El final del Cretáceo. Una extinción escurridiza

Foto: David Rabadà

La extinción de hace unos 66 millones de años dejó mermado a todo el planeta. Hubo un descenso brutal de todo el fitoplancton marino. A ello se sumaron la total desaparición de grupos como los rudistas, los dinosaurios (excepto las aves), las amonitas, los “reptiles” voladores, las belemnitas, los inocerámidos, las orbitolinas, los “reptiles” marinos, y casi todos los foraminíferos entre muchos más.

 

David Rabadà | Catalunya Vanguardista @DAVIDRABADA

Aunque otros lo pasaron más o menos bien como las aves, los cocodrilos, las angiospermas, las coníferas y los nautiloideos entre muchos otros. Incluso los mamíferos casi ni lo notaron (ver al Nature de marzo de 2007). Pero ¿cuál fue la causa de aquella debacle?

Una de las causas más extendidas fue la de un impacto de un asteroide de unos 10 kilómetros de envergadura. Este se precipitó sobre el suelo a una velocidad de 20 kilómetros por segundo. Aquello deflagró un cráter de unos 200 kilómetros de diámetro y 20 de profundidad. La prueba fue hallada en la península del Yucatán, México, por la compañía Pemex en 1978. Medio cráter se hallaba bajo el mar mientras que el otro estaba en la península debajo de unos 1.000 metros de sedimentos.

Una de las causas más extendidas de la debacle fue la de un impacto de un asteroide de unos 10 kilómetros de envergadura

Según cómputos su impacto vino a equivaler a 10.000 millones bombas de Hiroshima, casi todas las armas nucleares del momento. Aquello ocasionó primero un gran bombazo que retumbó por gran parte del planeta. Luego un gigantesco tsunami inundó todo el centro de los Estados Unidos. Casi en el mismo momento ingentes incendios se expandieron por los bosques por Norteamérica, Sudáfrica, Sur de Asia, Norte de Australia y parte de Europa. Y cuando el tsunami ya descargó toda su furia sobre el continente, sus aguas retornaron con gran cantidad de carbones que se han hallado en los sondeos marinos de aquellas épocas (ver el PNAS de setiembre de 2019).

Mientras las cenizas del impacto se expandieron por gran parte del planeta dejando rastros de iridio, gotas de vidrio fundido (tectitas), diamantes microscópicos de alta presión, cuarzo de alta presión (stishovita), y hasta trazas de hollín de los incendios. Todo ello pareció producir grandes cantidades de dióxido de nitrógeno que con el agua produjo intensas lluvias ácidas. Aquello, más los incendios, eliminaron gran parte de la foresta terrestre.

Foto: David Rabadà

Pero, y por  si fuera poco, la gran cantidad de polvo en suspensión redujo drásticamente el ozono y la insolación solar bloqueando la fotosíntesis tanto del fitoplancton marino como de plantas vasculares. En consecuencia la mayoría de cadenas tróficas, que dependían de los seres fotosintéticos, se desplomaron bajo una extinción en cadena. Sólo aquellos organismos que se alimentaban del humus y materia orgánica en descomposición, o que sobrevivieron lejos del impacto, tuvieron más probabilidades de sobrevivir.

Pequeños invertebrados, peces filtradores, anfibios, tortugas, lagartos, cocodrilos, aves y mamíferos así adaptados, o en ecosistemas muy alejados del cráter, superaron aquella hecatombe. La repoblación futura vendría primero de organismos robustos y generalistas para pasar con el tiempo a los oportunistas con capacidad de reproducción a largo término como plantas con esporas, tapices de microorganismos y otros. Aquello pudo durar más de 10.000 años.

Foto: David Rabadà

Pero algunos analistas ven puntos flacos en la tesis del meteorito. La pregunta clave era, ¿pudo un asteroide provocar toda la debacle de finales del Cretáceo? ¿O quizás nuestros prejuicios nos avocan a imágenes cinematográficas al estilo Impacto?

Si revisamos todos los meteoritos que anteriormente cayeron sobre la Tierra hallamos casos cercanos o iguales a la intensidad del evento de hace 66 millones de años. El gran meteorito que hace 251 millones de años produjo un cráter de entre unos 200 a 120 kilómetros de diámetro cerca de Shark Bay en Australia no dio signos de extinciones masivas.

¿Pudo un asteroide provocar toda la debacle de finales del Cretáceo? ¿O quizás nuestros prejuicios nos avocan a imágenes cinematográficas al estilo Impacto?

