El realismo de la literatura rusa

Ricard San Vicente es el responsable de la traducción al español de Voces de Chernóbil, hasta ahora la única obra de Svetlana Alexievich vertida al castellano / UB

Ricardo San Vicente: «El hombre soviético no ha desaparecido todavía»

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Ricardo San Vicente es profesor de literatura rusa en la Facultad de Filología. Ensayista y traductor, ha traducido la obra de Tolstói, Zóschenko y Shalámov —en la que trabaja todavía—y es el responsable de la traducción al español de Voces de Chernóbil, hasta ahora la única obra de Svetlana Alexievich vertida al castellano.

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UB / Con él hablamos de esta autora, periodista y escritora bielorrusa recientemente galardonada con el Premio Nobel de Literatura 2015, y de los rasgos más característicos de la literatura rusa actual, del desconocimiento entre culturas y de una sociedad, la nuestra, profundamente dominada por la economía y la tecnología, que parece dar la espalda a la cultura y las humanidades.

¿Cuáles son los rasgos principales de la narrativa de Svetlana Alexievich?

En Rusia y, de hecho en las repúblicas de la antigua Unión Soviética, está muy extendida la práctica de una literatura que algunos llaman literatura documental, basada en la realidad, narrada a partir de un evento histórico —como la Segunda Guerra Mundial—, de un evento personal —la muerte de la madre o de un pariente que suscita una reflexión a caballo entre la confesión, el periodismo y el texto literario—, de eventos dolorosos capaces de generar reacciones de todo tipo.

Lo que hace Alexievich es recoger testimonios personales: el abanico más extenso posible de aproximaciones, por edad, profesión, relación con el conflicto, tragedia o evento. También se da cuenta de que, realmente, la mujer no está nada presente en la literatura sobre la guerra y el conflicto, y escribe un libro construido todo él sobre testimonios, La guerra no tiene nombre de mujer, que dentro de poco aparecerá en castellano.

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¿Traducido por usted?

No, yo de Svetlana Alexievich solo he traducido el primero de sus libros publicado en español, Las voces de Chernóbil. Después inicié otras aventuras también relacionadas con esta literatura documental, que los polacos llaman —creo que con más propiedad— literatura de los hechos y que los editores llaman no ficción.

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Volvamos a Alexievich

Un hecho doloroso para ella es, al final del régimen soviético, la guerra de Afganistán. Este conflicto la lleva a recoger testimonios de parientes, de soldados caídos. También en los años 90, en pleno proceso de desmantelamiento de la URSS, cuando aumentan considerablemente los suicidios, Svetlana Alexievich hace una especie de escaneo del problema por medio de la experiencia de parientes, supervivientes, médicos… Todos los temas que toca giran alrededor de lo que ella llama el experimento soviético. La introducción a este libro, titulado Tiempo de segunda mano: el fin del hombre rojo, habla precisamente de su interés por el homo sovieticus, por esas generaciones que han sido absolutamente diferentes, protagonistas, víctimas y testigos de ese enorme experimento sociológico que ha sido la Unión Soviética.

Svetlana Alexievich trata temas contemporáneos relacionados con el fenómeno de la Unión Soviética

También utiliza la literatura de los hechos en Las voces de Chernóbil, que aborda nuevamente una catástrofe bien conocida en todo el mundo a partir de los testimonios de los bomberos, las mujeres de los bomberos, los supervivientes, los políticos, los militares, los liquidadores —como se llamaba a los que se encargaron de limpiar la zona—, etc.

En definitiva, Svetlana Alexievich trata temas contemporáneos relacionados con el fenómeno de la Unión Soviética y persigue, fundamentalmente, crear al final un gran mosaico que le permita entender y hacer entender la civilización soviética —como la llama el escritor ruso Andréi Siniavski—, incluso como hecho realmente diferencial en la historia de la Humanidad.

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¿Qué supondrá para la autora, para su país y para los países de habla rusa en general, haber recibido este galardón?

De momento, parece que la escritora ha recibido la felicitación del ministro de Cultura de Rusia y, por lo que he leído, también del presidente de Bielorrusia, que ha expresado su deseo de incluir las obras de Svetlana Alexievich en el programa escolar. Han tenido que pasar unos días para que reaccionara, tal vez influido por las elecciones.

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¿El presidente ha expresado su deseo de incluir las obras de una autora crítica con su figura y su gobierno?

¡Muy crítica! De hecho, una de las tesis de Alexievich es que la cultura soviética no ha desaparecido de la práctica política actual, no solo en Rusia y Bielorrusia, sino en todo el espacio de la antigua URSS. Y, evidentemente, su obra es muy crítica con todo esto, profundamente crítica. Dice en sus declaraciones: «Yo soy patriota de Rusia, pero no soy patriota de la Rusia de Putin, de Shoigú (que es el ministro de Defensa), de Lukashenko (presidente de Bielorrusia) y de otros políticos». De hecho, esta actitud está en sintonía con nuestra situación aquí, en la que tú puedes querer una España que no es exactamente la de Aznar.

