«El Barón Rojo»

Manfred von Richthofen, el Barón Rojo. / Wikimedia

Tal día como hoy… 2 de mayo de 1892 nacía Manfred von Richthofen «El Barón Rojo»

 

El 2 de mayo de 1892 nacía en Breslau (Imperio alemán, actualmente Polonia) Manfred von Richthofen, conocido posteriormente como «El Barón Rojo», probablemente el piloto de combate más famoso de la historia por su participación en la I Guerra Mundial. Su muerte en combate favoreció la creación propagandística de su aureola como mito.

 

CV / Desde los discursos nacionalistas, patrioteros y totalitarios, bien arropados por el romanticismo, en cualesquiera de sus múltiples avatares históricos, la guerra siempre se ha vendido como el lugar del heroísmo y de la gloria. Lo de Théophile Gautier proclamando abiertamente aquello de “Je prefère la barbarie plutôt que l’ennui” queda, en todo caso, para consumo de vanguardistas ociosos, pero no sirve para que el común de los mortales vaya de buena gana a jugarse el pellejo en una guerra que ni le va ni le viene. Así que, desde siempre, los poderes se han ocupado muy cuidadosamente de dotar a la guerra de un halo que pueda convertir en atrayente algo que es en sí un auténtico culto necrófilo.

Desde los discursos nacionalistas, patrioteros y totalitarios, bien arropados por el romanticismo la guerra siempre se ha vendido como el lugar del heroísmo y de la gloria

Ha sido así desde siempre; desde que Aquiles se decidió por una vida de guerrero que sabía que sería corta, a cambio de alcanzar la gloria imperecedera en la memoria de los hombres. A este halo romántico subyacen, por supuesto, intereses, ambiciones y codicias mucho más prosaicas e inconfesables. Pero la muerte heroica en la guerra siempre se ha vendido como el mayor honor alcanzable por un hombre: sacrificarse por su comunidad, por su rey, por su pueblo, por su religión o por quién sea.

La figura del Barón Rojo es un paradigma de adaptación de este discurso «moral» a una realidad especialmente sórdida y degradada como fueron los escenarios de la I Guerra Mundial, la primera guerra de masas, movilización masiva y muertes a millones. Hasta entonces, las guerras se habían resuelto por lo general a base de campañas y batallas localizadas. El arma aristocrática y glorificada por excelencia había sido desde siempre la caballería, ideal redivivo de los valores del modelo medieval caballeresco.

La infantería era para los pobres, la carne de cañón. Pero en realidad, la caballería era desde el siglo XVI más bien poco útil, al menos sin el concurso de la infantería y la artillería. Pero aun así, se las arregló para fabricar leyendas como la carga de la caballería ligera inglesa en la Guerra de Crimea (1853-1853). En una anticipación de la guerra de masas como fue la Guerra de Secesión (1861-1865) en los EEUU, la caballería ya solo sirvió en la práctica como transporte rápido de infantería: con la precisión que alcanzaron los fusiles, un hombre a caballo era un blanco demasiado fácil.

Con la I Guerra Mundial, las trincheras convirtieron la caballería en definitivamente obsoleta. Así que había que inventar otra cosa. Y el invento fue la aviación

Con la I Guerra Mundial, las trincheras convirtieron la caballería en definitivamente obsoleta. Así que había que inventar otra cosa: la sordidez de la guerra de trincheras y las carnicerías requerían de un relato romántico que, de alguna manera, la infantería que se pudría y moría en las trincheras pudiera mimetizar. Y el invento fue el relato de la aviación, más concretamente el del aviador. Y el mito por excelencia, entre la pléyade de nuevos caballeros del aire, fue precisamente Manfred von Richthofen, el Barón Rojo.

El mito del Barón Rojo se construye en este contexto, el del espacio para una nueva aristocracia militar donde, por encima de la mugre infecta de las trincheras, todavía se puede llevar a cabo una guerra «limpia» entre caballeros. Algo que el propio Richthofen parece ser que tuvo muy claro, cuando abandonó la caballería porque no servía para nada, pero tampoco le convenció su paso por la infantería porque la muy aburrida. Era de una familia de jünkers –aristócratas agrarios alemanes- y estaba imbuido de todos y cada uno de los valores militaristas clásicos. Y cultivó este halo caballeresco de los combates aéreos pintando con colores vivos los aviones de su escuadrilla para que fueran bien visibles: ellos no eludían el combate. Por esto, y por desplazarse los aviones en ferrocarril hasta la zona del frente, a su escuadrilla se la denominó el «flying circus».

De todos los pilotos, aliados y alemanes, que participaron en la guerra, fue el que más enemigos abatió, probablemente más de 80 en toda la guerra

De todos los pilotos, aliados y alemanes, que participaron en la guerra, fue el que más enemigos abatió, probablemente más de 80 en toda la guerra. Bueno, en toda la guerra no, porque para que surja un mito ha de haber muerto. Su avión fue abatido en Vaux-sur-Somme el 21 de abril de 1918. Siguiendo con el ritual caballeresco, fue enterrado con todos los honores militares por los británicos. Oficialmente, fue abatido por un piloto canadiense, Roy Brown, que incluso escribió un libro relatando el lance.

Pero investigaciones más recientes apuntan a que probablemente el canadiense mintió más que el barón Münchhausen, y que en realidad murió por el disparo de un soldado de infantería australiano, que disparó desde tierra una bala del calibre 7,70mm, que entró por el lado derecho del pecho, atravesando pulmones, hígado, corazón, la arteria aorta y la vena cava, antes de su avión se estrellara. Murió pues por el disparo de un soldadito de infantería. Toda una ironía.

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