ello

Y por aquí parece que seguimos la estela italiana veinticinco años después. Sólo que, como corresponde al lugar, sin la tradicional finezza italiana. Basta con evocar a personajes como el Bigotes, Correa, Pujol, Rato o Bárcenas para reparar en ello. Aquí no sólo corruptos e incompetentes, sino además, groseros.

Muchos nos preguntábamos en su momento cómo un pueblo culto como el italiano podía votar mayoritariamente a alguien como Berlusconi. La repuesta no requería de sesudos análisis políticos; bastaba con una evidencia antropológica: Berlusconi representaba un modelo que para muchos italianos era el referente. Muy probablemente, y por más arrebatos de indignación que los continuos escándalos de corrupción produzcan en la supuesta opinión pública, el problema español sea el mismo.

Hasta puede que la saturación de corruptelas que actualmente estamos padeciendo acabe inmunizándonos frente a ella, o quizás hayamos estado inmunizados desde siempre.

Porque el problema, si es realmente este, no tiene solución en la medida que no se adoptarán medidas que acaben con la corrupción, sino sólo apariencias sustitutorias que maquillen dichas prácticas.

René Girard nos decía que las sociedades se cohesionan a partir de un principio sacrificial, que es a su vez sustitutorio del auténtico objeto inicial sobre el que se vuelca la violencia. La violencia permanece, pero se desvía su atención hacia otras víctimas propiciatorias. Tal vez con la corrupción ocurra algo parecido, sobre todo allí donde de entrada la consideramos endémica. Algo así pasó en Italia. Y algo así pasa también en España. ¿Pero por qué en Italia o España y no en Alemania, por ejemplo?

Algunos apuntan hacia la ética católica como caldo de cultivo de la corrupción, como contrapunto, por ejemplo, de la protestante

Algunos apuntan hacia la ética católica como caldo de cultivo de la corrupción, como contrapunto, por ejemplo, de la protestante, ciertamente más rigorista. Y es posible que en esto estuviera pensando el magnate Rockefeller cuando afirmaba que no se podían hacer negocios con los democristianos, porque después de haberte engañado, se confesaban y se quedaban tan tranquilos. Puede que sí, pero me parece insuficiente. Ha de haber algo más.

Porque no creo, la verdad, que aquí seamos de naturaleza más corrupta que en los países anglo-sajones o germánicos, de tradición cultural luterana. Y aunque ciertamente la secularización de las respectivas éticas ha producido modelos distintos, yo diría que el problema más bien radica en la presunción moral apriorística de inocencia o culpabilidad y, consiguientemente, en los mecanismos que se instituyan para combatirla. Y ello también puesto en relación con la valoración axiológica del acto corrupto. Trataré de explicarme.

En los países anglosajones y germánicos, el rigorismo moral no es sino el reconocimiento de la naturaleza corrupta del ser humano, o de su posibilidad, y de ahí los mecanismos disuasorios y de control, tanto morales como judiciales, que se habilitan para evitarla y combatirla. Por un lado, el corrupto sabe que está obrando inmoralmente; por el otro sabe también que si le cazan se le cae el pelo.

Por el contrario, en los países mediterráneos, más condescendientes con las debilidades humanas, la corrupción no se ve tanto como un peyorativo elemento constituyente de la naturaleza humana, sino como una tentación difícil de eludir y en la cual, al sucumbir a ella, estaríamos más en el ámbito de lo accidental que de lo substancial. Y esto lleva a una comprensión mimética de naturaleza empática que, paradójicamente, convierte en sistémica, en substancial, socialmente hablando, una corrupción cada uno de cuyos actos constituyentes consideramos, en cambio, moralmente, de naturaleza coyuntural, accidental.

[blocktext align=”left”]Una tentación externa y tan culpable como nosotros mismos del propio pecado en que incurrimos

Traducido al ámbito religioso, una cosa es que consideremos que el hombre es de naturaleza intrínsecamente pecadora, y otra que la acción de pecar sea el resultado de un conflicto que se resuelve cayendo en la tentación. Una tentación externa y tan culpable como nosotros mismos del propio pecado en que incurrimos. En el primer caso, la culpabilización es absoluta y sin paliativos; en el segundo, está mucho más relativizada. Y eso permite pecar más.

Por eso hay más corrupción en España que, por ejemplo, en Alemania o en Inglaterra. Porque aquí, y por más que todo el mundo condene la corrupción como tal sin paliativos, al corrupto en tanto que individuo, en cierto modo se le compadece como víctima de una tentación de lo más apetecible y a la cual es difícil, si no imposible, sustraerse. Y con ello, a la vez que se le comprende, también, claro, se le envidia.

Recuerdo que en cierta ocasión, en el que creo que fue mi primer viaje a Inglaterra, me encontraba tomando cervezas en un pub con dos amigos ingleses. Siendo el caso que hasta entonces se me habían anticipado con celeridad inusitada a la hora de pagar la ronda, consideré que había llegado el momento de invitarles, no fueran a pensar que era un gorrón. Por eso, al servirnos una nueva ronda, y anticipándome a cualquier acción por su parte,  les anuncié que “esta ronda la pago yo”. Inmediatamente después de tan solemne proclama, hice el ademán coger la jarra con la evidente intención de sorber algo de cerveza. Antes de que mi mano la asiera, uno de ellos me replicó “pues, venga, paga”. Sólo entonces caí en la cuenta de que el camarero estaba detrás de la barra esperando el pago de la ronda.

“Vaya, lo siento, no sabía que aquí se pagaba en el mismo momento que te sirven”, les comenté después de haber efectuado el pago.“Claro, me replicaron, esto no es España. Aquí en Inglaterra todo el mundo se iría sin pagar”.

Quizás ahí estribe la diferencia entre los niveles de corrupción de unos y de otros.

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Xavier Massó

Licenciado en Filosofía y en Antropología Social y Cultural

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