Universidad de Bolonia / Wikipedia

¿Debate académico o económico?

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Xavier Massó_editedX. M / x.masso@catalunyavanguardista.com

Hay algo que me parece necesario resaltar de la mayoría de reacciones que ha suscitado la propuesta de reforma de los estudios universitarios realizada por el ministro del ramo. Me refiero a la no discriminación entre dos órdenes distintos de crítica que deberían abordarse por separado, y cuyo solapamiento nos desvía del que debería ser el auténtico debate sobre dicha propuesta. Estos dos órdenes son el académico, por un lado, y el económico, o su  impacto socioeconómico, por el otro. Un solapamiento que tal vez no sea tampoco inocente por parte de ninguno de los bandos en liza, pero que me parece ineludible denunciar si queremos evitar la confusión y la demagogia a la que estamos asistiendo en relación a la polémica que se ha generado sobre el tema. Como mínimo si aspiramos a entenderlo.

Porque una cosa es la pertinencia, o no, de una modificación de la estructura de las titulaciones universitarias, y  otra muy distinta el encarecimiento que dicha modificación comporte para sus usuarios. En el primer caso estamos ante un debate académico; en el segundo, ante un tema económico de impacto social innegable. Y lo que no se puede hacer, o  no se debería hacer, es pretextar la prioridad de uno de dichos órdenes con la finalidad de conseguir ciertos objetivos que caen en el dominio del otro. Y esto es precisamente lo que a mi parecer se está produciendo.

La propuesta del ministro Wert consiste en adaptar los planes de estudio y titulaciones universitarias a los acuerdos de Bolonia

En el orden más estrictamente académico, la propuesta del ministro Wert consiste en adaptar los planes de estudio y titulaciones universitarias a los acuerdos de Bolonia, que en su momento se subscribieron para homologar el espacio universitario europeo. Dichos acuerdos establecían un primer tramo de estudios, el Grado, cuya duración sería genéricamente de tres años, y un segundo tramo, el máster, de dos años de duración, en adelante 3+2. La idea implícita a dicho modelo 3+2 establecía conceptualmente tres años de grado cuyos contenidos serían genéricos y propedéuticos, por supuesto dentro de la especialidad y en relación a ella. A su vez, los dos años de máster tendrían un carácter claramente de especialización. Quedaban fuera de este modelo las carreras llamadas «estructuradas», como Medicina, Arquitectura o ciertas ingenierías.

Por razones que ahora sería excesivamente prolijo detallar, y sobre las cuales sólo diremos que no les eran en absoluto ajenas ni la endogamia universitaria ni ciertos intereses nada académicos-, aquí se optó por un modelo 4+1. Es decir, se encogieron las antiguas licenciaturas, de cinco a cuatro años, y se estableció un año académico de duración para los másters. Con ello, no sólo no se aplicaba el espíritu de los acuerdos de Bolonia, sino que se desvirtuaba además la estructura de las titulaciones existentes hasta entonces. Porque en este modelo 4+1, la homologación de las antiguas licenciaturas a los nuevos grados llevaba «regalo» incorporado: no sólo los grados eran de menor enjundia académica que las licenciaturas con las que se homologaban, sino que, además, no facultaban para ejercer profesionalmente sin la posterior realización del correspondiente máster. Y mientras el coste económico de los grados se mantenía más o menos a los niveles anteriores de las licenciaturas, el de los másters, ahora fácticamente obligatorios, se triplicaba, o más, con respecto a aquéllos.

En conclusión, con anterioridad a la implantación del modelo 4+1 implantado supuestamente en aplicación de los acuerdos de Bolonia, había en España, básicamente, dos niveles de estudios universitarios, las diplomaturas y las licenciaturas -o técnicas y superiores en carreras técnicas-. El tránsito de las primeras a las segundas y las homologaciones que comportaban estaba, a su vez, debidamente establecido. En el resto de carreras de cinco años, la estructura formal de primero y segundo ciclo se mantenía, pero sin validación académica y sólo a efectos de organización curricular de los planes de estudio y; más generalista el primer ciclo, y de especialización el segundo -luego, en tercer ciclo, venían los postgrados, los másters y los doctorados-. Es decir, un modelo 3+2 como el que Bolonia requería y desde el cual hubiera sido muy fácil amoldarse con sólo algunos cambios formales, en muchos caso meramente nominales. Y esto es en definitiva lo que propone el Ministerio.

