Émile Zola escribe J’accuse…!

Portada de L'Aurore de 13 de enero de 1898 con la carta Yo acuso de Zola / Wikimedia

Tal día como hoy… 13 de enero de 1898 Émile Zola escribe J’accuse…!

 

El 13 de enero de 1898, el diario parisino l’Aurore publicaba en su primera plana el manifiesto ‘J’accuse…!’, una carta abierta al presidente de la República Francesa, en la cual cargaba contra el antisemitismo rampante en la Francia escandalizada por el caso Dreyfus.

 

CV / El manifiesto fue auténtico monumento a la libertad de expresión y todo un ejemplo de compromiso moral e intelectual. Acusaba a altos cargos militares, del gobierno y al mismo presidente, de complicidad culpable en la condena de un inocente. Lo firmaba Émile Zola.

Caso Dreyfus / Wikimedia

El caso Dreyfus sacudió los cimientos de la sociedad francesa y fracturó a la opinión pública en dos bandos irreconciliables, con el tema del antisemitismo y la estigmatización de los judíos franceses de por medio. En una Francia donde en los mapas escolares las regiones perdidas de Alsacia y Lorena estaban pintadas de negro en todas las escuelas –en señal de luto- y con Alemania considerada el enemigo nacional tras la humillación de 1870, con fuertes convulsiones sociales y todavía con monárquicos conspirando contra la República –muy especialmente en el ejército-, el estallido del caso Dreyfys puso al país frente a sí mismo.

Se trataba de un caso de espionaje a favor de Alemania, del cual se acusaba a un oficial judío, el capitán Alfred Dreyfus, que fue detenido y sometido a un consejo de guerra. El caso tuvo un fortísimo eco en la prensa, y se utilizó para agitar el fantasma nacionalista y la demagogia más nauseabunda. La condición de judío de Dreyfus le situaba además en el punto de mira del antisemitismo, con planteamientos que no diferían demasiado de los que apenas veinte años después proferirá Hitler en ‘Mein Kampf’. El antisemitismo no era, ciertamente, un fenómeno exclusivamente alemán.

Se trataba de un caso de espionaje a favor de Alemania, del cual se acusaba a un oficial judío, el capitán Alfred Dreyfus, que fue detenido y sometido a un consejo de guerra

Aunque en cierto modo era un pretexto dentro de una pugna dentro del ejército, que se convirtió luego en el caballo de batalla mediático. Los altos oficiales del ejército francés eran antirrepublicanos –incluso había autoridades políticas antirrepublicanas-, y en las escuelas militares francesas no se respiraba un ambiente precisamente republicano. El gobierno, consciente de ello y para contrarrestar esta tendencia, creó nuevas escuelas militares a partir de l’École Polytecnique’, formando cuadros militares instruidos muchas veces por civiles, imbuidos de un espíritu más laico y republicano, además de mucho mejor preparados profesional, técnica y científicamente, que los viejos oficiales derrotados por los prusianos. Ello creó animadversiones entre la oficialidad clásica del ejército hacia estas nuevas promociones, a las cuales pertenecía Dreyfus.

Émile Zola optó por comprometerse, en un acto que le honró y que pasó a la historia como un ejemplo de integridad moral de conciencia

Las pruebas eran endebles, y como se descubrió posteriormente, el auténtico espía era uno de los milicos más furibundamente patriotas de puertas afuera –como suele ocurrir-, un tal Esterhàzy, que fue cínicamente absuelto. Y ante la deriva populista, con afamados intelectuales orgánicos exigiendo el linchamiento de Dreyfus sin reparar en pruebas, Émile Zola optó por comprometerse, en un acto que le honró y que pasó a la historia como un ejemplo de integridad moral de conciencia, demostrando lo que tiene que ser, por encima de todo, un intelectual. Y lo hizo con su famosa carta que ha pasado a la historia por su encabezamiento: “J’accuse…” –“Yo acuso”.

Émile Zola / Wikimedia

Entre la opinión pública francesa, hay que decirlo, el artículo despertó indignación y fue sometido a un auténtico linchamiento mediático, en el cual colaboraron instigándolo muchos intelectuales orgánicos más preocupados por su propio condumio que por la verdad. La más mínima duda sobre la culpabilidad de Dreyfus era tomada como un caso de altra traición. Pero a medio plazo tuvo sus efectos positivos. Las acusaciones de Zola eran tan fuertes que acabaron suscitando una reacción favorable, opuesta a la inicial. El caso Dreyfus acabó reabriéndose, tras derrumbarse la pantalla pergeñada por los corruptos militares que condenando a Dreyfus estaban ocultando culpablemente su propia incompetencia.

Pero todo esto ocurrió más tarde. En un primer momento, Zola lo pagó muy caro y con carácter irreparable. Fue juzgado y condenado a un año de cárcel, que evitó exiliándose a Inglaterra. Regresó en 1899 a Francia, arruinado porque el Estado le embargó todos sus bienes, y murió en extrañas circunstancias el 29 de septiembre de 1902, probablemente asesinado. No pudo asistir a su victoria, cuando Dreyfus fue rehabilitado en 1905.

Fue un intelectual comprometido con la verdad, algo que hoy casi suena a oxímoron.

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