El Triásico, el inicio de una nueva Era

Comenzó la mal llamada Era de los dinosaurios, la Secundaria o Mesozoica / Imagen: pxhere

Tras la hecatombe de finales del Pérmico sólo unos pocos supervivientes comenzaron la repoblación terrestre. Durante los próximos 51 millones de años el Triásico abrió sus puertas ante la crisis biológica anterior. Es decir, entre los 252 y los 201 millones de años la Tierra devino un nuevo vergel de probabilidades evolutivas.

 

David Rabadà | Catalunya Vanguardista @DAVIDRABADA

Inicialmente no existían los gigantes arrecifes de coral ni los extensos bosques del Pérmico. De hecho, y durante aquellos inicios sólo hubo un género de tetrápodos y tres de plantas superiores, es decir entre los 251 y los 246 millones de años la biodiversidad estaba bajo mínimos excepto con los microorganismos del subsuelo marino. Estos, y de manera milagrosa, han llegado hasta nuestros días. En el Nature de octubre de 2000 se publicó el hallazgo de multitud de “bacterias” que pervivían en sedimentos de hace 250 millones de años.

Pero entre los metazoos y las plantas superiores la crisis fue total después del Pérmico. Su biodiversidad se hallaba bajo mínimos con pocos seres aptos para la repoblación. Ese cuello de botella potenció la evolución de muchos grupos bajo el equilibrio puntuado (ver: Un Ordovícico lleno de sorpresas evolutivas). Así comenzó la mal llamada Era de los dinosaurios, la Secundaria o Mesozoica. De hecho los dinosaurios comenzaron a evolucionar unos 20 millones de años después de aquella hecatombe. Pero además jamás devinieron los principales organismos de aquel periodo ya que hubo muchos otros seres de suma importancia. Lo que realmente ocurrió durante aquella disputa entre biotas fue que el oxígeno fue nuevamente aumentando hasta llegar a un suave máximo a finales del Triásico. Algo le estaba pasando a la Tierra.

El Triásico, junto con el Jurásico y el Cretáceo, devino la primera de las tres partes en las que se dividió la era Mesozoica

El Triásico, junto con el Jurásico y el Cretáceo, devino la primera de las tres partes en las que se dividió la era Mesozoica. Tanto su principio como su final vinieron marcados por eventos de extinción. El nombre Triásico fue propuesto en 1834 por Friedrich Von Alberti, basándose en la presencia de tres formaciones rocosas bastante extendidas por Europa. Durante este periodo casi todas las tierras emergidas configuraban un gran continente, la Pangea. En su parte oriental se abría un gigantesco golfo a modo de océano, el Tethys. El resto de las aguas, al oeste y al norte, continuaban formando el gran océano de Panthalassa. Este, y hace unos 240 millones de años, comenzó su subducción por debajo de las tierras emergidas.

El clima del Triásico fue bastante cálido y seco, incluso sin casquetes glaciales. De hecho el gran tamaño de Pangea motivó que su clima fuese fuertemente continental. Pero su posición alrededor del ecuador y trópicos llegó a propiciar grandes selvas, bosques y hasta inmensos desiertos. Las plantas dominantes fueron los licopodios, las cicadáceas y los glosopteridios que junto con la recuperación del fitoplancton marino fueron aumentando el oxígeno terrestre consumido a finales del Pérmico. En ello las cicadales, y bajo la aridez de algunas regiones, encontraron su momento evolutivo diversificándose de lo lindo.

Flores y Licopodios: Passiflora angusta / Flickr – Autor: barloventomagico

También las coníferas, y en igual contexto, se expandieron con profusión por el hemisferio norte. Ambas, cicadales y coníferas, se habían adaptado a la aridez gracias a semillas que podían crecer en ambientes secos (Leer: El Pérmico, un periodo que lo cambió todo). Ello propició unas extensas forestas por donde muchos insectos y tetrápodos encontraron hábitats por donde evolucionar.