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Parece que entre los países de la antigua URSS no se establece una delimitación muy clara.

Ricardo San Vicente es profesor de literatura rusa en la Facultad de Filología
Ricardo San Vicente es profesor de literatura rusa en la Facultad de Filología

Ella dice que los hombres que han pasado por la experiencia soviética, sean de Kazajistán, de Uzbekistán o de Bielorrusia, tienen mucho más en común que lo que los diferencia por pertenecer a las distintas repúblicas. El sello de la experiencia soviética ha sido tan profundo, que los mantiene unificados. Las nuevas generaciones tal vez serán diferentes; pero las actuales, las que han heredado esta cultura… La obra de Alexievich nos dice: soy una mujer soviética y me interesa llegar al corazón, al espíritu, al alma de este hombre soviético que no ha desaparecido todavía.

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Para el gran público, hablar de literatura rusa es hablar, por defecto, de las grandes obras del XIX. Por el contrario, se conoce poco la literatura soviética, y mucho menos la literatura postsoviética de los diferentes países de la antigua URSS.

De hecho, esta diferencia no la establecen ellos tampoco. No la establece Fazil Iskander, de Abjasia, que optó al Nobel en la época soviética, ni Chinguiz Aitmátov, nacido en Kirguistán. Y esto tiene que ver con el propio experimento soviético que, en su inicio, dota de escritura a muchos pueblos que solo tenían un sustrato cultural musulmán y cuya expresión más culta era, por tanto, en árabe. Y los pueblos del Cáucaso aparecen en la literatura en sus propias lenguas gracias a que el régimen soviético los dota de una escritura. Pero muchos escritores han entendido que la lengua rusa es su puente hacia el exterior; porque ni el kirguís, ni el kazajo, ni el uzbeko, ni el tayiko son lenguas que se puedan abrir camino por su propia cuenta y saltar de sus respectivas culturas a la cultura inglesa, española, alemana, italiana o francesa.

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Y más allá de la lengua en sí…

Hay una cultura, hay un proyecto —que Svetlana Alexievich explica en Tiempo de segunda mano: el fin del hombre rojo— dirigido hacia un futuro de libertad, de justicia y de riqueza. De hecho, la ideología comunista se construye sobre la base de la necesidad de un cataclismo social que elimine la propiedad privada, todas las instituciones sociales heredadas del régimen explotador anterior, para conseguir liberar al hombre de estos lazos y construir el comunismo en el que realmente seremos libres, dejaremos de ser explotados. Esta idea vive en el hombre soviético y permanece en una parte de la población, y la desaparición del proyecto, construido con tanto esfuerzo, con tantas víctimas, con tanto sufrimiento, con tanto dolor, la deja sin perspectiva y la somete a aquello a lo que nosotros estamos muy acostumbrados: a la mediocridad ordinaria de la vida cotidiana. De repente, se encuentran carentes de un objetivo elevado, épico, heroico, como aquel por el que sus padres lucharon durante la guerra, por el que construyeron con esfuerzo las ciudades, las presas, los canales de un nuevo país, la URSS, que ahora ha desaparecido.

Swetlana_Alexijewitsch / Imagen: Wikipedia
Swetlana_Alexijewitsch / Imagen: Wikipedia

La obra del Alexievich ha contribuido a dos fenómenos: una especie de deterioro del valor de la palabra oficial y una vuelta a poner un nombre a cada cosa, que empieza por reconsiderar el propio mundo y reconstruir la realidad. Además, se ha producido una gran eclosión de la literatura de viajes, de una literatura desposeída de los elementos ideológicos que el poder inoculó en la literatura soviética, en el llamado realismo socialista. Y este deseo de reconstruir el mundo y dotarlo de voz da paso también a las memorias, las autobiografías, las crónicas. Hay escritores que nacen de la experiencia de la guerra de Chechenia, como ocurrió en su momento con la Segunda Guerra Mundial; pero en este caso la abordan desde una perspectiva más objetiva, pretendiendo entender por qué, de repente, los hombres deciden matarse unos a otros en nombre de una serie de ideas cuando podrían resolver el conflicto a través del diálogo.

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Entonces, el realismo sigue vivo en la literatura rusa

Absolutamente presente, incluso en la obra de Vladimir Sorokin, un escritor muy reconocido que utiliza la literatura de ciencia-ficción como una especie de extrapolación del régimen de Putin y establece un puente entre una visión futura y muchos elementos de la época de Iván el Terrible, con un nuevo lenguaje lleno de elementos chinos, que es el colectivo que él piensa que finalmente dominará el mundo. Es una especie de ucronía para hablar de la deriva cada vez más policial, más injusta, más autoritaria, más centralista, del régimen de Putin.

