El Darwinismo, lucha y prejuicios

En 1859 Charles Darwin fue pionero en romper con los prejuicios creacionistas del momento / Pixabay

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Nuestros antepasados no sobrevivieron por luchar a lo Stallone sino por todo lo contrario. La susodicha ley del más fuerte resulta hoy en día una presunción demasiado militar aplicada en evolución.

 

David Rabadà | Catalunya Vanguardista  @DAVIDRABADA

Pelearse implica riesgos, lesiones y pérdidas. Por eso, y en nuestro planeta, son muchas las especies que eluden la lucha por razones obvias. Nuestros ancestros, como parte de la biología terrestre, también redujeron su agresividad para sobrevivir más. Eso es lo que les demuestro a mis alumnos durante mis clases de evolución, algo que les confunde si vienen educados por una ESO o una Bachillerato parcos en conocimientos.

Si por el contrario, y el instituto les brindó más enseñanza que competencias vacuas, la sesión me supera y debo dar el máximo de mí mismo. Para ello, y contraviniendo el orden curricular, en mis clases explico primero Darwinismo, lo que funciona, y después cito excepcionalmente el Lamarckismo, lo que fue contextual. Así los alumnos no se lían tanto y yo recibo mejores resultados en sus evaluaciones.

El motor evolutivo real de la evolución no fue la fuerza bruta que algunos darwinistas sociales preconizan, sino otra capacidad

Pero volviendo al éxito evolutivo de nuestros parientes cabe insistir que este no se fundamentó ni en Mazinger Z ni en Rambo. Sus habilidades, y para brindarnos su acervo genético, fueron otras. El motor evolutivo real de la evolución no fue la fuerza bruta que algunos darwinistas sociales preconizan, sino otra capacidad. Pongo un ejemplo que se abordará en secciones venideras, el caso de la desaparición del neandertal frente a la irrupción de nosotros los gráciles.

Muchos autores han propuesto una imagen tribal y agresiva entre ambas variedades de Homo. En ella se interpreta que los sapiens exterminamos a los neandertales bajo el encuentro y la confrontación. Aunque jamás se haya hallado indicio alguno al respecto, este Caín mató a Abel proliferó entre muchos círculos e ideologías. En el mundo de hoy en día el tiempo se percibe como un presente mayúsculo. Por eso pensamos que las cosas suceden en breve y no durante milenios o millones de años. Ese prejuicio humano nos conduce a interpretaciones parciales y equívocas ante la evolución humana. La desaparición de los neandertales ante los sapiens sufre de esta chacra.

No hubo una guerra entre neandertales y sapiens como un noticiario actual nos mostraría

Hay que dejar que el tiempo transcurra para que los hechos demuestren su verdad. No hubo una guerra entre neandertales y sapiens como un noticiario actual nos mostraría. La explicación más parsimónica y demostrable, como veremos, es la distinta tasa de reproducción entre estas dos variedades de Homo. Es decir, el motor principal de la evolución no fue la lucha entre especies sino su tasa de reproducción. Para analizar este hecho cabe un remanso en las orillas de la Selección Natural y en su punto más débil, en su error, el quién sobrevive.

La evolución humana se halla plagada de saltos, con o sin adaptaciones, que definen bastante bien una evolución en mosaico / Pixabay

 

En 1859 Charles Darwin fue pionero en romper con los prejuicios creacionistas del momento. Su idea de la Selección Natural irrumpió en una sociedad victoriana creyente en el fijismo aristotélico. Por aquel entonces la visión del mundo era que todo había sido bastante igual durante el devenir de los tiempos. No es que no hubiera dudas y pruebas de cambios drásticos, pero todos se veían tras las explicaciones bíblicas de sus hecatombes. El diluvio universal o los castigos divinos sustentaban las explicaciones de entonces. Darwin, y ante la evolución biológica y los cambios de especies, demostró una explicación de las muchas que vendrían. Así en 1859 publicó su Origen de las Especies y su Teoría de la Selección Natural. Aquello dilapidó el mundo establecido.

La evolución darwiniana no siempre fue gradual entre una u otra especie, sino que pudieron sobrevenir pasos rápidos con rasgos no adaptativos durante la evolución de las especies

En 1930, y bajo otros conocimientos como la genética mendeliana, la paleontología y la sistemática surgió el Neodarwinismo. En este Darwinismo ampliado se describían más mecanismos para explicar los cambios de especies y variedades. Más tarde, y a mediados del siglo XX, otras disciplinas se sumaron a todo lo anterior para construir la vigente Teoría Sintética de la Evolución. Esta aportó más y mejores explicaciones para la evolución de nuevas especies. En todo ello, y cabe insistir, Darwin sólo aportó el primer mecanismo, la Selección Natural, mientras que el resto vino después.

Multitud de mecanismos demostrados hoy en día explican la evolución de los organismos. Todos ellos, Selección Natural incluida, pusieron en la palestra que la evolución darwiniana no siempre fue gradual entre una u otra especie, sino que pudieron sobrevenir pasos rápidos con rasgos no adaptativos durante la evolución de las especies. En ello ingentes pruebas hay en la evolución humana. Pero volvamos a la Selección Natural y a su error de base.

 

¿Quién fue antes, el huevo o la gallina?

