Cuando Darwin se equivocó y triunfó

La creación de Adán, fresco de 1511 de Miguel Ángel en la Capilla Sixtina. / Wikimedia

Los actuales organismos terrestres no sobrevivieron por luchar a lo Rambo sino por todo lo contrario. La susodicha ley del más fuerte resulta hoy en día una presunción demasiado militar aplicada en evolución. Pelearse implica riesgos, lesiones y pérdidas. Por eso, y en nuestro planeta, son muchas las especies que eluden la lucha por razones obvias.

 

David Rabadà | Catalunya Vanguardista  @DAVIDRABADA

Nuestros ancestros primates, como gran parte de la biología terrestre, también redujeron su agresividad para sobrevivir más. Eso es lo que les demuestro a mis alumnos durante mis clases de evolución, algo que les confunde si vienen educados por una ESO o una Bachillerato parcos en conocimientos. Si por el contrario, y el instituto les brindó más enseñanza que competencias vacuas, la sesión me supera y debo dar el máximo. Para ello, y contraviniendo el orden curricular, en mis clases explico primero Darwinismo, lo que funciona, y después cito excepcionalmente el Lamarckismo, lo que fue contextual. Así los alumnos no se lían tanto y yo recibo mejores resultados en sus evaluaciones. En todo ello les hablo de lo que realmente importa para comprender la evolución, la reproducción.

El motor evolutivo real de la evolución no fue la fuerza bruta que algunos darwinistas sociales preconizan, sino otra capacidad

La evolución pocas veces se fundamentó en batallar a lo Mazinger Z o a lo Dark Wader. Las habilidades de las especies, y para brindarnos su acervo genético, fueron otras. El motor evolutivo real de la evolución no fue la fuerza bruta que algunos darwinistas sociales preconizan, sino otra capacidad. Pongo el ejemplo de la desaparición del neandertal frente a la irrupción de nosotros los gráciles.

Muchos autores han propuesto una imagen tribal y agresiva entre ambas variedades de Homo. En ella se interpreta que los sapiens exterminamos a los neandertales bajo el encuentro y la confrontación. Aunque jamás se haya hallado indicio alguno al respecto, este Caín mató a Abel proliferó entre muchos círculos e ideologías. En el mundo de hoy en día el tiempo se percibe como un presente mayúsculo. Por eso pensamos que las cosas suceden en breve y no durante milenios o millones de años.

Ya en 1758 Hutton se dio cuenta que la Tierra era más antigua de lo que La Biblia y sus expertos predicaban. Al observar en su Escocia que las formaciones geológicas sufrían de grandes pliegues, erosiones y posteriores deposiciones, dedujo que el tiempo terrestre aducía de grandes dimensiones. Pero los humanos, bajo sus emociones y miedo al cambio de paradigmas, se aferraron a lo seguro y conservador. Y este prejuicio humano por un tiempo corto y sin miras, nos conduce a interpretaciones parciales y equívocas ante la evolución. La desaparición de los neandertales ante los sapiens sirve a esta chacra.

No hubo una guerra entre neandertales y sapiens como un noticiario actual nos mostraría

De hecho, y bajo recientes datos de ADN, los neandertales no expiraron sino que se fusionaron genéticamente con nosotros durante un proceso que duró nada más que unos 5.000 años. En fin que hay que dejar que el tiempo transcurra para que los hechos demuestren su verdad. No hubo una guerra entre neandertales y sapiens como un noticiario actual nos mostraría. La explicación más parsimónica y demostrable fue la distinta tasa de reproducción.

 

De la Selección Natural a la Teoría Sintética de la Evolución

Entre las dos variedades de Homo, sapiens y neandertal, la primera lo hacía con mayor rapidez asimilando a la segunda durante aquellos 5.000 años. Es decir, el motor principal de la evolución no fue la lucha entre especies sino su tasa de reproducción. De este modo, y a tenor de los datos sobre genética, sapiens engulló a los neandertales bajo su mayor tasa de proliferación. Pero para analizar todo lo anterior cabe un remanso en las orillas de la Selección Natural y en su punto más débil, cuando Darwin se equivocó y triunfó.

En 1859 Charles Darwin fue pionero en romper con los prejuicios creacionistas del momento. Su idea de la Selección Natural irrumpió en una sociedad victoriana creyente en el fijismo aristotélico. Por aquel entonces la visión del mundo era que todo había sido bastante igual durante el devenir de los tiempos. No es que no hubiera dudas y pruebas de cambios drásticos, pero la mayoría estaba bajo las explicaciones bíblicas de sus hecatombes.

El Diluvio por Gustave Doré. / Wikimedia

El diluvio universal o los castigos divinos sustentaban las explicaciones de entonces. Darwin, y ante la evolución biológica y los cambios de especies, demostró una explicación de las muchas que vendrían. Así en 1859 publicó su Origen de las Especies y su Teoría de la Selección Natural. Aquello dilapidó el mundo establecido.

En 1930, y bajo otros conocimientos como la genética mendeliana, la paleontología y la sistemática surgió el Neodarwinismo. En este Darwinismo ampliado se describían más mecanismos para explicar los cambios de especies y variedades. Más tarde, y a mediados del siglo XX, otras disciplinas se sumaron a todo lo anterior para construir la vigente Teoría Sintética de la Evolución. Esta aportó más y mejores explicaciones para la evolución de nuevas especies.

