¿Democracia o “dictablanda” en el aula?

Imagen de Gerd Altmann en Pixabay

Sabemos que hoy día la letra con sangre ya no entra, ahora se intenta con Petit Suise, chocolate Kinder o los Donuts si te olvidaste la cartera. Si ser Robocop-dictador con los alumnos y alumnas puede ser malo, dirigirse al otro extremo resulta nefasto. Aristóteles decía que lo mejor entre dos extremos era el término medio, ni dictador ni la abuelita de Caperucita.

 

David Rabadà | Catalunya Vanguardista @DAVIDRABADA

Ser un blandengue con los chavales resulta un craso error, ya que no se puede ser colega de los alumnos el primer día y esperar que te respeten al siguiente. Primero hay que dejar claro que se es educador y que lo de amigos ya se verá el día que ellos sean adultos. Mi experiencia con docentes blandos se remonta a mis tiempos de estudiante. Sabíamos ya entonces, y ahora lo saben también, a quién tomarle por el pito del sereno, al blando, y a quién respetarle, el terminator bueno. Ya como profesor, el problema era otro. Recuerdo a muchos blandos que no se han hecho respetar. Ello provoca que su aula ruja en gritos y despropósitos. Resulta tal el ruido que a las clases vecinas nos es imposible disfrutar de nuestro silencio y atención, es decir, el blando no consigue impartir sus conocimientos y nosotros tampoco. Mi acción siempre ha sido la misma, hablar con el blando para ver cómo le puedo ayudar. Su reacción se me ha repetido curso tras curso.

<< Ya lo sé, hacen mucho ruido, pero es que no sé qué hacer. Es que no me quieren escuchar – ni aquel grupo ni todos los del centro – ¿Tú, cómo los mantienes tranquilos? >>

Lo grave de estos profesores débiles es que luego son los que más se quejan a los tutores y a la directiva de las faltas de respeto de sus alumnos. Es decir, no saben darse cuenta de su error

Y por más experiencias que les cuentes pasan las semanas y la cosa sigue igual o peor. ¿Conclusión con los blandos? No hay nada que hacer. Es más, muchos alumnos se andarán a perder ante la opción del jaleo y de la diversión. Lo grave de estos profesores débiles es que luego son los que más se quejan a los tutores y a la directiva de las faltas de respeto de sus alumnos. Es decir, no saben darse cuenta de su error. A veces incluso esperan y exigen que sean los tutores y la directiva quienes les resuelvan su falta de disciplina. En tal caso se haría un flaco favor al blando. Si yo intervengo en su clase haré que sus alumnos quizás se callen un rato, pero cuando abandone la clase, el débil quedará sentenciado de por vida por los alumnos, y una vez así, desautorizado, la clase jamás le tomará en serio. Al final este perfil de profesores suele acabar con ansiedad, histerismo y depresión, hasta de baja, y todo por no imponerse un poco al principio. De todas formas las leyes impulsan día a día más el perfil de docente colega que los terminators buenos.

 

El profesor amiguete por ley

Jesús decía de los niños, dejad que se acerquen a mí, pero no que le tomaran el pelo. Hay pedagogías que pregonan la igualdad entre alumnos y profesores bajo el precepto que se debe enterrar aquel docente franquista dictador de antaño a cambio de potenciar la democracia vigente. Pero la democracia se sustenta cuando unos adultos tienen iguales derechos y obligaciones para elegir. Entre alumnos y docentes no existe igualdad de derechos y obligaciones, ya que el docente educa y el pupilo adquiere aprendizajes.

El enseñante autoritario que estos teóricos atacan no fue en origen franquista, ya existía en la república, en la escuela bolchevique, e incluso mucho antes en la Babilonia del cuneiforme

No obstante, hay muchos teóricos y políticos progresistas, que jamás han pisado un aula, que defienden esa democracia en el aula. Y lo curioso del caso es que el enseñante autoritario que estos teóricos atacan no fue en origen franquista, ya existía en la república, en la escuela bolchevique, e incluso mucho antes en la Babilonia del cuneiforme. Bolchevique, fascista o anterior, aquel colegio de golpes y tortas era un extremo a evitar que quienes las recibieron pensaron en extinguir.

