El bipedismo humano ¿ancestral o novedad evolutiva? 

El bipedismo fue algo ancestral que provino de un pasado arborícola con poco poder adaptativo

Artículo anterior: El Darwinismo, lucha y prejuicios (entrega 6)

La primera vez que escuché que nuestro bipedismo procedía de uno de ancestral arborícola no lo creí. Corría el año 1999 y mucha gente se hallaba más preocupada con el inminente cambio de milenio que por las nuevas tendencias evolutivas, un cambio de milenio totalmente falaz al no conocerse la fecha exacta del nacimiento de Cristo.

 

David Rabadà | Catalunya Vanguardista  @DAVIDRABADA

Lo del 25 de diciembre fue una estimación que se estableció en el siglo VI. Durante aquella centuria, y hundido por completo el Imperio Romano y su calendario, urgió crear uno de nuevo. Bajo el mandato del Papa Juan I, un humilde monje iletrado que estaba a las órdenes del vaticano, hizo lo que buenamente pudo.

Dada la era cristiana en la cual se vivía, el nuevo calendario debía ajustarse al nacimiento de Cristo, pero primer problema, nadie tenía ni la más remota idea de cuando se encarnó éste. Dionisius Exiguus, nuestro monje, bajo la presión papal y el encargo impuesto, aproximó la onomástica al vigente 25 de diciembre. Esta fecha, y con intencionalidad, sustituía el aniversario de otro Dios que muchos paganos celebraban y que los cristianos querían asimilar, el nacimiento de Mitra. Y la historia y la evolución son eso, avanzan y borran con lo que tienen para que lo antecedente condicione lo consecuente. Con ello se cometen muchos errores pero los hechos siguen fluyendo a lo largo de la flecha del tiempo.

Y he aquí mi ejemplo en aquel 1999. Me enteré que nuestro bipedismo no era ni una adaptación exclusiva nuestra, ni un rasgo evolutivo novedoso, y ni mucho menos de nuestro linaje. En fin, que no me lo quise creer durante los primeros minutos de aquella conferencia en el Cosmocaixa de Barcelona. Fue la tesis del doctor Salvador Moyà con su Oreopithecus de unos 8 millones de años la causa de mi desazón. Así lo publicó Mike Köhler en Proceedings aquel 1999. En ello mis prejuicios nublaron mi perspectiva sin darme cuenta que mi árbol ensombrecía el bosque entero.

Sabana africana, el hábitat donde supuestamente se desarrollaron los primeros homínidos bípedos / Wikimedia

Debía dejar mis prejuicios a un lado y leer con atención los datos expuestos. Aún así el mundo no estaba preparado para ello. El simio europeo Oreopithecus era ese candidato bípedo y no humano. Más tarde en el 2000 apareció en Kenia el hombre del milenio, el Orrorin tugenensis, un simio omnívoro y de bosques densos que con 6 millones de antigüedad andaba eventualmente erguido con menos de 1,5 metros de altura. Y finalmente en 2007 el estadounidense Aaron G. Filler, que trabajaba en el Museo de Zoología Comparada de Harvard, propuso que un antiguo simio de 21 millones años, el Morotopithecus bishopi, fue uno de los primeros en caminar sobre dos patas. Así lo publicó en la revista PLoS ONE.

Todos ellos representaban un bipedismo arborícola muy anterior al de campo abierto típico de Homo y otros afines

En conjunto todos ellos representaban un bipedismo arborícola muy anterior al de campo abierto típico de Homo y otros afines. Pero además todos estos bípedos arborícolas ancestrales eran inferiores al metro y medio de estatura, sin cola, con brazos largos, clavícula ancha, manos largas, pulgar corto, más un extremo dimorfismo sexual entre machos y hembras, es decir, los machos competían por su derecho al apareamiento y a la reproducción. Por ello los sementales eran el doble de pesados que sus consortes, algo que todavía ocurre con los simios actuales a excepción de nosotros y los bonobos. En estos últimos, con un sexo compartido o en pareja, las luchas entre machos rivales ya no resultan necesarias y por ello nuestro dimorfismo sexual es bajo.

El actual andar erguido sobre dos piernas no parecía ser una novedad evolutiva en nuestra evolución, más bien todo lo contrario

En resumen, el actual andar erguido sobre dos piernas no parecía ser una novedad evolutiva en nuestra evolución, más bien todo lo contrario. Habíamos heredado un rasgo arcaico de unos simios bípedos y arborícolas. Todo ello chocó con la obsesión de interpretar todo rasgo biológico como una adaptación a algo. Esta obstinación de buscar causa y efecto bajo la adaptación nos cierra los ojos ante otras opciones. Heredamos caracteres con o sin utilidad, y en ello los rasgos vestigiales demuestran lo segundo (ver: La evolución, mitos y prejuicios).