En todo ello, y cabe insistir, Darwin sólo aportó el primer mecanismo, la Selección Natural, mientras que el resto vino después. Multitud de mecanismos demostrados hoy en día explican la evolución de los organismos. Todos ellos, Selección Natural incluida, pusieron en la palestra que la evolución darwiniana no siempre fue gradual entre una u otra especie (microevolución), sino que pudieron sobrevenir pasos rápidos con rasgos no adaptativos durante la evolución de las especies (equilibrio puntuado). En ello ingentes pruebas hay en la evolución biológica. Pero volvamos a la Selección Natural y a su error de base, que también su éxito.

El proceso de la Selección Natural se halla fundamentado en tres hechos que observó Charles Darwin. El primero que las especies invierten, y con miles de semillas y espermatozoides, ingentes esfuerzos en reproducirse. El segundo que la variabilidad dentro de ellas es tan amplia que permite que unos pasen la prueba del tiempo y otros no. Y el tercero, que muy pocos de los nacidos llegan a reproducirse.

Para Darwin quien sobrevivía devenía el más apto, aunque en ello pesaba un pensamiento circular que el padre de la Selección Natural no resolvió de manera satisfactoria

De ello Darwin concluyó que tras el paso del cronos sólo unas pocas variedades, no todas, logran perpetuarse en la evolución, es decir, que existe una selección sin que haya una mano directora al respecto, sólo el azar manda en ello. Para Darwin quien sobrevivía devenía el más apto, aunque en ello pesaba un pensamiento circular que el padre de la Selección Natural no resolvió de manera satisfactoria. Este fue el error y punto débil de la Selección Natural, que no el de la Teoría Sintética de la Evolución. Si el más apto sobrevive y quién sobrevive es el más apto, nos hallamos ante un pez que se muerde la cola, lo que en filosofía se llama una tautología. Viene a ser lo mismo que las eternas preguntas de quién fue antes, ¿el huevo o la gallina? O ¿qué hay más allá del polo norte?

 

Resolver pensamientos circulares

Todas las anteriores preguntas padecen de ser cuestiones mal planteadas. Para resolver estos pensamientos circulares sólo hay un método, definir los dos nodos, ver qué ocurre y cambiar la pregunta. Norte y sur son la misma Tierra, en donde la pregunta óptima sería qué geometría tiene el planeta para que desde el norte se llegue de nuevo al sur; huevo y gallina son también la misma especie donde la cuestión debería ser qué organismo fue el primero que se reprodujo por huevos; y finalmente sobrevivir y apto equivalen a lo mismo donde la pregunta debería ser por qué algunos organismos perduran y otros no.

Y la respuesta es que quien perdura no es siempre el mejor adaptado, ni el más luchador, ni el más agresivo, sino simplemente quien mejor se reproduce. A mayor tasa reproductiva, mayor posibilidad de perdurar. Por lo tanto no es asunto de apto o no apto sino de quién logra, por adaptación o no, permanecer más tiempo en un ecosistema millones de años. En fin, quien mejor se reproduce más garantías tiene de continuidad, algo que Darwin, y con éxito, también propuso.

Para resolver estos pensamientos circulares sólo hay un método, definir los dos nodos, ver qué ocurre y cambiar la pregunta

Todo ello explica que muchos rasgos de las especies no ostenten adaptación alguna pero formen parte de las variedades que se reprodujeron mejor. Los órganos vestigiales son prueba de ello y de un pasado antecedente que regaló a los organismos quienes son hoy en día.

Volviendo al Darwinismo, y a los prejuicios que le rodearon, cabe preguntarse por qué tardó tanto tiempo en aceptarse la Selección Natural y sus posteriores ampliaciones. En ello se hallan dos razones. La primera la herencia cultural del fijismo aristotélico durante toda nuestra historia occidental. Y la segunda nuestra herencia biológica donde los primates somos reacios a los cambios por mero deseo de seguridad y estabilidad. En fin que los humanos preferimos lo seguro heredado a lo nuevo cuestionado.

Ejemplos de ello se han sufrido durante toda la historia. Copérnico defendió con datos su heliocentrismo en el XVI pero no fue tímidamente aceptado hasta el XVII; Giordano Bruno propuso un universo infinito también en el XVI pero no fue hasta el XX que se discutió con profundidad; y finalmente el Darwinismo se presentó en el XIX pero hoy en día todavía algunos lo niegan. Los humanos somos emocionalmente conservadores bajo el deseo de la seguridad.

Llegados a este punto podemos volver a nuestra Evolución en la Tierra y darnos cuenta que esta se halla plagada de saltos, con o sin adaptaciones, más otros pasos graduales. En los próximos capítulos detallaremos todos estos cambios que configuran, entre prejuicios e intereses, la Evolución en la Tierra.

Este artículo es la continuación de una serie titulada “Evolución en la Tierra“, a cargo de nuestro colaborador científico, David Rabadà.

Entrega anterior: La evolución biológica y sus prejuicios (entrega 4)

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