Siempre ha habido supersticiones, y se ha jugado con ellas estimulando el fanatismo que les es implícito

Ciencia y superchería

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Xavier Massó_editedXavier Massó / x.masso@catalunyavanguardista.com

Lo que más sorprende, acaso por su aparente normalidad en forma de ley del silencio autoinducida, es la poca difusión que ha tenido entre los medios el debate que debiera haber generado el luctuoso suceso de la muerte del niño que contrajo la difteria, cuyos padres se negaron a vacunar porque habían leído en internet escritos de los colectivos antivacunas y que luego, al contraer su hijo la enfermedad, afirmaron haberse sentido engañados.

Me estoy refiriendo, obviamente, no a la obscenidad de cebarse en plan basura en la tristeza y el dolor de unos padres que deben sentirse destrozados, sino al debate que debería haber sugerido sobre las afirmaciones de determinados colectivos y grupos contrarios a la vacunación, ahora temporalmente algo acallados, y a la horizontalidad jerárquica de la información asequible en la red, que sitúa en idéntico plano distintas posiciones sobre un mismo tema, con frecuencia indiscernible en cuanto a su solvencia para alguien que no esté lo suficientemente formado para metabolizar tal información como fraudulenta o, simplemente, como superchería.

¿Se parecen en algo los actuales movimientos antivacunas a los indios pieles rojas que no se dejaban fotografiar porque pensaban que la cámara les robaba el alma?

¿Se parecen en algo los actuales movimientos antivacunas a los indios pieles rojas que no se dejaban fotografiar porque pensaban que la cámara les robaba el alma, o a los infelices que, dirigidos por Pedro el Ermitaño en la I Cruzada, blandieron sus cruces contra los alfanjes árabes, convencidos que el poder de la cruz iba a evitar que los escabechinaran? Sí y no. Sí, en el sentido que siempre ha habido supersticiones, y se ha jugado con ellas estimulando el fanatismo que les es implícito con fines más que inconfesables; no, en el sentido que, actualmente, muchos de estos movimientos han sido en ocasiones incluso auspiciados por médicos heterodoxos y, en cualquier caso se revisten de un discurso pretendidamente científico que, en apariencia, establece el debate a partir de impostados argumentos supuestamente amparados en la racionalidad científica y en el debate que debería serle inherente. Es decir, en términos equiparables al discurso que pretenden denostar. Y ello los hace, si cabe, mucho más peligrosos. Porque se trata con demasiada frecuencia de cuya impostada cientificidad no tiene por objeto otra finalidad que la de devolvernos al pensamiento mágico, precientífico y, en definitiva a la superstición y a la ignorancia, pero con la propia racionalidad de la lógica del pensamiento científico utilizada como pretexto.

Si alguien sostiene que Elvis Presley no ha muerto porque es inmortal, estamos, en definitiva, ante una afirmación pintoresca y con pocas probabilidades de ser creída, por lo menos para cualquiera en sus cabales. Lo mismo, sólo que a otro nivel, si recurrimos a teorías conspirativas según las cuales Elvis estaría en realidad criogenizado a la espera de devolverlo a la vida cuando se descubra el remedio para el supuesto mal que le habría afectado. En definitiva, al menos en el plano que aquí nos ocupa, nos las estaríamos teniendo con constructos sin duda conspiranoicos, pero hasta cierto punto inofensivos. Remarco, en cualquier caso, lo de “sólo hasta cierto punto”, ya que, como se explicitó en el teorema de Thomas, la construcción de ficciones como situaciones reales, hace a éstas reales en sus consecuencias. Pero con ficciones evidentes en sí mismas con lo que aquí nos las estamos habiendo en el caso nos ocupa, sino con un discurso mucho más taimado.