Entre areniscas y arcillas del sur del Brasil, Sudáfrica, Rusia, Antártida e India hemos hallado multitud de restos de los mal llamados reptiles. Entre ellos citaremos unos herbívoros, los Lystrosaurus, que con aspecto de hipopótamo deambulaban por los humedales del momento.

Lystrosaurus / Wikimedia – Autor: Dmitry Bogdanov 

Cabe añadir, y los anteriores, géneros de hace unos 246 millones de años como el mamiferoide Dicinodon, el herbívoro y pariente de las tortugas Escutosaurus, el gran carnívoro Gorgonoxius de más de 4 metros de longitud, y un anfibio con aspecto de cocodrilo llamado Laberintodon. Entre ellos, y hace unos 240 millones de años, se diversificaron un grupo de “reptiles”, los  arcosaurios, que fueron desplazando progresivamente a gran parte de los sinápsidos que habían dominado el Pérmico.

Al menos 10 grupos diferentes desarrollaron fémures con articulación esférica que les permitía andar sin elevar el cuerpo, “sin reptar”

Al menos 10 grupos diferentes desarrollaron fémures con articulación esférica que les permitía andar sin elevar el cuerpo, “sin reptar”. De esta estructura evolucionarían los primeros dinosaurios y mamíferos. Mientras los parientes esfenenodontos, como el actual tuatara de Nueva Zelanda, se dieron cita en aquel cóctel de nuevas oportunidades biológicas.

Al final, y desde algún grupo emparentado con los sinápsidos, evolucionaron los prototerios, o primeros mamíferos, todos ellos congéneres de algún tipo de cinodonto del Pérmico como el Cynognathus. Estos primeros mamíferos ponían huevos y alimentaban a sus lechones con secreciones de su piel, es decir todavía no poseían pezones. Pero también las primeras tortugas y ranas se dieron cita en esta nueva tierra del Triásico. A ellos se añadieron serpientes, cocodrilos primitivos como el Proterosuchus, y otros vertebrados que ocuparon el vacío dejado por la extinción del Pérmico. Y emparentados con los arcosaurios, de quienes habían descendido los cocodrilos, vimos evolucionar un grupo de tetrápodos que muchos hemos admirado desde infantes, los dinosaurios.

Imagen de Insa Osterhagen en Pixabay

Probablemente procedieron de un grupo que vivió en Sudamérica, los lagosúquidos, que en apenas 5 o 10 millones de años derivaron en los posteriores dinosaurios. Cerca de los 230 millones de años, y cuando la Tierra frenada por las mareas ya ostentaba unos 385 días por año, hay evidencia de uno de ellos, el Eodromaeus (ver el Science de enero de 2011). Junto a él también cabe citar al Eoraptor. Estos primeros dinosaurios eran bípedos y de medio metro de altura.

En breve los dinosaurios se diversificaron en dos grandes grupos, los ornitisquios, que poseía una cadera con el pubis e íleon fusionados como en los posteriores hadrosaurios, y los saurisquios, con una cadera con pubis e íleon separados como en los saurópodos y las aves. Estas últimas, mal les pese, evolucionaron de caderas no ornitisquias dando continuidad a los dinosaurios. Es decir este grupo, los dinosaurios, todavía no se ha extinguido ya que las aves les han sucedido. Cuando usted degusta una alita de pollo sepa que está saboreando carne de dinosaurio.

Los dinosaurios, todavía no se ha extinguido ya que las aves les han sucedido. Cuando usted degusta una alita de pollo sepa que está saboreando carne de dinosaurio

Pero el mar, bastante vacío desde finales del Pérmico, ofreció también su espacio ante la evolución de pioneros. Nuevos tipos de corales aparecieron a principios del Triásico, los hexacoralarios. Ellos acabarían formando grandes arrecifes aunque otros organismos les antecedieron y superaron. Estos precursores, posteriores a los 247 millones de años, los hallamos en las Dolomitas de Italia, o en las formaciones de la Riba en el noreste ibérico. Aquellos primeros escollos, y aprovechando el vacío de los corales, no fueron formados con los actuales pólipos, sino que crecieron en base a otros organismos como algas, esponjas y algunos escleractínidos, estos sí corales, para formar lo que hoy llamamos microbiolitos, que no arrecifes. En su conjunto eran enormes montañas submarinas formadas por el crecimiento de estos organismos.

