El referéndum como última oportunidad

¿Hay quien pertenece a España y hay quien la posee?

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Por Xavier Massó x.masso@catalunyavanguardista.com

Xavier Massó_editedLa Historia es un saber idiográfico, y en el plano que les corresponde como derivados de ella, la Sociología y la Política también… hasta la Economía lo es, pese a quien pese. Cada fenómeno abordado como objeto de conocimiento desde estas disciplinas tiene unas singularidades propias que lo hacen único e irrepetible. Podemos establecer el comportamiento de un gas bajo unas determinadas condiciones de presión y temperatura, pero no podemos saber qué hubiera ocurrido si Julio César hubiera sobrevivido al atentado que acabó con su vida o si Cataluña hubiera alcanzado su independencia el 11 de septiembre de 1714.

Tampoco, por las mismas razones, podemos saber en qué sentido derivará una determinada situación política. Podemos intuirlo indiciariamente, pero siempre, o en el mejor de los casos, estaremos a medio camino entre la profecía y la predicción. Esto no es ciencia. No es mejor ni peor, ni superior ni inferior a otros ámbitos de conocimiento como puedan ser la Física o la Química; es, simplemente, lo que hay.

Sirva este exordio de justificación previa a las tesis y juicios que desarrollaré en este artículo. Ni pretendo estar en la verdad absoluta ni pienso que nadie lo esté, pero intentaré argumentar por qué considero ineludible la celebración de un referéndum en Cataluña, por qué pienso que hasta podría contribuir como revulsivo a la superación de buena parte de los estigmas históricos españoles y, también, por qué considero que el empecinamiento en rechazar tal referéndum es un error que todos podemos acabar pagando muy caro.

[blocktext align=”left”]Hoy por hoy, el independentismo no es mayoritario en Cataluña, pero sí es indiscutiblemente hegemónico.

Hoy por hoy, el independentismo no es mayoritario en Cataluña, pero sí es indiscutiblemente hegemónico. A ello hay que añadirle también una buena parte de la ciudadanía catalana que, sin sentirse independentista, tampoco se identifica con la idea de españolidad que tradicionalmente se ha suministrado como antídoto contra el catalanismo en general. Un sector ciertamente heteróclito, pero que puede coincidir coyunturalmente con algunos de los argumentos del nacionalismo. Una cosa es el diagnóstico y otra la terapia. La sincronía con ciertos aspectos del argumentario independentista no implica que se comparta el ideario. Ignorar esto, o asociarlo al independentismo, es un error cabal. También hay, indudablemente, un tercer sector claramente españolista, en el sentido de no contemplar la posibilidad de secesión bajo ningún concepto. Como en el anterior grupo, hay también muchos matices, pero esto les uniría.

Es difícil establecer una estadística fiable de la proporción en que estos tres sectores, con sus, las más de las veces, difusas fronteras, se distribuirían entre la sociedad catalana. Máxime si tenemos en cuenta que la mayoría de las encuestas realizadas con este objeto vienen todas ellas con un sesgo marca de la casa que los haya pagado. Tampoco las multitudinarias manifestaciones independentistas deberían dar a entender una mayoría independentista, pero sí un recalentamiento del sector nacionalista que se desplaza hacia el independentismo explícito. Y eso sí, con unos niveles de activismo militante que, con los debidos márgenes estadísticos, dan más bien a pensar que son todos los que están y están todos los que son.

En las últimas elecciones generales (2011), los partidos explícitamente independentistas obtuvieron un total del 35.85% de votos (1.258.508 votantes), con un 66.82% de participación.  Un año después, en las últimas autonómicas del 2012, y con un (sorprendente) índice de participación de un 69,56%, el total de las formaciones independentistas fue un 47.46% (1.724.842 votantes).

En relación al total del censo electoral, el voto independentista en las generales del 2011 fue de un 23.42%; en las autonómicas del 2012, un 33.15%. Contra lo que había sido «normal», hubo mayor participación en las autonómicas que en las generales, un 69,56% contra un 63,52%; un 6.04% más.

