De Ciudadanos a Podemos

Oasis de Timimoun, Argelia / Imagen: Wikipedia ( Autor)

 Lo que “el procés” esconde

 

 

Xavier Massó_editedX.M. / x.masso@catalunyavanguardista.com

Uno de los fenómenos más sorprendentes de todo el «procés» iniciado hace ahora dos o tres años, es sin duda la asunción acrítica, y consiguiente subordinación, por parte de la izquierda, del discurso maniqueo promovido por la derecha nacionalista en relación a la posición de la sociedad catalana con respecto a la independencia o a la permanencia en España. Una asunción que, como autorrefencia en contexto, equivale a la autodescolocación sin más. Y así le va. Un modelo falseado y dicotómico que sin duda se aviene con los intereses nacionalistas de una u otra bandera, y que la izquierda, entre acomplejada y descolocada, parece asumir sin más. Queda, eso sí, por ver cómo lo enfocará PODEMOS, pero no me cabe la menor duda de que si saben sacudirse este discurso, su éxito en Cataluña está garantizado.

Cómo se ha llegado hasta este punto requiere sin duda una explicación muy compleja, pero sospecho que ha influido en ello el mito mesetario según el cual la política catalana destaca por un fair play del que carece la española. Y esto se lo han creído por igual en la Cataluña ensimismada como en buena parte de la España más genéticamente anticatalana. Para autocomplacencia de unos y escarnio de otros. Un mito que, en realidad, consiste en una apariencia de finezza bajo la cual se esconde una praxis de férreo control social y clientelar, cuya cobertura es una concepción política provinciana y patrimonialista. Nunca hubo tampoco un oasis catalán, sino una poza hedionda con niveles de corrupción perfectamente homologables a los del resto de España, o incluso más. Porque si desde la propia Cataluña, los árboles no dejan ver el bosque, el bosque que se divisa desde España, impide a su vez ver algunos «arbolitos» más que significativos. Cierto que escándalos como los casos Palau o Pujol han agrietado seriamente este tópico, pero en gran medida la inercia se mantiene.

En Cataluña hay tres sectores claramente diferenciados: españolistas, independentistas y unionistas

Lo primero que hay que entender es algo que la izquierda parece no haber entendido todavía, y es que en Cataluña hay tres sectores claramente diferenciados: españolistas, independentistas y unionistas; en terminología más rigurosa: nacionalistas españoles, nacionalistas catalanes y no nacionalistas. Y asimilar los sectores no independentisas con el nacionalismo español, es la falacia dicotómica que interesa a ambos nacionalismos, ya sea el español o el catalán, porque así monopolizan el debate. Los españolistas son los más minoritarios, y se caracterizan por su anti-independentismo y visceral rechazo a la mera posibilidad de concepción de una Cataluña independiente como concepto susceptible de ser contemplado. Su antinacionalismo lo es sólo frente al catalán y lo que le es subyacente es la pura y simple negación de cualquier alteridad que amenace su rígido monolitismo conceptual. Es pura y simplemente anticatalán, sin más, a partir de una determinada concepción de España, tan mítica e infundada como la del nacionalismo catalán con respecto a Cataluña.

El ecosistema del españolismo se encuentra en la derecha española de siempre, el PP, y en el fenómeno autóctono de CIUDADANOS. En lo concerniente a CIUDADANOS, surgió como reacción a la radicalización nacionalista y, en un principio, pudo parecer un totum revolutum entre unionismo y españolismo, incorporando desde el simple no-nacionalismo hasta el españolismo más rancio, hacia el cual se ha ido deslizando para acabar como una simple marca blanca del PP. En su sincretismo fundacional puede encontrarse tal vez la razón de su incapacidad para producir un discurso político articulado. Una curiosa paradoja la de CIUDADANOS, ya que siendo uno de sus postulados fundacionales que a la sociedad catalana no le interesa la milonga nacionalista o independentista, sino los problemas reales, se dedican solamente a hablar de lo que precisamente, según ellos mismos, no le interesa a la sociedad.

El independentismo, sumamente activo y hegemónico, pero no mayoritario, ha engullido completamente al nacionalismo catalán. Dispone de todo el aparato de los medios de comunicación de masas, ya sea a través de la grosera manipulación de los medios públicos desde el poder, o mediante la subvención clientelista de los privados. Aun así, parece estancado y no acaba de alcanzar la masa crítica necesaria para poder ser, además de hegemónico, mayoritario. Hay también en este sector un porcentaje nada desdeñable de «independentistas de aluvión». Gente cuyo independentismo es sobrevenido, más bien coyuntural, y a falta de otras alternativas, funciona como válvula de escape del descontento por el deterioro y degradación sociales, así como también facilita el proceso adaptativo al discurso socialmente hegemónico que impone la inevitable interacción social cotidiana.

