Cursos para neutralizar a los díscolos

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Por muchas fechorías que se padezcan en clase, uno no se amilana y se apunta a cursos que dicen cómo atender y resolver el planeta díscolo. La verdad, en ninguno de los que asistí me dieron soluciones mejores de las que yo, por experiencia propia o de otros, ya había adquirido. Es más, quienes imparten estos cursos suelen pertenecer a dos clases de expertos, a los que han huido de la clase, o a los que jamás la han pisado.

 

David Rabadà | Catalunya Vanguardista @DAVIDRABADA

Voy a exponer un curso para atender a los díscolos que resultó del todo sórdido. En un centro su dirección me asignó un grupo de bajo rendimiento, es decir, una clase muy defenestrada que nadie quería a su cargo. Para ayudarme con aquella tutoría, que el equipo directivo se negó a gestionar, la directora me aconsejó una formación sobre resolución de conflictos. El instructor del curso resultó ser algo sorprendente. A base de escucharle durante una sola sesión inferí que no era docente, sino periodista. Pero lo más flagrante resultó que no daba clases a más de treinta adolescentes como yo, sino que guiaba talleres de teatro en grupos reducidos, o sea, de seis púberes, ¿cómo iba a neutralizar a mis treinta díscolos con aquel curso? ¡Pero si el formador no sabía nada de centros educativos! Aun así, allí estaba, aconsejándonos cómo debíamos regalar felicidad a los alumnos para enseñarles valores.

–          Lo primero que hay que regalar a los alumnos es felicidad. Así hay que preguntarse lo siguiente, ¿qué es un valor? – inquirió el formador ante los asistentes. Algunos de ellos le siguieron la cuerda aportando sus opiniones durante más de media hora, en fin, que ya no daba él el curso. Al final no apareció definición alguna de valor y pasó a otro concepto con igual estrategia -. Y la felicidad, ¿qué creéis que es? – y volvió a ocurrir lo mismo durante media hora más -. Lo veis, la felicidad debe estar entre vuestros alumnos cada día en el aula. Debéis infundirla de manera inmediata sobre ellos y sin su esfuerzo -. Y ahora sí, tuve un irrefrenable instinto de levantar la mano y pedir la palabra.

–          Antes has hablado de valores y no hemos llegado a ninguna conclusión, pero ahora nos dices que debemos hacer felices a todos nuestros alumnos en cada clase -, me detuve y él asintió con la cabeza -. Pues si utilizamos el concepto de felicidad de Platón, y posteriormente de Ghandi, todo eso no encaja.

–          Perdona, ¿qué quieres decir? – por su mirada me di cuenta que ignoraba a tales pensadores.

–          Pues que ambos defendían una felicidad basada en el esfuerzo y la recompensa a la larga, pero nos dices que los chavales deben obtenerla sin apenas esfuerzo, algo que define lo que al principio no has resuelto, los valores. Con esfuerzo, mis alumnos dan valor a lo que consiguen y hallan felicidad en ello, ¿o estoy equivocado? – me miró y se puso nervioso, hasta le vi brillar la frente, y tras una pausa me respondió de manera totalmente aprendida.

–          Muy interesante tu aportación, eso es bueno, que participéis. De todas formas yo no estoy de acuerdo – y cambió de tema.

Yo, y a pesar de toda la presión de la directora, me negué a volver a aquel curso. Con una sola sesión ya tuve suficiente. Resultaba mejor preparar material para mi clase de adaptación curricular que asistir a aquellas sesiones inocuas. En mi despacho hacía lo que debía para neutralizar a mis díscolos, ganarme su confianza.

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En 2012 unos expertos propusieron impartir una materia más en la ESO, una de inteligencia emocional para doblegar a los díscolos, pero lo que realmente funciona es prevenir con un contexto familiar emocionalmente correcto. Y si este no existe, insisto, hay que ganarse la confianza de los púberes. Eso sí, sin regalar las cosas. En este sentido proponía a mis díscolos que produjeran para el colegio. Incluso aconsejé en un informe a la administración que estos disruptores realizaran trabajos tipo prestación social combinados con estancias cortas por el instituto. Ello podría resolver su nerviosismo sin violar la ley de los dieciséis como edad educativa obligatoria. El juez de menores de Granada, Emilio Calatayud, así dictó muchas sentencias sagaces. Este magistrado condenó a menores muy conflictivos con penas muy peculiares. Su intención con ellas era que tomaran conciencia de sus errores y de la reciprocidad social necesaria entre todos. Como el juez defendía.

<< Para educar a esa minoría conflictiva, la prestación laboral o social les forma >>

Él, con más de 12.000 casos tratados, ha sentenciado a díscolos con aprender a leer y a escribir, a servir el catering de paralíticos cerebrales, a trabajar en centros de atención para indigentes o ancianos, a ayudar en asociaciones de vecinos y hasta a alistarse en el ejército. En fin, que si no aprovechan el servicio educativo, que trabajen para la comunidad como formación educativa.

Un buen sistema puede educar a quien se deje, no a quien lo rechaza, ¿acaso sabría como curar a un drogadicto que se negara a asistir a una terapia?

