El Silúrico, la conquista de la tierra

Imagen: Wikimedia - Autor: John Mason Clarke (1857-1925), Rudolf Ruedemann (1864-1956): The Eurypterida of New York. Volume 1. New York State Museum Memoir 14

Si antes la vida se había concentrado en los mares, durante el Silúrico todo cambió. Entre los 443 a 419 millones de años la vida superó la crisis de finales del Ordovícico y dio uno nuevo orden a los ecosistemas emergentes. Durante los 24 millones de años del Silúrico las biotas dieron un giro de 180 grados.

 

David Rabadà | Catalunya Vanguardista @DAVIDRABADA

Tras una entrada a una nueva etapa cálida y más estable la vida se diversificó de lo lindo. Los anteriores graptolites monográptidos del Ordovícico aquí evolucionaron y se diversificaron permitiendo con ellos buenas dataciones como fósiles guía. Cabe añadir a esta dispersión la de los peces agnatos, los corales, los crinoideos, los insectos sin alas y los estromatoporoides (ver: Un Ordovícico lleno de sorpresas evolutivas). Todos ellos obtuvieron su máxima expansión sobre la Tierra durante el Silúrico. Mientras, comenzaron su evolución un grupo de braquiópodos llamados terebrátulas. Estos organismos con dos valvas presentaban un orificio en su unión de donde pendía un pedúnculo para fijarse al sustrato.

Los peces acantodios y actinopterigios se adueñaron de los mares del Silúrico

A aquellos braquiópodos se añadieron los “peces” con mandíbula, estructura que había evolucionado desde los ancestrales arcos branquiales. Así los peces acantodios y actinopterigios se adueñaron de los mares del Silúrico. Los acantodios compartían caracteres comunes con los actuales tiburones, parcialmente cartilaginosos, y con los de esqueleto totalmente osificado como los teleósteos. La piel de los acantodios venía recubierta por minúsculas plaquetas romboidales que también recordaban a las escamas de los teleósteos.

Acanthodes bronni, un acantodio del Pérmico temprano de Alemania, dibujo a lápiz / Wikimedia – Autor: © N. Tamura

Pero la clase peces resulta un calidoscopio ya que no ostentó un antepasado común. Éstos procedieron de distintos antepasados que bajo la necesidad de cuerpos hidrodinámicos desarrollaron cuerpos fusiformes similares. Así pues los actinopterigios, o “peces” con esqueleto óseo y aletas radiadas, tampoco eran parientes cercanos de los acantodios. Y aunque poseían espinas óseas en sus aletas tampoco compartieron antepasado común con la mayoría de peces con esqueleto calcificado, los osteíctios, un término hoy casi abandonado.

Los ammonoideos, parientes de los actuales argonautas, se convertirían en fósiles guía durante todo el Mesozoico venidero

Independientemente de los mal llamados peces, otros grupos se diversificaron durante el Silúrico. Hasta los antepasados de las amonitas del Mesozoico, los bactrítidos, desarrollaron su evolución durante este periodo. Éstos, los ammonoideos, parientes de los actuales argonautas, se convertirían en fósiles guía durante todo el Mesozoico venidero, la mal llamada Era de los dinosaurios. Quizás la dispersión de estos bactrítidos provocó la recesión de los nautiloideos, o actuales argonautas, durante aquel Silúrico.

Pero lo mejor vino en tierra firme. Por aquellos tiempos la placa Báltica colisionaba en su oeste con la de Laurentia acorralando a los antiguos mares de Iapetus y Reico. Báltica y Laurentia, en el hemisferio sur, levantaron la cordillera Caledoniana que se orientó de norte a sur a lo largo de sus más de 4.000 kilómetros. Su erosión posterior propició los Old Red Sansdtone en USA. Al final ambos continentes se soldaron dando lugar a la nueva Laurusia, un placa que contuvo parte de la actual Europa y Asia.

Imagen: Flickr – Autor: Judy Breck

Pero antes, y durante ese Silúrico, el gran continente todavía situado sobre el polo sur, Gondwana, contenía grandes casquetes glaciales como lo indicaron sus tilitas en rocas del Sáhara actual. Al suroeste de Gondwana, como ya dijimos, se extendía un mar en recesión, el Iapetus intercontinental. Pero el hemisferio norte seguía virgen de grandes continentes bajo el océano inmenso de Panthalassa. La isla de Laurentia y Báltica residían entre Gondwana al sur y Panthalassa al norte.

Con tanta tierra emergida, y con los antecedentes biológicos de finales del Ordovícico, la expansión de las plantas resultó una gran oportunidad. Los incipientes bosques del Silúrico con grandes licopodios y otras plantas vasculares se acumularon dando capas de carbón. Aquello significó un nuevo captor de dióxido de carbono y un aliciente para un mayor oxígeno atmosférico que tendría sus grandes consecuencias durante periodos posteriores. Pero entre aquellas forestas evolucionaron los primeros artrópodos terrestres, seres que nos dejaron sus pisadas sobre algunos sedimentos continentales. Otro periodo con grandes saltos evolutivos le esperaba a esta Evolución en la Tierra, el Devónico.

Este artículo es la continuación de una serie titulada “Evolución en la Tierra“, a cargo de nuestro colaborador científico, David Rabadà.

Entrega anterior: Un Ordovícico lleno de sorpresas evolutivas (entrega 21)

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