El unionismo es no-independentista, lo cual difiere mucho del simple y visceral anti-independentismo propio del españolismo

El unionismo es no-independentista, lo cual difiere mucho del simple y visceral anti-independentismo propio del españolismo. Es capaz de trabajar con categorías políticas más amplias y concibe la independencia de Cataluña como posibilidad a contemplar, pero la rechaza. Y ello no porque se sienta sentimental o políticamente vinculado al Estado español o a una determinada idea de España, que puede que también, sino, sobre todo, porque no considera la independencia como una opción objetivamente deseable. Consciente o inconscientemente, su modelo de organización política y social iría en la línea del patriotismo constitucional; el de Habermas, claro, no el de la cerrazón constitucional aducida como mero pretexto. El no-independentismo de este sector es, en cierto modo, objetivo y, muy probablemente piense, como Goytisolo, que si Cataluña fuera como Suecia o Dinamarca y España lo que es, la aspiración a la independencia no sólo sería razonable, sino plenamente justificada. Pero que no es este precisamente el caso… Es, creo, el sector mayoritario entre la ciudadanía catalana, pero está desestructurado y huérfano de voz, en un debate monopolizado por independentistas y españolistas.

Pero que esté huérfano de voz no significa de ningún modo que sus diferencias con el independentismo y con el españolismo no sean significativas. Y ello se detecta, por ejemplo, en la distinta valoración sobre un referéndum como, por ejemplo, el de Escocia. Si hacemos caso de las encuestas, parece que entre el 70% y el 80% de la población es favorable a la realización de una consulta realizada con las debidas garantías. El porcentaje de independentistas, en cambio, no parece, siguiendo a las mismas encuestas, que llegué más allá del 35% o el 40%.

Porque una cosa es que se acepte el derecho a que un pueblo, si así lo decide mayoritariamente, pueda separarse del Estado del que forma parte, y que esto merezca todo el respeto del mundo. Y otra muy distinta es que esto se propicie desde las mismas estructuras de un partido en el poder con una posición muy definida al respecto. Además, estoy convencido de que, como ya apuntó Pablo Iglesias, en una España que aceptara la posibilidad de secesión a través de un referéndum previsto en la constitución, muchos independentistas dejarían de serlo, y no sólo los de aluvión. Quizás precisamente por esto sea a lo que más le temen los dirigentes independentistas: a la mera posibilidad de que a través de un proceso constituyente se facilitara tal referéndum. Por eso tratarán de evitarlo con todas sus fuerzas.

Una cosa es aceptar la independencia de Cataluña como posibilidad, y otra muy distinta ser independentista

Y hay también algo que quisiera destacar: la adscripción al independentismo de muchos ciudadanos catalanes no ha sido el resultado de un trabajo de proselitismo cuidadosamente planificado y llevado a cabo por los partidos independentistas. Algo de esto hay, claro, pero nunca hubieran llegado a los niveles que han llegado de no ser por la inapreciable ayuda de los berridos anticatalanes de la derecha mediática y política, desde Jiménez Losantos hasta Zaplana, Rodríguez Ibarra o Monago, azuzando al odio contra todo lo catalán para cohesionar a sus propias parroquias. Y de las torpes prohibiciones de payasadas como la charlotada del 9-N. El independentismo, claro, ha sabido aprovecharlo arrimando el ascua a su sardina.

En definitiva, una cosa es aceptar la independencia de Cataluña como posibilidad, y otra muy distinta ser independentista. Quien consiga romper el monopolio del debate sobre Cataluña entre nacionalistas españoles y nacionalistas catalanes, puede hacerse con el voto no-nacionalista, que lo que está deseando precisamente es acabar con el hartazgo que produce este círculo vicioso. Lo hubiera podido hacer el PSC, pero ya no, víctima de sus complejos y de su avanzado estado de esclerotización. También lo hubiera podido intentar en su momento CIUDADANOS; le hubiera bastado con aplicar en Cataluña desde un primer momento, el discurso que está intentando hilvanar para toda España, pero aquí ha preferido ser una marca blanca del PP. La gran pregunta es ¿lo hará PODEMOS?

Los escalofríos que su sola mención parece producir tanto en tirios como en troyanos, da a entender que, como mínimo, tiene posibilidades de conseguirlo.

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Xavier Massó

Licenciado en Filosofía y en Antropología Social y Cultural

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