La ficción, o simplemente el fraude, pueden presentarse de manera que no sea tan evidente en sí mismo

Porque la ficción, o simplemente el fraude, pueden presentarse de manera que no sea tan evidente en sí mismo, al menos para alguien que no esté lo suficientemente formado como para discriminar con criterio sobre cierta «información». Porque, abundando en un conocido ejemplo claramente conspiranoico, si lo que se sostiene es, sin más, que las Torres Gemelas no fueron abatidas por terroristas islámicos, sino por los propios servicios de inteligencia norteamericanos, tal afirmación entra dentro de lo más o menos delirante. Ahora bien, si tal afirmación viene acompañada con la aportación de detalladas informaciones, de supuesto carácter científico, según las cuales el combustible de un avión jamás podría haber fundido la estructura del edificio, y que sólo si había potentísimos explosivos meticulosamente distribuidos por todo el edificio para conseguir derribarlo simulando que era por el impacto de un avión, entonces estamos en otro ámbito muy distinto al anterior. Y mucho más peligroso.

La diferencia puede antojársenos aparentemente trivial, pero no lo es. En el primer caso, estamos ante lo que cualquier persona en su sano juicio consideraría una majadería delirante. En cambio, la afirmación sostenida por determinadas teorías conspirativas sobre los atentados del 11-S, es de naturaleza muy distinta, y de elaboración mucho más sofisticada, en la medida que se aportan datos debidamente falseados, presentados como supuestamente objetivos y, por lo tanto, con pretensiones de veracidad incontestable. Y  a poco que consideremos el nivel medio de conocimientos entre la población sobre menesteres tales como explosivos, combustibles o la temperatura necesaria para fundir la estructura de un edificio como los de las Torres Gemelas, podría darse que, ante un debate aparentemente centrado en este tipo de aspectos técnicos entre ambas teorías, la oficial y la conspirativa, uno acabe decantándose no por los argumentos que desconoce, sino por aquella versión que esté psíquicamente más predispuesto a creer en función de otras variables.

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Admitamos pues que, si soy un antiamericano furibundo, y a falta de otros argumentos que me permitan discernir con criterio sobre el tema, hay más probabilidades de que me decante por la teoría conspirativa de la voladura controlada que si, en cambio, soy un proamericano convencido e irredento. Pero, al menos desde este punto de vista, e igualmente en ambos casos, lo que me decanta no es la racionalidad, sino otro tipo de disposiciones psíquicas ajenas en principio al debate, como puedan ser mis filias o mis fobias. Y ahí es donde radica precisamente el peligro de este tipo de pseudodiscursos.

Estamos en un orden muy concreto, el de la pura y simple ignorancia aliada con la superstición y el fanatismo

Con los antivacunas ocurre algo parecido, y por ello pueden tener capacidad de llegar a gente, en principio, en su sano juicio, pero, y dejando de lado el sentido común, incompetentes para discriminar sobre tal materia. Siguiendo con el modelo de los ejemplos anteriores, si alguien proclama que vacunarse supone la condenación al infierno, sus posibilidades de éxito son más bien remotas. Hay ciertamente también un público para la simple y pura superstición, claro que sí, como las sectas que se oponen a las transfusiones de sangre porque las consideran algo así como un pecaminoso trasplante de almas o cualquier otra estupidez por el estilo. Pero insisto, estamos en un orden muy concreto, el de la pura y simple ignorancia aliada con la superstición y el fanatismo. Se está, sin más, negando la ciencia desde creencias indemostrables que se sitúan por encima de cualquier otra consideración. Y eso, por aberrante que pueda parecer, y por más que sus finalidades en última instancia sean las mismas, me parece, en cambio, menos pernicioso que el discurso que nos ocupa. Al fin y al cabo, si me niego a vacunarme porque considero que, según mis creencias, las vacunas son una perversión que persigue subvertir el orden natural de las cosas, estoy obrando por convicciones morales y actuando según ellas. Estas creencias no me privan de ser un ignorante y un fanático, ni de estarme equivocando en mis juicios, claro que no, pero se trata de una decisión constitutivamente muy distinta que la de decidir no vacunarme amparado en criterios supuesta y fingidamente científicos.

