Disruptores y holgazanes, ¿qué hacer?

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La cosa no es fácil, nada fácil. Cuando un alumno se planta y te dice que no quiere estudiar, su enseñanza se derrumba. Con todo cabe diferenciar quién no quiere estudiar al desear alcanzar algo, ser cantante por ejemplo, de quién no posee proyecto alguno. En el primer caso, y si luchan por ello, aprenden a esforzarse, en el segundo vale la técnica irlandesa del “push and pull”, apriete y estírele.

 

David Rabadà | Catalunya Vanguardista @DAVIDRABADA

Sin más discusiones fatuas se le eleva su nivel de exigencia sin dejarle espacio a más discusiones. Por el otro extremo se le ofrece refuerzos y ofertas de estudios más atractivos para cuando termine la ESO. Al menos, eso funciona bastante en Irlanda. Aquí, y sin una administración y familias coordinadas, resulta una lucha quijotesca contra molinos, sobretodo si son díscolos.

 

¿Su hijo díscolo?

Ahora se les llama disruptores. Cuesta a veces aceptar que un hijo es tal o pascual, pero si más de un docente lo dice, quizás lleve la razón. Detectar escolares de esta índole suele ser bastante fácil ya que llaman mucho la atención. Con alardes de gallardía, gritos y algunos, no me ralles, dan a conocerse ante el resto de asistentes. Ante tal reacción, y si el adulto denota miedo, ellos crecen en valor y osadía. Conocí una vez una directora blanda que se ganó por el instituto el apelativo de profesora Red Bull, ¿por qué? Por que daba alas a estos alumnos. La disciplina en ese centro resultó ser muy deficiente y sólo fue restaurada cuando cambió de nuevo la dirección. Por tanto, ante un díscolo que le amenace con un no me ralles, sepa que sí puede y debe rallarle. A veces en estos casos es bueno quedarse con ellos.

–          Oye tío, a mi no me ralles.

–          Cierto, no eres un DVD.

Aunque un docente es un rallador profesional y por eso tienen  el deber y la obligación de rallar al púber tantas veces como requiera. Estas situaciones de conflictividad se dan sobre todo entre los 14 y los 16 años. Estos alumnos antes se iban a la formación profesional o al mercado laboral donde sus despropósitos topaban en breve con un salario y unas obligaciones que les ablandaban la inmadurez. Por decisiones políticas la ley cambió y hoy en día los díscolos de entre 14 y 16 años viven encarcelados en la ESO perdiendo su tiempo y estorbando a los que sí quieren aprender.

Sabemos que los menores de dieciséis no pueden trabajar y que están obligados a permanecer en un centro educativo aún siendo díscolos. La ley sanciona asalariar a un menor de dieciséis siendo delito contratarle. Entonces hay que plantearse lo siguiente, cuando un alumno con catorce años ya no quiere seguir estudiando por más presión que se le aplique, ¿qué se hace? Pues se le obliga a permanecer dentro del aula dos años más y eso duele. Es obvio que esta normativa no permite a estos adolescentes trabajar, formarse y educarse. Pero aquí la administración pide milagros al centro educativo a sabiendas que el encarcelado no se estará quieto en el aula, todo lo contrario, reclamando su libertad de decisión, se dedicará a provocar e interrumpir la clase para llamar la atención. El aula se le convirtió en jaula, su potencial personal se desaprovechó y él se transformó en una fiera.

El posible aprendiz ataca y los profesores no somos domadores de leones ni asistentes sociales, solo simples formadores

El posible aprendiz ataca y los profesores no somos domadores de leones ni asistentes sociales, solo simples formadores. En fin, que sin atención alguna, los díscolos se dedican a molestar y provocar a to quisqui. Y ante el disruptor lo peor que hay es un profesor histérico. En el momento que un docente se pone a chillar nerviosamente para imponer su disciplina, el díscolo, al sacarle de sus casillas, ve ganada la partida. Para ello, y a veces, da buenos resultados la indiferencia ante el perturbador. Si éste busca el protagonismo no hay que alimentar su ego en demasía. Ignorar durante la clase las fechorías pequeñas suele ser efectivo. Sólo cuando cumpla con algunos de sus quehaceres se le puede ofrecer un leve reconocimiento pero, y muy importante, sin mirarle a los ojos. Así lo hacen algunos docentes. Que, ¿por qué? Pues porqué los humanos poseemos una mirada muy singular.

