Detalle de la portada del último libro de Julio Anguita

Atraco a la memoria

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Xavier Massó_editedXavier Massó / x.masso@catalunyavanguardista.com

Que el medio sea el mensaje es algo que se debe a la afortunada frase de McLuhan, allá por los sesenta del siglo XX. Que sea cierto, que lo es en buena medida, tampoco debe ofuscarnos hasta el límite de prescindir de los contenidos concretos del medio/mensaje. Se trata de algo sin duda constitutivo, sistémico, pero también a la vez contextual en lo concreto. Y que nos lo debamos creer no es óbice como para que no vislumbremos críticamente el componente ideológico subyacente más allá de la afirmación, en sí neutra.  A uno, lo siento y dicho sea de paso, le evoca el ineludible concepto gramsciano de «hegemonía». En cualquier caso, lo cierto es que nos lo podemos creer a pies juntillas, lo podemos asumir y reconocer críticamente o, también, cómo no, lo podemos omitir, tanto transitiva como intransitivamente, y atenernos únicamente al contenido concreto. Esta última opción, un error a mi parecer, sería en mi opinión la de Julio Anguita, al menos a juzgar por sus memorias políticas, de reciente publicación, en forma de entrevista a cargo del historiador Juan Andrade.

No lo digo como reproche. Anguita es un personaje que siempre me ha caído bastante simpático, quizás precisamente por ser consecuente en su gravedad e incurrir en el citado error, conscientemente con toda seguridad, en la firme convicción de que la verdad acabará resplandeciendo y la razón imponiéndose.

Anguita no pierde ciertamente la oportunidad de ajustar viejas cuentas, ya sean pendientes o resueltas

El libro sigue, pero sólo en cierto modo, el formato hagiográfico tan al uso hoy en día, que consiste en una suerte de híbrido entre la autobiografía y la entrevista. Anguita no pierde ciertamente la oportunidad de ajustar viejas cuentas, ya sean pendientes o resueltas, con los distintos personajes que se fueron cruzando con él a lo largo de su trayectoria; primero como alcalde de Córdoba, después como secretario general del PCE y Coordinador de Izquierda Unida. Pero el autor introduce al inicio de cada capítulo unas consideraciones previas que, a la vez que ponen en contexto la temática sobre la cual versará el capítulo y la naturaleza de las preguntas, contienen también aportaciones críticas que no siempre coinciden con el relato del supuesto hagiografiado. En este sentido, y en muchos otros, el libro merece realmente la pena.

De Anguita se dijo en su momento de todo, y poco de bueno, incluso por parte, y ahí le duele, de quienes se suponía que eran sus correligionarios. Esto es algo que suele pasar, pero en su caso, lo más relevante de las descalificaciones que recibió, fue no tanto por razón de diferencias sobre cuestiones concretas, ni siquiera programáticas –recordemos su “Programa, programa, programa…”-, que también, sino, sobre todo, por lo que ya se anunciaba en Izquierda Unida como los albores de la posmodernidad new age: su supuesta inflexibilidad ideológica, su dogmatismo, su estética comunista como presentación de la correspondiente ética. Porque está aquello de Valverde –a la sazón exprofesor mío- “Nulla Aesthetica sine Ethica”, afirmación con la cual estaría de acuerdo Anguita con toda seguridad. Muy al contrario, y para desgracia de Anguita, los tiempos apuntaban más bien hacia la disolución de cualquier Ética de convicciones en una Estética funcional que sirviera como billete hacia el medio convertido en fin; la perpetuación en el cargo, la contemporización, la claudicación y el abandono de unos valores y convicciones que, se decía, habían quedado obsoletos y a los cuales, para seguir en el candelero, había que renunciar. Todo ello con absoluta independencia de cuáles fueran las convicciones, la ideología. La nueva ideología del pensamiento único postulaba precisamente el final de las ideologías y el advenimiento del pragmatismo «objetivo» como nuevo mantra cultural y político.