El proceso de la Selección Natural se halla fundamentado en tres hechos que observó Charles Darwin. El primero que las especies invierten con miles de semillas y espermatozoides ingentes esfuerzos en reproducirse. El segundo que la variabilidad dentro de ellas es tan amplia que permite que unos pasen la prueba del tiempo y otros no. Y el tercero, que muy pocos de los nacidos llegan a reproducirse. De ello Darwin concluyó que tras el paso cronológico sólo unas pocas variedades, no todas, logran perpetuarse en la evolución, es decir, que existe una selección sin que haya una mano directora al respecto, sólo el azar manda en ello.

Darwin concluyó que tras el paso cronológico sólo unas pocas variedades, no todas, logran perpetuarse en la evolución / Pixabay

Para Darwin quien sobrevivía devenía el más apto, aunque en ello pesaba un pensamiento circular que el padre de la Selección Natural no resolvió de manera satisfactoria. Este fue el error y punto débil de la Selección Natural, que no el de la Teoría Sintética de la Evolución. Si el más apto sobrevive y quién sobrevive es el más apto, nos hallamos ante un pez que se muerde la cola, lo que en filosofía se llama una tautología. Viene a ser lo mismo que las eternas preguntas de quién fue antes, ¿el huevo o la gallina? O ¿qué hay más allá del polo norte? ¿el sur?

Para Darwin quien sobrevivía devenía el más apto, aunque en ello pesaba un pensamiento circular que el padre de la Selección Natural no resolvió de manera satisfactoria

Todas las anteriores preguntas padecen de ser cuestiones mal planteadas. Para resolver estos pensamientos circulares sólo hay un método, definir los dos nodos, ver qué ocurre y cambiar la pregunta. Norte y sur son la misma Tierra, en donde la pregunta óptima sería qué geometría tiene el planeta para que desde el norte se llegue de nuevo al sur; huevo y gallina son también la misma especie en donde la cuestión debería ser qué organismo fue el primer que se preprodujo por huevos; y finalmente sobrevivir y apto equivalen a lo mismo en donde la pregunta debería ser porqué algunos organismos perduran y otros no.

Y la respuesta es que quien perdura no es siempre el mejor adaptado, ni el más luchador, ni el más agresivo, sino simplemente quien mejor se reproduce. A mayor tasa reproductiva, mayor posibilidad de perdurar. Por lo tanto no es asunto de apto o no apto sino de quien logra, por adaptación o no, permanecer más tiempo en un ecosistema. En fin, quien mejor se reproduce más garantías tiene de continuidad. Todo ello explica que muchos rasgos de nuestra evolución quizás no ostentaron adaptación alguna pero formaron parte de grupos taxonómicos que se reprodujeron mejor. Los órganos vestigiales son prueba de ello pero también bipedismo, encefalización y pensamiento abstracto se hallan en parte en estas categorías.

 

La resistencia al Darwinismo

Volviendo al Darwinismo, y a los prejuicios que le rodearon, cabe preguntarse por qué tardó tanto tiempo en aceptarse la Selección Natural y sus posteriores ampliaciones. En ello se hallan dos razones. La primera la herencia cultural del fijismo aristotélico durante toda nuestra historia occidental. Y la segunda nuestra herencia biológica en donde los primates somos reacios a los cambios por mero deseo de seguridad y estabilidad. En fin que los humanos preferimos lo seguro heredado a lo nuevo cuestionado. Ejemplos de ello los hemos sufrido durante toda la historia.

Copérnico defendió con datos su heliocentrismo en el XVI pero no fue tímidamente aceptado hasta el XVII; Giordano Bruno propuso un universo infinito también en el XVI pero no fue hasta el XX que se discutió con profundidad; y finalmente el Darwinismo se presentó en el XIX pero hoy en día todavía algunos lo niegan. Los humanos somos emocionalmente conservadores bajo el deseo de la seguridad.

Los humanos somos emocionalmente conservadores bajo el deseo de la seguridad

Llegados a este punto podemos volver a la evolución humana y darnos cuenta que esta se halla plagada de saltos, con o sin adaptaciones, que definen bastante bien una evolución en mosaico. Tres de ellos son cruciales y sirven a mis clases para impartir la evolución humana con cierta simplicidad.

El primero fue el bipedismo hace más de tres millones de años, el segundo fue el aumento de nuestro encéfalo cerca de los dos millones de años, y el tercero fue la adquisición de un pensamiento sofisticado alrededor de hace medio millón de años. A las tres fases anteriores cabe añadir la extensión de un pulgar oponible, el acortamiento de brazos a cambio del alargamiento de piernas, la fabricación de piedras cortantes, la reducción del dimorfismo sexual, la desaparición del estro en las hembras, la expansión de las glándulas sudoríparas, la pérdida del pelo corporal, el descenso de la agresividad instintiva y el habla articulada entre muchas otras adquisiciones.

En los próximos capítulos detallaremos todos estos cambios que configuran esta evolución en mosaico entre prejuicios y evolución humana.

Este artículo es la continuación de una serie titulada “Prejuicios y Evolución Humana“, a cargo de nuestro colaborador científico, David Rabadà.

Entregas anteriores:

Prejuicios y evolución humana (1)

Parientes fósiles humanos ¿pocos o demasiados? (2)

El concepto de homínido, ¿realidad o prejuicio? (3)

La falsedad de los árboles evolutivos (4)

La evolución, mitos y prejuicios (5)

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