El debate del bipedismo humano, y en su origen, quizás se halle en este contexto. Si nos cayó el bipedismo por herencia desde unos ancestros arborícolas que lo poseían, es que simplemente no lo necesitábamos de inmediato. El andar erguido resultó llanamente algo arborícola y ancestral que millones de años más tarde evolucionó con grandes ventajas para nosotros. Y aunque nuestra visión de la evolución humana ha sido tan antropocéntrica que deseamos creer en un andar erguido exclusivo, adaptativo desde nuestros orígenes, y propio en nuestra estirpe, pues eso, nada de nada. Es más, todo ello ha lastrado de prejuicios nuestras interpretaciones durante lustros, si es que todavía no lo sigue haciendo.

En la mayoría de libros de divulgación genérica se afirman tres falsedades con respecto a nuestro bipedismo

En la mayoría de libros de divulgación genérica se afirman tres falsedades con respecto a nuestro bipedismo. La primera que nuestro andar erguido es un carácter propio y diferencial de nuestra estirpe, la segunda que provino de seres que andaban sobre nudillos como los actuales chimpancés y gorilas, y la tercera, que estos ancestros fueron descendientes de simios cuadrúpedos arborícolas. Pues esta visión ordenada y escalonada de nuestra evolución se ha estampado una y otra vez con los fósiles hallados. Es decir, y de nuevo, los hechos desmienten nuestros prejuicios.

Como decía el filósofo polaco Leszek Kolakowski, el pasado puede ser conjurado, pero nunca puede ser anulado. Por ello es fundamental dejar por escrito los hechos para que prevalezcan. El historiador ruso Simón Dubnow, y ante la destrucción del barrio judío de Riga en Letonia dijo: escribir y recordar. Algo que San Isidoro ya proclamó mucho antes con su verba volant, scripta manent – la palabra vuela, el escrito permanece. Vamos a ordenar y escribir los hechos de nuestro bipedismo para deshacer los prejuicios que hasta el momento los cementan.

 

El bipedismo fue algo ancestral

Primero cabe recordar que entre aves, canguros y muchos dinosaurios, nuestra bipedestación ha sido una más en la naturaleza. Es decir los dos tipos de bipedismo de los simios, el arborícola y el de campo abierto, fueron de los últimos en pisar la Tierra. Pero en segundo lugar hay que aceptar que nuestro bipedismo marchador es herencia de uno de arborícola heredado y ancestral cuyos protagonistas no eran ni cuadrúpedos ni nudillistas. Es decir, y en contra de aquellos expertos que creen que el bipedismo devino como un rasgo derivado exclusivo nuestro, pues simplemente no fue verdad.

Así el bipedismo téngalo claro, no fue una novedad evolutiva nuestra, simplemente nos llegó de nuestros ancestros y luego nos fue muy bien

Nuestro andar erguidos provino de un rasgo ancestral. Equivaldría a pensar que nuestra generación inventó la electricidad pero que ésta ya la habían descubierto los egipcios unos cuatro mil años atrás. Así pues, la electricidad, tecnológicamente hablando, no fue una novedad sino una herencia ancestral. En su origen egipcio no pareció gozar de grandes aplicaciones y adaptaciones aunque hoy en día se halla por todas partes y artilugios. La heredamos del pasado con utilidad supuesta pero evolucionó en plenitud mucho más tarde.

Así el bipedismo téngalo claro, no fue una novedad evolutiva nuestra, simplemente nos llegó de nuestros ancestros y luego nos fue muy bien. El bipedismo fue algo ancestral que provino de un pasado arborícola con poco poder adaptativo. Luego, y con el transcurso de millones de años, le supimos sacar gran provecho. Cabe ahora repasar las teorías que intentaron explicar el bipedismo como una gran y exclusiva adaptación humana. Ello nos transportará a nuevos avances, evitará grandes prejuicios y nos permitirá proponer mejores preguntas. Y como decía Leibniz, casi no hay una paradoja sin utilidad.

Este artículo es la continuación de una serie titulada “Prejuicios y Evolución Humana“, a cargo de nuestro colaborador científico, David Rabadà.

Entregas anteriores:

Prejuicios y evolución humana (1)

Parientes fósiles humanos ¿pocos o demasiados? (2)

El concepto de homínido, ¿realidad o prejuicio? (3)

La falsedad de los árboles evolutivos (4)

La evolución, mitos y prejuicios (5)

El Darwinismo, lucha y prejuicios (6)

 

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