Pero también durante la época soviética, ¿qué es Grossman sino un escritor que en Vida y destino intenta digerir la Segunda Guerra Mundial? Y, en el terreno de la poesía, ¿que es el Réquiem de Ajmátova sino una reflexión sobre la suerte que sufren los muertos que la rodean? ¿O qué plantea Fazil Iskander en Sandro de Chegem sino los problemas que nos preocupan a todos y que van mucho más allá del micromundo creado alrededor de la pequeña república de Abjasia?

Podríamos hablar de otras obras y escritores, como El primer maestro, de Aimàtov, la historia personal de un hombre de cultura soviética que viaja a Kirguistán, un país perdido en el pasado asiático más remoto donde topa con un respuesta seca: «Aquí no tienes nada que hacer, nosotros tenemos el Corán para educar a nuestros hijos», o El maestro y Margarita, de Bulgákov, una ficción fantasmagórica pero muy vinculada también a la realidad soviética de los años 20-30.

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¿Cree que el Nobel conllevará una recuperación de la obra de Svetlana Alexievich en Occidente y quizás, a su vez, suponga la recuperación de otros autores en lengua rusa?

No sabemos cuáles son las claves del éxito. Si los editores o los agentes lo supieran, no estaríamos como estamos. Hay períodos de entusiasmo, como ocurrió durante la perestroika: la gente quería saber y leía y se publicaban muchas cosas. Pero llega la guerra de Chechenia y con ella el rostro más feroz de Rusia, y el interés baja. Yo estoy traduciendo la obra de Shalámov y la editora está muy contenta por la repercusión que tiene una obra tan dura sobre los campos de trabajo soviéticos; en cambio, en los años 80, del Archipiélago Gulag de Solzhenitsyn, Plaza & Janés solo publicó el primer volumen. Con todo, yo espero que sí, que el Nobel de Alexievich generará el interés de los editores, y espero que también el de los lectores.

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Hablemos del papel del traductor. ¿Está suficientemente reconocido?

Cuando, a raíz del Nobel de Alexievich, la edición electrónica de El País publica a toda prisa un fragmento de Las voces de Chernóbil, olvida totalmente mencionar al traductor. Y no solo los medios se olvidan: también los lectores. Aquí entramos de lleno en un tema propio de la Universidad: la especialidad de Filología Eslava ha desaparecido.

Dentro de veinte años no habrá traductores, o serán rusos, o chinos, o coreanos que han aprendido ruso y catalán

Los traductores actuales de literatura rusa o polaca son el fruto del trabajo de veinte años de formación de gente que ha estudiado aquí, ha recibido becas y ha trabajado en estos países para poder trasladar actualmente, con cierta autoridad y conocimiento, esta cultura escrita rusa o polaca al catalán o al castellano. Dentro de veinte años no habrá traductores, o serán rusos, o chinos, o coreanos que han aprendido ruso y catalán y que se dedicarán a traducir del ruso al catalán y del catalán al ruso. Pero no seremos nosotros; porque prácticamente hemos dejado de formar nuevos eslavistas.

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Porque la función del traductor va más allá de traducir palabras…

Una de las funciones de la traducción es acercar las culturas. Mis estudiantes deben saber al menos qué es un samovar; cuando diga la palabra isbà, deben ser capaces de visualizar una casa de madera con techo de paja de un campesino ruso medianamente miserable. Deben ser capaces de visualizar la realidad que nos transmiten Tolstói, Chéjov, Dostoievski, y si hablamos —como decía Siniavski— de la civilización soviética, deben ser capaces de entender conceptos absolutamente desconocidos en nuestra cultura. El único que realmente traslada estos conceptos y los hace comprensibles, con notas o glosarios, el único que los intenta entender a través del tejido del texto y hacerlos comprensibles al lector es el traductor.

Hay que tener en cuenta que el ruso o el soviético, como muchos pueblos aislados, participan de la idea de que todo el mundo conoce su realidad, que abarca aspectos muy particulares, desde los meteorológicos hasta los políticos, pasando por el argot penitenciario. Es el traductor el que tiene que trabajar con el autor o con especialistas rusos para completar un trabajo cuyos fundamentos, la tierra sobre la que se estructura, son unos estudios de un mínimo de cuatro o cinco años y que actualmente han desaparecido en nuestra Facultad y prácticamente en todas las facultades de Filología de España.

No trabajamos solo para tener nuestra hamburguesa con patatas sobre la mesa. Se va a producir una situación de desconcierto en la vida más profunda. En los momentos de desconcierto descubrimos que quizás treinta años antes deberíamos haber mejorado nuestros estudios de historia, de filosofía, de filología.

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