Porque una cosa es negar de cuajo el principio teórico que sustenta la práctica de la vacunación, es decir, negar todo el discurso científico, y otra muy distinta es aparentar estar asumiendo, debidamente metamorfoseado, dicho principio teórico, para cuestionarlo luego aduciendo elementos periféricos y en principio ajenos al objeto en cuestión. Entendámonos, una cosa es cuestionar una determinada campaña de vacunación aduciendo que obedece mayormente a la inescrupulosa avidez por los beneficios económicos de los laboratorios farmacéuticos y a que el stock de vacunas está caducado o a punto de caducar, y otra muy distinta empezar por ahí para acabar cuestionando la propia noción de vacuna.

Y esto es lo que han estado haciendo muchos de los colectivos antivacuna. Son en este sentido especialmente falaces e intelectualmente maliciosas ciertas afirmaciones que, con anterioridad al triste fallecimiento del niño que contrajo la difteria, se vertieron sobre el tema, muy especialmente los de la señora Teresa Forcades, que a su condición de monja añade las de médico y política vocacional. Un ejemplo muy claro del tipo de falacias al que nos estamos refiriendo, por el procedimiento de introducir valoraciones subjetivas y sesgadas a una cadena argumentativa supuestamente lógica, que acaban determinando la conclusión del razonamiento. Lo que Kant llamaba ideas regulativas, que acompañan al conocimiento, pero que no son conocimiento, y que cuando las tomamos como conocimiento, nos hace incurrir en falacias.

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Teresa Forcadas / Créditos: Wikipedia

Sostenía la señora Forcades en una memorable entrevista que la vacuna de la difteria sólo tiene una fiabilidad del 95%, lo cual, por cierto, no tenemos por qué dudar. Es decir, un 5% de los vacunados no están inmunizados y, consiguientemente corren el riesgo contraer la enfermedad. Añadía a continuación que si tenemos en cuenta que el porcentaje de niños no vacunados es del 3%, resulta entonces que es mayor el número no inmunizados vacunados que el de no vacunados. Un cálculo aritmético irrebatible, sin duda alguna, pero se «olvida» de reparar en el número de no inmunizados que habría si el 97% por ciento de la población infantil no estuviera vacunada: el 100% ni más ni menos, y la incidencia que la difteria tendría en este caso, algo también fácilmente calculable sólo con consultar las estadísticas anteriores a la existencia de la vacuna contra la difteria y a las campañas de vacunación masivas. Un olvido nada casual. Pero no se acaba aquí la cosa, porque de ahí deduce que no se puede aceptar que Salud Pública diga que un niño vacunado es un niño protegido, debido a que la efectividad de la vacuna no es del 100%, sino del 95%, y que además tiene efectos secundarios que, por cierto, no menciona.

Proseguía la ilustre médico mostrando las ventajas de que haya niños que no se vacunen. El contacto con no inmunizados, nos decía, ayuda a crear un «recordatorio natural» de la vacuna entre los inmunizados, que mantiene la inmunización de los vacunados durante más tiempo. Aun confesando nuestra ignorancia sobre tal extremo, de que ello no obstante no dudaremos proviniendo como proviene de una profesional de la medicina, el problema es que entonces le asalta la siguiente duda: ¿Qué tipo de calificativo merecería un gobierno que dejara sin vacunar al 3% de la población para que  así ayudaran a fortalecer la inmunización del 97% restante?

Si además consideramos que el índice de mortalidad de la difteria es de apenas el 10%, y a la vista de la escasa incidencia de dicha enfermedad en la actualidad, parece deducirse que el riesgo de no vacunarse es tan ínfimo que legitima la no vacunación. Riesgo ínfimo, sí, excepto para el que le toca como al infortunado niño de Olot. Y una vez más «olvidándose» capciosamente de un pequeño detalle: ¿No será que tan escasa incidencia de la difteria pueda acaso ser debida a que el 97% de la población infantil está vacunada?

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