Dibujo de un ammonites / Junta de Andalucía

Pero en aquellos mares otros seres ocuparon el vacío de la extinción pérmica. Por ejemplo, los ammonoideos, y a partir de unas pocas líneas que sobrevivieron a la extinción, se recuperaron y diversificaron. Entre ellos las amonitas y los ceratites con sus conchas espirales planas, devinieron importantes fósiles guía durante todo el Mesozoico. Otros parientes de estos cefalópodos, las belemnitas, también hallaron su momento de gran profusión. Su fosilización vino facilitada gracias a sus esqueletos internos en forma de bala que equivalían a las actuales plumas del calamar. Este grupo, dentro de los coleoidea, evolucionaron hasta las sepias y los pulpos actuales. Cabe mencionar la gran dispersión de grupos como los crinoideos o actuales lirios de mar, como también los braquiópodos con fuerte profusión de formas como las terebrátulas y los rinconélidos. Aunque durante el Triásico comenzaron a evolucionar los primeros crustáceos macruros similares a las langostas actuales.

Pero no sólo de invertebrados se poblaron los mares. Unos tiburones extintos, hoy llamados hibodóntidos, se alimentaban de amonitas, aunque hace unos 237 millones de años también comenzaron a evolucionar los tiburones modernos o neoselacios con algo muy novedoso, sus dientes con tres capas minerales. Pero por aquel entonces existían muchos tipos de reptiles marinos que también devoraban amonitas, incluyendo los primeros Plesiosaurios e Ictiosaurios de hace unos 240 millones de años. Todos ellos evolucionaron y se dispersaron durante el Triásico. También los reptiles voladores hallaron su gran expansión colonizando los litorales y los bosques del momento.

Interpretación artística del aspecto de la Tierra a comienzos del período Triásico / Wikimedia – Autor: Falconaumanni

Cerca de los 225 millones de años Laurusia y gran parte de China colisionaron formando un nuevo continente, Laurasia, que a su vez se soldaría con Gondwana para cerrar definitivamente un gran continente, la Pangea, y crear un gigantesco golfo que se abría a su este, el océano de Tethys. La península ibérica, o la pequeña parte que de ella existía, seguía en latitudes ecuatoriales bajo desiertos y litorales tropicales llenos de arrecifes de esponjas y otros constructores.

Los corales, como antes hemos dicho, todavía no eran los reyes de los arrecifes después de la extinción pérmica. En aquel contexto tan continuo, y con pocas masas continentales dispersas, los ecosistemas estaban bastante conectados y su biodiversidad fue menor que en etapas anteriores. La prueba la tenemos en el número de familias del Triásico que devino mínimo con respecto al resto de periodos del Mesozoico.

De todas formas, y hace unos 225 millones de años, los dinosaurios ostentaron una gran diversificación por aquel gran continente. Su capacidad endotérmica parece que les ayudó en aquella expansión. Cabe detallar que los dinosaurios no eran reptiles, clase artificial ya que no posee un antepasado común en todos ellos. En cambio los dinosaurios sí pareen monofiléticos bajo unos cuerpos que sabían generar calor de forma autónoma (ver el Nature de junio de 2012 y otros trabajos citados en él). De hecho las actuales aves, que pertenecen a los dinosaurios, generan su propia temperatura. Fuera como fuera el diseño dinosaurio alcanzó medidas gigantes para favorecer la conservación del calor y evitar el ataque de otros depredadores. Así tenemos a los enormes dinosaurios herbívoros, los prosaurópodos, que empezaron su evolución al final del Triásico. De todas formas aquello fue una excepción ya que durante toda su evolución pervivieron dinosaurios de calibre pequeño y mediano.