Por eso ahora hay algunos pedagogos teóricos que defienden que los docentes jamás deben proferir presiones a los alumnos, todo lo contrario, que deben regalarles total felicidad en el aula. Ni tan corto ni tan largo. Pero insisten estos expertos que los profesores deben transformarse en alguien cercano a los alumnos, es decir, un profesor progre y amigo de sus alumnos, aunque ya se argumentó con anterioridad que ser colega de un menor no asegura su confianza.

Si un adolescente ve a un adulto como a un camarada difícilmente le hará caso ante un consejo o petición. Conseguir que un grupo de adolescentes crea en un adulto reviste todo un arte que el educador debe manejar con gran pericia. El docente amigo de sus alumnos difícilmente alcanzará tal cima educativa, aunque, y como hemos comentado, sí podrá manipularlos y adoctrinarlos. El secreto de ser justo y enseñar verdades reside en ser objetivo y saber imponerse ganándose su confianza. Si los alumnos así acceden, se hallan ante una autoridad sin autoritarismo. Por desgracia la igualdad entre educadores y escolares que defienden algunos expertos ha hecho mella en mis alumnos.

–          Se lo diré a mi padre y ya verás cómo te pondrá luego el consejo escolar – me amenazaba un escolar un día en plena clase.

La democratización del aula, con su consecuente ausencia de autoridad, también llega a veces a la familia. Algunos padres influenciados por este progresismo mal entendido afirman que son muy amigos de sus hijos, en fin que la democracia se comprendió fatal. Para votar hay que saber y ser adulto, ¿o acaso defenderemos que nuestros alevines puedan votar al presidente del gobierno?, ¿se imaginan lo fácil que sería manipular su voto? Los educadores deben enseñar realidades y los escolares aprenderlas. Los primeros poseen libertad a cambio del peso de las obligaciones, los segundos deberían aprender el equilibrio entre ambas. Los profesores mejor algo conservadores por causa conocida y los alumnos revolucionarios por conocimiento de causa.

Algo muy parecido escribió el filósofo francés André Comte-Sponville. 

<< Sólo si somos culturalmente conservadores podemos ser políticamente progresistas >>

Y es que el progreso nace del esfuerzo y no del regalo perpetuo. Recuerdo el caso de una maestra, mi hermana sin ir más lejos, que para dejar claro el esfuerzo, pero sin imponer disciplinas arcaicas, se inventó un sistema del todo curioso y eficaz, los puntos verdes y naranjas. Con la lista de clase colgada en el tablón del aula, iba poniendo puntos de clorofila o de mandarina según lo aplicados que resultaban sus preadolescentes, verde para lo positivo, naranja para lo fallido. Al final ellos mismos, con o sin resquemor, iban al tablero y se autoadjudicaban sus puntos. Jamás la susodicha profesional utilizó tal competición para imponer notas, sólo resultó un juego en donde los infantes comprendieron sus obligaciones en el aula, no la democracia estatal de sus adultos.

Educar en libertad bajo la empatía y la confianza no debe significar educar bajo la dictadura del capricho, la tolerancia y el proteccionismo

En resumen, un sistema de enseñanza es democrático si asegura que no deja atrás a sus aprendices, algo que Finlandia y Estonia tienen muy claro. En estos tan aplaudidos sistemas educativos se practican tres premisas contrarias a la amistad con los alumnos: el conservadurismo, la profesionalidad y la autoridad. En definitiva educar en libertad bajo la empatía y la confianza no debe significar educar bajo la dictadura del capricho, la tolerancia y el proteccionismo, sino todo lo contrario, se debe educar bajo el esfuerzo para que los alumnos valoren lo que se aprende y quien lo enseña. Los expertos que promueven el aula democrática en donde todos los escolares opinen de todo siendo el docente uno más, confunden el argumentar con conocimientos, con el parlotear por ignorancia. Finlandia y Estonia tienen mucho que mostrarnos a los bravos ibéricos. Viajemos ahora un poco por estos países.

Este artículo forma parte de una serie titulada “Fracaso escolar o fracaso político“, a cargo de nuestro colaborador, David Rabadà.

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