Tampoco el que impactó en Manicougan, Canadá, dejando un cráter de unos 100 kilómetros de diámetro hace unos 214 millones de años tuvo consecuencias globales. O los dos grandes meteoritos de hace unos 175 millones de años que cayeron en Kara y Puchezh-Katunki, Rusia, excavando cráteres de más de 80 kilómetros de diámetro, tampoco dejaron merma significativa por todo el planeta.

Todos ellos, y otros más, no parecieron tener consecuencias globales sobre la biosfera terrestre. Entonces, ¿qué pudo suceder para justificar la gran hecatombe de finales del Cretáceo?

Foto: David Rabadà

Algunos geólogos creen haber hallado la respuesta al enigma anterior. Hace unos 66 millones de años en el centro y oeste de la India, en la región del Deccan, irrumpió una erupción masiva que emanó millones de kilómetros cúbicos de basalto muy fluidos (basaltos de inundación). Estos, y en breve tiempo, cubriendo unos 500.000 kilómetros cuadrados de superficie cuando esta placa estaba en el medio del océano Índico como una gigante isla a la deriva.

Aquellos basaltos de inundación, y según algunos expertos, eyectaron gran cantidad de partículas en suspensión, reducir la insolación y producir lluvia ácida dando al traste con el fitoplancton marino y con gran parte de la foresta continental. En ello las zonas polares y temperadas quedaron como reducto para la repoblación venidera del planeta. De hecho la extinción de finales del Cretáceo no resultó súbita sino gradual, algo que encaja mejor con las erupciones del Deccan. Se calcula que la crisis duró entre 0,5 a 5 millones de años. Y de hecho no fue total ya que se han hallado en rocas posteriores restos de dinosaurios.

Pongamos por ejemplo la formación Ojo del Álamo, en Estados Unidos, en donde restos de huevos de dinosaurios, más de un hadrosaurio parcial en conexión articular, demuestran que estos seres sobrevivieron. O los restos de dinosaurio y cáscaras de huevo hallados en diferentes yacimientos en Siberia y China poco después de los 66 millones de años, dan señal que no les afectó el meteorito. Es decir que no todo fue de golpe y que muchas más cosas intervinieron.

Pero ante tal nube de teorías hay que acogerse al término medio de Aristóteles. Este decía, y ya hace más de 2.400 años, que entre dos extremos hay que tomar el camino intermedio

Pero ante tal nube de teorías hay que acogerse al término medio de Aristóteles. Este decía, y ya hace más de 2.400 años, que entre dos extremos hay que tomar el camino intermedio. Es decir, ni un impacto nuclear ni una nube volcánica global. Y ya durante todo el Cretáceo superior hemos detallado esos percances que nos pueden llevar a un punto de equilibrio (ver: El Cretáceo superior, la antesala de la extinción). Lo que quizás ocurrió fue una suma de sucesos que explican, y con bastante convicción, la crisis de hace unos 66 millones de años.

A finales del Cretáceo muchas plataformas marinas perdieron su extensión ante una fuerte regresión. Aquello disminuyó en gran parte la diversidad marina del globo. Además, y en los continentes, la expansión de las fanerógamas también redujo a otras floras y faunas dependientes de ellas. Y por si fuera poco, y hace 94 millones de años, la extinción del Cenomaniense ya había dejado a muchos grupos tocados.

Foto: David Rabadà

Además a fínales del Cretáceo los continentes se hallaban bastante cuarteados y separados con la consecuente alteración de muchos ecosistemas y la caída de la diversidad de los dinosaurios desde el Campaniense hace unos 83 millones de años. Ante aquel contexto se sumó lo que ocurrió 50.000 años antes de la extinción, las masivas erupciones en la India (ver el Science de febrero de 2019).

Incluso hay quienes argumentan que la extinción del Cretáceo tuvo causas similares a las de finales del Pérmico (ver: El Pérmico, un periodo que lo cambió todo). Ocurriese lo que ocurriese, y hace unos 66 millones de años, cayó un gran un meteorito como guinda final ante todo aquel pastel. La vida daba otro vuelco y en el siguiente periodo las biotas sobrevivientes tuvieron una infinidad de nuevas oportunidades. El Paleógeno se abría ante esta Evolución en la Tierra.

Este artículo es la continuación de una serie titulada “Evolución en la Tierra“, a cargo de nuestro colaborador científico, David Rabadà.

Entrega anterior: El Cretáceo superior, la antesala de la extinción (entrega 29)

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1 Comentario

  1. Los mamíferos si que lo notaron y mucho, el 93% se extinguió.

    Longrich, et al. 2016. Severe extinction and rapid recovery of mammals across the Cretaceous-Paleogene boundary, and the effects of rarity on patterns of extinction and recovery. Journal of Evolutionary Biology .

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