Hasta la encuesta de la semana que viene

Instalados en una suerte de excepcionalidad permanente, cotidiana

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Xavier Massó_editedXavier Massó / x.masso@catalunyavanguardista.com

Una de las categorías constituyentes del modelo de política-espectáculo propio de la situación actual, es el estado de encuesta permanente. Desde que la política se ha convertido en un reality show, y los políticos en figurantes que concurren a un casting en tiempo real, no pasa semana, a veces día, sin que aparezca una nueva encuesta. Vamos a admitir que sea así; que hace un par de semanas Podemos alcanzaba el sorpasso al PSOE, y que ahora es el cuarto, «sorpassado» por Ciudadanos, que no hace un mes bajaba como un souflée y ahora sube como la espuma; que el PP hace un mes aumentaba su mayoría, y que ahora la pierde… Hasta la encuesta de la semana que viene.

Creo que fue Asimov quien, en uno de sus relatos, sugería una sociedad en estado electoral permanente

Algunos dirán que esto no es nuevo, sino algo bien propio de la visceralidad hispánica. Después de las elecciones municipales de 1931, que llevaron a la II República, un ministro monárquico respondió así al periodista que le preguntaba si habría crisis: “¿Qué más crisis quiere que la de un país que se acuesta monárquico y se levanta republicano?”. Falsa apreciación, e interesada, la del monárquico en cuestión. Hacía tiempo que la tendencia ascendente de los partidarios de una república era constante y sostenida. Hoy, en cambio, la situación es muy distinta. Para empezar, se trata de un fenómeno global. La exigencia posmoderna de inmediatez, eso tan fashion del «tiempo real» -una burda impostura de una noción científica a un campo que no lo es-, elimina, por definición, algo necesario para marcar y determinar una tendencia: la demora que nos permite entender la evolución de un determinado fenómeno o tendencia a lo largo de un segmento de tiempo. En otras palabras: la supresión de la reflexión, en tanto que acción demorada.

Creo que fue Asimov quien, en uno de sus relatos, sugería una sociedad en estado electoral permanente. La por entonces ficticia sociedad conectada (mucho antes de que existiera) lo permitía. En un primer momento fundante, todos los ciudadanos votaban telemáticamente a la vez. De los resultados, surgían un parlamento, un gobierno y una oposición, u oposiciones, igualmente telemáticos. A partir de ahí, en una suerte de bolsa parlamentaria, cada ciudadano podía modificar diariamente su voto. A la que la mayoría dejaba de serlo, perdía automáticamente el poder, y así. Aparentemente, todo era perfecto, menos la realidad a la que se aplicaba. Los gobiernos duraban unos pocos meses, semanas o días…

De modo que todavía podría ser peor. Siempre es preferible un estado de encuesta permanente a un estado de elecciones, igualmente permanentes, o a un estado de excepción. Pero la excepcionalidad, por su propia condición, no puede constituirse en cotidiana. Por esto el modelo de democracia en tiempo real era inviable. Y hay un dato que me parece particularmente significativo en todo esto: más allá de las connotaciones peyorativas que, más que justificadamente, tiene el término «estado de excepción», en realidad nos estamos instalando en una suerte de excepcionalidad permanente, cotidiana. Una excepcionalidad inherente a este estado de encuesta permanente, caracterizado por una variabilidad acelerada de la opinión, sin la cual se agotaría en sí mismo por falta de pábulo. Vamos, un escenario de opinión cuya mutabilidad es su característica constitutiva. Como en los realitys.

Y no es que estemos ante el declive de lo ideológico, nada de esto, sino más bien ante una única ideología

Es verdad que tal variabilidad puede atribuirse a la situación de excepcionalidad institucional que estamos viviendo. Según esto, no sería sino el reflejo de unos tiempos de incertidumbre, de crisis y de cambio; una etapa transitoria donde los distintos sectores de opinión, y las formaciones que los representan o pretenden representarlos, entran en concurrencia, se recomponen y se reagrupan, hasta que se constituye un nuevo escenario mínimamente estable; y vuelta a empezar. Sería, de ser así, lo que algunos llaman la segunda transición. No creo que sea esto.

Uno, más próximo a los que consideran que el nuevo paradigma incorpora constitutivamente en sí mismo la noción de crisis, de provisionalidad y de inmediatez, piensa más bien que se trata de una característica propia del nuevo estado de cosas que ya asoma, y que la excepcionalidad institucional que estamos viviendo es sólo su explicitación más manifiesta. De ahí el estado de encuesta permanente. En definitiva, que éste es el nuevo estado de cosas, o una de sus manifestaciones, y no una etapa de transición hacia nada.

Es la primacía de lo sincrónico sobre lo diacrónico, de lo trivial sobre lo relevante, de lo inmediato sobre lo mediato, de lo accidental sobre lo substancial. Del tiempo real sobre el demorado. Sin conciencia de historicidad, no puede haber sustancialidad en las sociedades humanas, y entonces elevamos lo accidental a la categoría de substancial. Es lo que ocurre cuando valoramos, por ejemplo, a un político, no por la enjundia de su proyecto o de su programa, sino por su postureo, sus ocurrencias, su dominio de la escena, o lo que es peor, porque, simplemente, supo caernos más simpático o porque nos dijeron que fue el más simpático (quienes saben, claro, en qué consiste ser simpático y empatizar). De contenidos, lo que es de contenidos, por supuesto que nada de nada. Pero es que eso no importa, al contrario.

Sube Sánchez, baja Iglesias, sube Ribera, se estanca Rajoy…

Y no es que estemos ante el declive de lo ideológico, nada de esto, sino más bien ante una única ideología. Cutre, qué duda cabe, pero ideología al fin y al cabo. Una ideología que sitúa la frivolidad como categoría hegemónica. Definición de frivolidad, según la RAE: a) dicho de una persona, insustancial o veleidosa; b) dicho de una cosa: ligera y de poca substancia. Es la condición necesaria para que se pueda dar el estado de encuesta permanente.

La variabilidad de los estados y tendencias de opinión que reflejan las encuestas desde el 20-D son, en realidad, el resultado de algo que viene de mucho antes. Estamos ante la política convertida en un espectáculo donde unos figurantes (sin enjundia política) han de sintonizar con unos parámetros previamente establecidos sobre qué es tener enjundia, que excluyen cualquier discurso o proyecto político de fondo, y que de producirse impelería al ciudadano a cambiar rápidamente de canal. Como ocurre en educación, sin ir más lejos. Y donde sólo queda, como remedo, el escaparate virtual mediático. Porque hoy en día, los políticos no son sino stuntmen mediáticos: figurantes especializados en doblar a las estrellas que prefieren no aparecer en la escena pública.

De ahí el estado de encuesta permanente propio de la nueva era de la frivolidad. Sube Sánchez, baja Iglesias, sube Ribera, se estanca Rajoy… Mañana, según los resultados de un nuevo debate o entrevista, al revés, y así. Como en los casinos, la banca siempre gana. Aquí cada cual a lo suyo.

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