Juergen Habermas

Juergen Habermas

 La creación contemporánea fue el centro de gravedad de la cohesión social durante los años del tardofranquismo y la primera transición

La cultura es un negocio, luego sálvese quien pueda

Por Xavier Marcé

Xavier_MarcéCuando Habermas afirma que la democracia está en juego, establece una interesante distinción entre crisis económica y crisis política, circunstancia que niega repetidamente la partidocracia tradicional. En el epicentro del pensamiento de este filósofo de la segunda generación de la escuela de Frankfurt subyace una formulación muy ilustrativa: el capitalismo postindustrial ha conseguido trasladar los conflictos de estabilidad de la economía a la sociología, lo cual justifica la libertad de acción de los grandes medios financieros y debilita los principios básicos de la democracia social y del Estado del Bienestar. El argumento repetidamente aducido es la falta de sostenibilidad de nuestro sistema de prestaciones sociales, hecho que se afirma al margen de la capacidad real de las grandes corporaciones para generar beneficios astronómicos. Ambos elementos deberían estar indisociablemente unidos, y, sin embargo,  se analizan por separado sin que ello suponga escándalo político alguno.

En este contexto debería extrañarnos poco que la cultura, entendida en este caso como un ámbito de actuación colectiva e individual que compete al Estado, esté sometida a un rápido proceso de liberalización y a una sutil pero continua campaña de desprestigio que legitima el abandono público de responsabilidades que creíamos sólidamente asentadas tras 30 años de democracia.

La cultura es un negocio, luego sálvese quien pueda en el marco de una economía de mercado. Esta podría ser perfectamente la conclusión sobre los acontecimientos que la afectan en los últimos dos o tres años.

Es cierto que la diversidad sobre la cual se asientan las políticas culturales españolas dificulta una unidad de actuación ideológica. Muchos municipios siguen manteniendo un trato deferente hacia la cultura con presupuestos combativos y algunas Comunidades la han convertido en materia privilegiada por razones turísticas o identitarias, pero la tendencia global, e incluyo con ello a la derecha y a la izquierda, está sujeta a  una progresiva desafección. Víctima o no de la progresiva consolidación de los mercados globales, la transición digital y la mercadotecnia mediática, lo cierto es que el espacio tradicional de la cultura está cada vez más ocupado por el entretenimiento y el show business.

Que la crisis es ideológica, no debería sorprendernos. Josep Fontana en su libro “Por el bien del imperio” analiza  con rigor el recorrido hacia la hegemonía del pensamiento neoconservador, tras 40 años de tozuda paciencia en los laboratorios teóricos norteamericanos. Hizo falta la caída del Muro de Berlín y el desmemoriamiento de la izquierda europea ante el valor decreciente del mito del socialismo real para que tales articulados triunfaran y llegara una etapa de éxito para las tesis de Leo Strauss, el padre del pensamiento neo-con. Es la austeridad que nos atenaza ante el miedo febril a perder lo que  tanto costó ganar; un miedo que hace serviles a las clases medias hegemónicas en Europa y reduce su capacidad de crítica hasta mínimos insospechables apenas hace unos decenios.

¿Cómo puede estar tan callada la cultura ante evidencias tan claras? Quizá porque está tan adocenada como las clases medias europeas, quizá porque el impacto del mercado global y las oportunidades de enriquecimiento personal generan desafección colectiva y reducen la responsabilidad social, quizá, en última instancia, porque la cultura tal como la hemos concebido y mimado a través de las políticas públicas europeas ha acabado como un simple escaparate de prestigio con escaso contenido crítico y sujeta a las reglas de juego de los grandes poderes mediáticos. Con toda seguridad algo de ello habrá, pero aún así, no sería respuesta suficiente ante una pregunta tan exigente.

La cultura, en tanto que lugar común de la reflexión y el pensamiento libre, debería ser capaz de encontrar con naturalidad un acomodo estable en una sociedad convulsa y en permanente estado de transformación. Sus espacios naturales, libres incluso de la agresión o la tentación permanente del mercado y la economía, deberían formalizarse en la Universidad, en las salas alternativas de todo tipo de expresión artística y obviamente consolidarse como un altavoz plausible de los movimientos sociales off-institucionales. Sin embargo, eso no es visible, o cuanto menos no lo es con la contundencia que sería menester. Por eso es posible afirmar que las cargas de profundidad contra la cultura no son casuales.

Jorge Luis Marzo señala que uno de los problemas que tienen que superar los creadores actuales es el exceso de institucionalización. La creación contemporánea fue el centro de gravedad de la cohesión social durante los años del tardofranquismo y la primera transición, papel que progresivamente se fue transfiriendo a los centros culturales públicos, en los cuales la planificación y los objetivos sociopolíticos redujeron a los artistas a un statu-quo subordinado donde la libertad y la reflexión crítica fueron ocupando un segundo plano. En los años 70 y los primeros 80 la cultura sustituyó a la política como espacio de encuentro y consenso social dado la extrema fragilidad de ésta, inmersa en un proceso constituyente. Que la cultura se sometiera poco a poco a los designios de la política es quizá uno de los principales problemas de nuestra endeble democracia.

¿Es recuperable esta pulsión crítica de la cultura ante una política a la defensiva que lucha permanentemente contra enemigos visibles e invisibles? Es una pregunta que no tiene una respuesta fácil a tenor del creciente peso de los escenarios mainstream que condenan la creación alternativa y rebelde a un estatus periférico.

La vida cultural española ha funcionado a remolque de las iniciativas institucionales que durante buena parte de la transición estuvieron comandadas por gestores comprometidos con el sector. Algunos de estos gestores se resisten, dentro de la Administración, al impacto acomodaticio del discurso anticulturalista; otros por cansancio o por convencimiento son cómplices del mismo.

En cualquier caso la respuesta sólo puede venir de un replanteamiento cultural. El cine, la música, el teatro, las artes visuales tienen la palabra, pero la auténtica respuesta no vendrá únicamente de la calidad y la responsabilidad de los contenidos sino de su capacidad para generar nuevos canales de distribución y exhibición que aseguren su independencia ante los inevitables monopolios mediáticos.

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