Él no cedió a la moda, no cedió al mensaje que, si es el medio, no da opción a otro, y se fue… con algún infarto y operaciones de corazón

Y esto desde luego que no lo entendió Julio Anguita… Porque no lo quiso entender y como tantos, pero pocos, estaba convencido de que este pretendido pragmatismo no sólo era una quimera, sino un engaño; una manifestación ideológica más en un contexto de pensamiento único que ha degradado a la democracia y donde sólo se discute sobre quién ha de mandar testimonialmente, pero no sobre programa. Y esto es precisamente lo que ocurre en los actuales debates políticos cada vez que hay elecciones: podrían ir actores profesionales en lugar de los políticos; para lo que dicen, lo harían mejor los actores, que además posturean mejor. Eso sí, la imagen es el mensaje que es el medio, y aparentemente nada más… Cosas del pensamiento único. Por eso, no es que Anguita no se enterara, sino que no se quería enterar, convencido como estaba del valor de la palabra como expresión del pensamiento. Algo que siempre tuvo a gala, en sus mejores y en sus peores momentos.

Le tocaron tiempos duros. En un PCE noqueado y abrumado por un PSOE desideologizado, que entendió que el medio era el mensaje, lo que políticamente significa estar acorde a los tiempos que corren y adaptarse a ellos, y se constituyó en inmobiliaria y agencia de colocación. Y en una Izquierda Unida que más bien fue una jaula de grillos, en la cual, como dice Anguita, había partidos cuya militancia “cabía en un taxi”, pero a cuya presencia electoral había que darle pábulo en aras a la «pluralidad». Lo trajeron a Madrid, a él, a un «provinciano de Córdoba» -según sus propias palabras-, por su tirón electoral como único alcalde comunista de capital de provincia. Y lo consiguió en gran medida, pese a tener las circunstancias en contra, desde una formación errabunda y plagada de fulanismo, que buscaba acomodo en la nueva situación y a la que intentó uniformizar, hasta un PSOE hegemónico que vendía el producto España afirmando que era el país donde más fácil resultaba enriquecerse rápidamente. Y pasando por la caída de la URSS, Maastricht, la OTAN…

Él no cedió a la moda, no cedió al mensaje que, si es el medio, no da opción a otro, y se fue… con algún infarto y operaciones de corazón como heridas de guerra. Quizás sea la vieja maldición. El partido que se integra en el sistema con la «ilusión» de transformarlo desde dentro, está condenado a fracasar en tal ilusión; quienes se transformarán adaptativamente en todo caso, serán sus militantes. Y el que por purismo o consciente de lo anterior, decide quedarse fuera, está muerto, porque no existe nada fuera del sistema, ni siquiera la marginalidad.

A Anguita le tocó enfrentarse a un todopoderoso PSOE, al que intentó  arrebatar la hegemonía de la izquierda. No lo consiguió, pero no se doblegó. Izquierda Unida sí se doblegó, con el resultado que todos conocemos. Hoy, con la tropa de «Podemos» habiendo enviado a Izquierda Unida a las alcantarillas de la historia, y amenazando seriamente al PSOE, se demuestra que su proyecto era posible. Cierto que son estilos muy distintos y que los de «Podemos» han captado mejor la advertencia de McLuhan –la frase es una advertencia, no un teorema sociológico-. Pero no es menos cierto que sus enemigos siguen calificando la ideología podemita de «trasnochada», «obsoleta», «totalitaria», «comunista» y otras lindezas por el estilo, idénticas a aquellas que propios y extraños le atribuían al califa rojo… Eso no cambia. Los tiempos sí, pero eso no.

Lo que sí ha cambiado es que Podemos quizás haya sabido explotar mucho mejor las contradicciones del mensaje que es medio

Lo que sí ha cambiado es que Podemos quizás haya sabido explotar mucho mejor las contradicciones del mensaje que es medio; en definitiva, las contradicciones del sistema. En este sentido, han sabido ser mucho más dialécticos que Anguita, al menos aparentemente. Luego, pues ya veremos. Puede que la historia se repita y acaben entrando en barrena como Izquierda Unida, víctimas de su propia heterogeneidad y de las heteroclicidades que ello comporta; de sus deficiencias, en definitiva, entre las cuales uno cree ver la falta de gente con la enjundia intelectual e ideológica del propio Anguita. Habrá que ver también si el camuflaje lo es de verdad o si es su propia piel, si su mensaje es sólo el medio, por decirlo así. Pero no tengo la menor duda de que para Anguita, el auge de Podemos debe tener los efectos de un desagravio.

Él lo intentó, quizás en tiempos más difíciles y con la herramienta inadecuada a falta de otra mejor, pero lo intentó sin conseguirlo… De ahí el sabor agridulce que nos transmite en esta recomendable autobiografía política. Lo dicho, a mí siempre me cayó bien.

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