En apenas un año, el voto independentista se incrementó en un 7,5%. En cifras se corresponden a un aumento de más de medio millón de votos. Una cifra nada desdeñable, y que da a pensar, sin necesidad de darle demasiadas vueltas, que el aumento de participación en el 2012 obedeció a una movilización del independentismo; y también, que las cohortes generacionales que se incorporan por edad al derecho de voto, lo hacen masivamente al independentismo. La tendencia está ahí. No es mayoritario, pero amenaza con serlo en breve.

Tampoco el auge del independentismo en Cataluña es un fenómeno coyuntural de respuesta a la crisis económica.

Tampoco el auge del independentismo en Cataluña es un fenómeno coyuntural de respuesta a la crisis económica. No cabe duda alguna que ha coadyuvado a ello, pero hay razones subyacentes de calado mucho más profundo que no se pueden entender por la simple coincidencia sincrónica del ascenso del independetismo con la crisis.

El auge del independentismo es más bien el resultado de un proceso que, azaroso o meticulosamente calculado, ha cuajado en «feliz» coincidencia con una crisis que le ha dado si cabe más pábulo. Pero considerar que la hegemonía del independentismo se debe a la crisis económica es un error, uno más de tantos que se han cometido a la hora de desentenderse de Cataluña y de su realidad desde el resto de España.

[blocktext align=”left”]El talismán de la propuesta independentista es un referéndum por el «derecho a decidir» del pueblo catalán

El talismán de la propuesta independentista es un referéndum por el «derecho a decidir» del pueblo catalán. Tal vez fuera inicialmente un farol concebido como arma de presión por unas élites seguras de su control sobre las correas de transmisión auspiciadas por ellas mismas. Pero si en algún momento fue así, ya no lo es. La prueba más fehaciente de ello son los resultados de las elecciones del 2012. Hoy son dichas correas de transmisión las que marcan la agenda independentista de un gobierno que, hipotecado a su vez por el primer partido de la oposición -ubícuamente oposición, socio y conciencia- se ha convertido, por convicción, por vocación o por estupidez, en rehén de sí mismo.

Por su parte, la propuesta de un referéndum ha cuajado plenamente entre un sector de población mucho más amplio que el estrictamente independentista. Las razones de ello son de lo más variado y van desde la consciencia de las particularidades catalanas con respecto al resto de España, hasta la estética democratizante   de la propuesta. Así es como se ve entre la mayoría de la población catalana, como un derecho cuya prohibición se interpreta mayoritariamente como una imposición arbitraria sin solución de continuidad. Al menos desde este punto de vista, los independentistas están ganando las batallas ideológica y de la imagen, porque con la propuesta de referéndum, la patata caliente se sitúa en el tejado del Estado. El problema está ahí delante, y no querer verlo es contribuir a acrecentarlo.

La percepción que la población de Cataluña tiene en estos momentos de forma mayoritaria, y con independencia de su origen o condición, es que la región más rica de España, la más competitiva y la que mayor proporción de PIB aporta, no está considerada ni tratada como debe; más bien al contrario, aviesamente o negligentemente discriminada. Luego están los recortes del Constitucional al Estatuto -perfectamente instrumentalizados como arma propagandística-, competencias que se le recortaron a Cataluña que sí tienen otras autonomías y, cómo no, el agravio comparativo con vascos y navarros -el pacto fiscal que a Cataluña se le niega-, así como la creciente percepción según la cual si a los vascos se les concedió y a los catalanes no, fue por otro tipo de motivaciones fácilmente detectables. Y todo esto por no hablar de ciertos anti catalanismos viscerales que saltan a la palestra con recurrente regularidad, interpretados por histriones que bien podrían ser topos del independentismo más radical. La diferencia no se notaría. Una imagen según la cual hay quien pertenece a España y hay quien la posee.

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