 

Competidores de “sangre caliente”: los mamíferos

Pero a los dinosaurios les salieron otros competidores de “sangre caliente”, los mamíferos. Cerca de los 220 millones de años unos seres parecidos a las musarañas comenzaron a deambular por los parajes del Triásico. Junto a ellos, y ocupando los cielos libres, se diversificaron aún más los “reptiles” voladores. Pero, y en tierra firme, los lepidosauros, lagartos y serpientes, encontraron su gran momento de gran expansión. En el mar la cosa tampoco se quedó quieta ya que sobrevino una gran revolución evolutiva.

Ictiosaurio / Imagen de kordula vahle en Pixabay

Los “reptiles” marinos con forma de delfín, los ictiosaurios, y los “peces” con aletas radiales, los teleósteos, se diversificaron en múltiples especies. Durante aquel tiempo, y sin grandes consecuencias, impactó un gran meteorito en Manicougan, Canadá, dejando un cráter de unos 100 quilómetros de diámetro. Aquello ocurrió hace unos 214 millones de años.

A finales del Triásico el gran continente Pangea comenzó su tímida ruptura mientras amplias franjas desérticas se expandían por su interior

A finales del Triásico el gran continente Pangea comenzó su tímida ruptura mientras amplias franjas desérticas se expandían por su interior. Prueba de ello la tenemos en la formación Navajo en Estados Unidos con centenares de metros de dunas fosilizadas. De todas formas Pangea no se vería claramente dividida hasta el Jurásico.

Cerca de los 200 millones de años el Triásico vio su fin bajo una gran extinción de sus biotas. Los enigmáticos conodontos, junto con el 20 % de las familias marinas, perecieron. La gran mayoría de los cefalópodos sobrevivieron menos los ceratítidos. Los primitivos tiburones hibodóntidos también decayeron. Al final algo sucedió durante unos pocos miles de años que dio al traste con muchos organismos. Algunos expertos publicaron en el Current Biology de mayo de 2012 que la culpa la tuvieron los dinosaurios. Los gigantes saurópodos al fermentar ingentes cantidades de vegetales en sus tripas, emitían grandes cantidades de metano a la atmósfera, algo que quizás aumentó el efecto invernadero del planeta. En fin, y según estos autores, los pedos de los dinosaurios mataron a muchos seres.

En pocos miles de años, un calentamiento global inducido por un intenso vulcanismo con niveles de dióxido de carbono más la pérdida de oxígeno de los océanos, exterminó gran parte de las biotas de nuestro planeta

Pero para otros científicos más sensatos la causa debió ser más global y de mayor calibre. Las masivas erupciones volcánicas propiciadas por el inicio de la disgregación de Pangea parecían estar detrás de aquella extinción que duró miles de años. De hecho parece que se repitió el mismo contexto que zanjó la vida a finales del Pérmico (ver: El Pérmico, un periodo que lo cambió todo). Es decir, y en pocos miles de años, un calentamiento global inducido por un intenso vulcanismo con niveles de dióxido de carbono cercanos a los 1.300 ppm, más la pérdida de oxígeno de los océanos, exterminó gran parte de las biotas de nuestro planeta.

Además el levantamiento de los fondos oceánicos con sus abundantes dorsales propició una fuerte transgresión sobre los continentes y la reducción de muchos ecosistemas. Aquello provocó el inicio de la apertura de un nuevo mar, el Tethys, y el preámbulo de los grandes océanos jurásicos.

Este artículo es la continuación de una serie titulada “Evolución en la Tierra“, a cargo de nuestro colaborador científico, David Rabadà.

Entrega anterior: El Pérmico, un periodo que lo cambió todo (entrega 25)

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