En cambio, a partir de la aplicación sui generis que aquí se hizo de los acuerdos de Bolonia, la cosa quedó como sigue: cuatro años de grado, homologados a las antiguas licenciaturas de cinco y que requieren posteriormente de un máster, si de ejercer profesionalmente se trata, cuyo precio es mucho más elevado. Total: cinco años como antes, pero más caros debido al año del máster. Es decir, se devalúa la licenciatura jivarizándola a un grado que, a su vez, requerirá de un máster igualmente devaluado a quinto curso de licenciatura. Y todo este desatino amparándose en unos acuerdos de Bolonia que establecían un modelo 3+2 como el que ahora se propone (re) implantar y al cual, mutatis mutandi, era mucho más adaptable el anterior sistema que el actual, impuesto con el paradójico pretexto de cumplir con Bolonia ¿Es posible mayor despropósito?

Visto lo visto, y que el inédito modelo 4+1 no sólo no se adapta a Bolonia, sino que tampoco ha producido ninguna especial revolución cualitativa en el nivel académico de nuestras universidades -siguen igual o peor en los rankings internacionales-, no parece descabellada la propuesta del ministro de plantearse la implantación de un modelo 3+2. Hasta diría que parece, de entrada, más que juicioso. Pero todo esto, claro, desde el plano estrictamente académico. ¿Qué hay del plano económico?

Pues parece que lleva también regalo añadido. O lo que es lo mismo, pecuniariamente hablando, el hasta ahora cuarto curso de grado se reconvierte a primero de máster y triplica su precio. Formalmente, se vuelve al modelo 3+2. Todo sigue sumando cinco, menos el precio. ¿Será para eso para lo único que habrá servido el inédito paseo por el 4+1? ¿Para volver al 3+2 al doble de precio que antes? Mucho me temo que sí.

Una cosa es que el modelo universitario deba ser un 3+2 o un 4+1, y otra muy distinta es que por lo mismo me doblen el precio

Una cosa es que el modelo universitario deba ser un 3+2 o un 4+1, y otra muy distinta es que por lo mismo me doblen el precio. Yo soy ciertamente partidario del 3+2, y en según qué casos de un 3+3. Pero esta es una cuestión académica. Y me da igual de quién provenga la propuesta, si del Sr. Wert o del mismísimo Sursum Corda. Pero lo que no es admisible es que por lo mismo, cambiando la duración de los tramos que lo componen, ahora me cobren tres veces más por uno de estos tramos. Es la segunda vez que se utiliza un cambio académico como pretexto para aumentar las tasas universitarias. La primera fue implantar el 4+1 amparándose en las  pretendidas homologaciones impuestas por Bolonia; la segunda, ahora, para corregir la falsa homologación. Y por el camino, se duplica como mínimo el precio.

El revuelo que esta propuesta de reforma ha levantado, y las torpes e indiscriminadas críticas que se le dirigen, no hablan muy bien, la verdad, de aquellos que las emiten. Pero es cierto también que tampoco parece asumible que un simple cambio nominal se utilice para encarecer el producto. 3+2 o 4+1, suman cinco al fin y al cabo.

Discutamos y debatamos pues si es más coherente un modelo 3+2 o el vigente 4+1. Pero no confundamos el plano académico con el económico. Y para obviar el segundo, es muy fácil. Si hasta ahora cualquier estudio universitario que se precie requería del cómputo global 4+1=5, que el precio resultante de la aplicación del 3+2=5 sea el mismo que hasta ahora costaban los 5 años del 4+1. Es una operación aritmética muy simple.

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