Pero no sólo Calatayud ha dado soluciones. En la comunidad balear, en donde muchos profesores forman parte del gobierno, se dieron cuenta que en secundaria el principal fracaso escolar lo protagonizan los alumnos de 14 a 16 años, los que ya no quieren estudiar pero si incordiar al resto, ¿que tal, y sólo para esos escolares, una alternativa de tipo laboral, de prestación de servicios sociales o de aprendiz en una empresa? Un buen sistema puede educar a quien se deje, no a quien lo rechaza, ¿acaso sabría como curar a un drogadicto que se negara a asistir a una terapia?, ¿le obligaría a sabiendas que nada haría él por curarse? Añadamos que la ESO significa Enseñanza Secundaria Obligatoria pero en nada se obliga a estudiar a quienes se niegan a hacerlo, es decir, y como decía el profesor Ricardo Moreno.

<< La educación es obligatoria pero no es obligatorio estudiar >>

Parece de lógica potenciar vías de reinserción laboral ya a los 14 años, algo que los de la comunidad balear jamás vieron como una utopía. Lean sobre ello los proyectos PISE e ISLA implantados en Ibiza, algo que el propio Gobierno autónomo inició con gran aceptación y éxito para todas las partes, es decir padres, alumnos y docentes.

 

Cuentos para díscolos

Permítame que me extienda en el apartado de revoltosos y desafiantes. Éstos devienen el gran reto para la docencia. Así pues detallo lo que me ocurrió con otro grupo de defenestrados por dirección. Entre ellos decidí probar suerte con algo que en su casa no sucedía, les contaba cuentos. Intercalándolos en mis clases sucedía el milagro, sus endorfinas disminuían. De hecho eran leyendas encubiertas.

Decidí probar suerte con algo que en su casa no sucedía, les contaba cuentos. Intercalándolos en mis clases sucedía el milagro, sus endorfinas disminuían

Primero les leía un texto histórico en voz alta con el cuento que era un cuento, una técnica a la cual atendían ya que sus adultos no les regalaban fábulas en el hogar. Luego les pedía un intercambio de opiniones al respecto para reforzar el recuerdo de la historia durante el resto de la clase. En ello instigaba a mis, ahora sí, estudiantes, a construir internamente nuevos pensamientos y con ello a utilizar un vocabulario a menudo no utilizado, el culto. Al final les pedía una redacción corta, de cinco líneas, con la misma intención. Escribir refuerza la memoria, fija conceptos en la mente y enriquece el vocabulario. Y quisiera añadir algo en mi favor, mientras ese grupo ostentaba el récord de expulsiones con otros profesores, en mis sesiones era cero. Los cuentos domaban su enfado con el mundo.

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Con todo lo anterior no piense el lector que no sancionaba a mis disruptores, el problema era que el castigo llevaba demasiados cursos acostumbrándoles en su principal deseo, llamar la atención. Muchos, pobres, devenían revoltosos para alcanzar el protagonismo que en el hogar no ostentaban. Por ello, para no darles más personalismo, la punición la aplicaba en privado y lejos del resto del grupo. De esta manera no les regala vigor ante la clase. Y sí debía hacerlo, no esperaba demasiado a punir. Cuando alguien la hacía, la pagaba, pero no muy cara. Si uno espera a mañana a multar, un adolescente ya olvidó lo acontecido y se enfada al no comprender la sanción de lo pretérito.

 

Mi error con los revoltosos

Pero cuando empiezas a impartir clases sueles caer en uno de dos extremos, en el bueno de Sancho o en el malo de Sancho. Muchos docentes van muy colegas, el bueno de Sancho, y pierden la oportunidad con los díscolos. Otros, como yo, fuimos el malo de Sancho, y rebotaba a los revoltosos. En una ocasión, y en mi primer curso como profesor, me hallé ante un aula de octavo de la antigua EGB. Tras mi dura presentación como tutor muchos pensaron que iban a tener el peor curso de su vida. La escena se asemejaba a la del Sargento de Hierro de Clint Eastwood. Los alumnos no tardaron en apodarme el Terminator, y aunque en ese primer trimestre ya me gané su respeto y confianza, fui demasiado duro con alguno de ellos. En parte, la moral de aquella escuela, dura y tradicional, me imponía el personaje que representaba ante mis púberes. En una ocasión, y he tardado tiempo en recordarlo, un pintilla llamado Andrés, me vaciló cuando tocamos el tema de elegir delegado.

–          El delegado, como el curso pasado, voy a ser yo – irrumpió Andrés sin pedir la palabra.

–          Pues ahora ya no lo vas a poder ser – y así le prohibí ser el líder del grupo.

A Andrés no le hizo ninguna gracia aquello y todavía me lo recuerda en algunas cenas en donde coincidimos. La verdad, si esto me ocurriera hoy en día, no caería en soluciones tan drásticas. Con un simple, esperemos a ver lo que dicen tus compañeros, y la próxima vez pide la palabra al grupo, hubiera bastado. Mis disculpas Andrés. Ahora vayamos a algo muy útil para tratar a los adolescentes, llamarlos previsibles.

Este artículo forma parte de una serie titulada “Fracaso escolar o fracaso político“, a cargo de nuestro colaborador, David Rabadà.

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