Nosotros tenemos el iris rodeado de blanco, la esclerótica. Este rasgo nos permite saber de lejos hacia dónde miramos. A la mayoría de mamíferos les es difícil al no poseer esta característica. Por tanto, si miramos a alguien le estamos diciendo que reconocemos su presencia pero en caso contrario que lo ignoramos. Esto es algo ancestral, instintivo. Si al alborotador no se le contempla se le niega la existencia, se le deja inconscientemente sin el protagonismo que desea, algo que ahora deberá ganarse de otra forma, si es posible sin fechorías. Téngase en cuenta que muchos turbulentos lo son por qué en casa no fueron atendidos ni controlados desde su infancia. El educador que les rete a ganarse su reconocimiento puede ganarse su confianza por la mera situación de mostrarse como un referente paterno que no poseen en el hogar.

El educador que les rete a ganarse su reconocimiento puede ganarse su confianza por la mera situación de mostrarse como un referente paterno que no poseen en el hogar

En fin, que lo único posible con los díscolos es tratar de ganarme su confianza y respeto para que no incordien a los demás, incluso dejarles leer revistas de su agrado, algo muy útil para su pobre ortografía. Aunque si la administración da recursos, se pueden organizar grupos por proyectos y actividades de aprendizaje adaptadas. Aunque con treinta o más alumnos por clase no se pidan milagros. Aun así, y a estos alumnos, es bueno aconsejarles que proyecten lo que quieren ser en su futuro próximo; que busquen trabajillos que potencien su equilibrio entre derechos y obligaciones; que ello les hará valorar más su esfuerzo; que les hará respetar a quienes tienen trabajos duros; que les acercará a comprender a los adultos, y que les estimulará lo que la adolescencia rompió, la confianza entre ambos. Y lo más sorprendente, te escuchan, sí, pero se les olvida al día siguiente. Y así, y fracaso tras fracaso, puede que sea nada malo que a los catorce años un adolescente ejerza de aprendiz en una empresa.

La enseñanza está siendo pagada por el estado, es decir, por todos nosotros, y es paradójico que un adolescente que no quiera aprovechar esa inversión la malgaste repitiendo curso, calentando una silla y minando los ánimos del grupo, ¿o acaso con la crisis sufrida le place pagar a alguien lo que no desea aprovechar?, ¿no sería mejor que el protoaprendiz pasara a formar parte del mundo laboral y así invertir lo que cotizaría en una enseñanza de mayores prestaciones?

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El Ministro de Educación y Ciencia en el 2007, Alejandro Tiana, declaró en abril de ese mismo año que en España las deficiencias del sistema escolar suponían para las arcas públicas un coste de 1.000 millones de euros al año para atender a los alumnos repetidores. Es decir, más de 30.000 millones de euros en lo que llevamos de la ESO. Dicho esto, ¿no les parece que el mundo de la educación está más que vinculado a nuestro universo económico? Si una empresa hiciera lo que hacen los centros educativos caería en bancarrota bajo el enfado justificado de sus accionistas. Quizás haya que diseñar cursos para los díscolos y a eso vamos en breve.

Este artículo forma parte de una serie titulada “Fracaso escolar o fracaso político“, a cargo de nuestro colaborador, David Rabadà.

Entrega anterior: Los intereses de los adolescentes (16)

2 Comentarios

  1. Me parece que el término usado como “rallar” (‘rallar el pan’, por ejemplo) debiera haberse utilizado como “rayar” (‘dibujar rayas’ en un papel o en el suelo, por ejemplo).

  2. Cierto, pero muchos alumnos dicen rallar y no rayar. Habrá que insistir en rayar en su vocabulario.

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