Un coloquio internacional, celebrado y organizado por la UAH evidencia que no hay desafección hacia la política, sino a una forma de ejercerla.

¿Una enfermedad sin antídoto o un tópico?

.

UAH / Coincidiendo con la conformación de las corporaciones municipales de los Ayuntamientos y las asambleas de las Comunidades Autónomas, el Instituto de Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Alcalá y CAF – banco de desarrollo de América Latina celebraron un coloquio internacional sobre la desafección política y la gobernabilidad.

Pedro Pérez Herrero, director del IELAT, analiza las conclusiones del encuentro.

.
Profesor, ¿han encontrado una respuesta a las preguntas que se hacían en este coloquio?

La primera conclusión a la que hemos llegado en nuestras investigaciones y en el encuentro es que la desafección política es un fenómeno complejo con múltiples caras en las diferentes regiones del mundo que hemos analizado. Para comenzar, hay que explicar que no existe en términos generales un repudio de la política, sino un rechazo por parte de muchos ciudadanos a ciertas formas de hacer política.

Los políticos están alejados de la realidad y de la ciudadanía y los ciudadanos no se sienten representados

Las últimas elecciones municipales y autonómicas celebradas en España son un ejemplo claro de lo que acabo de decir. La gente vota, participa, se implica y defiende la política, la democracia, el Estado de Derecho, pero hay una desafección con respecto a un sistema democrático en el que campa la corrupción, los políticos están alejados de la realidad y de la ciudadanía y los ciudadanos no se sienten representados.

De todos modos, es un asunto que debe ser estudiado de forma profunda huyendo de simplificaciones y generalizaciones. No podemos hablar de un comportamiento homogéneo en las distintas áreas del mundo, ni siquiera dentro de los países.
Y es un asunto transversal en el que influyen las crisis económicas, el deterioro de la distribución de la riqueza, las consecuencias de la corrupción entre los políticos, de la falta de liderazgos, del hartazgo ante los partidos tradicionales…
.
Usted, como historiador, ¿ve estos cambios como una situación coyuntural o como una ida sin retorno?

Se trata de un cambio estructural. En España es evidente que es así. Y no hay que rasgarse vestiduras. Las nuevas propuestas de cambio no reclaman la revolución armada, sino el funcionamiento transparente de las instituciones. Demandan erradicar la corrupción, los privilegios, las desigualdades, los favores, las dinámicas de las sociedades estamentales clientelares que están arraigadas en el sistema.

Entre las nuevas propuestas resuenan las reclamaciones de algunos liberales de comienzos del siglo XIX

De hecho, entre las nuevas propuestas resuenan las reclamaciones de algunos liberales de comienzos del siglo XIX. Es cierto que el futuro no puede ser como el pasado porque hay un fenómeno nuevo, la globalización, que impide aplicar las viejas fórmulas a la nueva realidad. Y también hay unos nuevos medios de comunicación que permiten articular la participación de una forma más directa, pero sea lo que sea que nos depara el futuro, será mejor que el presente.

Lo que pedimos, desde este coloquio es que no nos empeñemos en ver solo el corto plazo, que pongamos las luces largas y entendamos que las sociedades queremos construir nuevos modelos y aferrarnos a ciertas formas de organizar la política no parece una buena estrategia; igual que no sería muy sensato deslizarnos por el tobogán sin saber a dónde vamos…
.
¿Hacia dónde vamos, entonces?

Ya está acuñado el término ‘glocalización’. Somos globales, formamos parte de estructuras internacionales, como la Unión Europea, y desde allí nos gobiernan en materias tan centrales como la economía; pero también somos locales y cada vez nos preocupa más lo que sucede en nuestro entorno más próximo y queremos participar en las decisiones que nos afectan.

No lo hemos tratado en profundidad en el coloquio, pero los historiadores pensamos que tanto la estructura internacional como la local cobrarán fuerza en detrimento de otras administraciones intermedias que duplican o triplican competencias y suponen un coste enorme a la sociedad.

.